Consumir, pero… ¿qué?

Consumir, pero… ¿qué?
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Si hay unas fechas en que la pandemia del consumo se extiende por la mayor parte de los países son las de Navidad. La fiebre de las compras se apodera de la mayor parte de la sociedad, que se ha impuesto la obligación de tirar la casa por la ventana -como vulgarmente se dice- y dejar tiesas las tarjetas de crédito.

Banalidades de todo tipo se convierten en “detalles” para regalos, los vestuarios se incrementan en proporciones inversamente proporcionales a la capacidad de los armarios y los frigoríficos se llenan hasta reventar, como si nos fuera en ello la supervivencia, el comercio recupera en unos días las malas rachas anteriores, bajan las estadísticas de desempleo (temporalmente) y el gobierno puede proclamar que la crisis ha pasado.

Una sociedad basada en la producción de cualquier cosa y en su consumo inmediato es esta sociedad “de bienestar”, de la que todos hablan pero sin tener a veces claro a qué tipo de bienestar nos referimos. Una sociedad que todavía no ha borrado de su imaginario colectivo las épocas de privaciones e intenta enfrentarlas con un consumo espasmódico guiado por la publicidad y los mercados, sin darse cuenta de que, en muchos casos, quedan enredados en una tela de araña que les obligará a mantener ese consumo por el que se esclavizarán para siempre. Eso sí, queriendo convencerse de que eso es “bienestar”.

Nada es inocente en este juego que lleva a destruir gradualmente la libertad de las personas para convertirlas en elementos de un sistema guiado sólo por el dinero como objetivo de “bienestar”. Primero se va aplicando ideológicamente por medio de todo el entramado de propaganda y mediático, una educación permanente que ha trastocado valores y principios que se suponían inmutables para, más tarde, ir estableciendo un sistema de obediencia automática a cualquier tipo de orden, venga de donde venga.

Las máquinas y la tecnología -cuya importancia resultan incuestionables en muchos casos-, han venido a ayudarnos en diferentes formas, pero también nos están obligando a depender de ellas hasta extremos absurdos. Frases como “yo no puedo vivir” sin ordenador, sin móvil, sin automóvil… ¡hasta sin mascota en estos últimos tiempos! se ha convertido en un “mantra” para toda una generación acostumbrada a juegos y entretenimientos electrónicos desde que echan los dientes. Se los ha hecho depender de ellos y de sus órdenes e instrucciones con carácter imperativo. Como en política, el ciudadano se convierte en servidor de lo que debía servirle a él. Todo hecho con una sutileza tal que, sin darnos cuenta, nos convierte en esclavos tecnológicos.

Algunos autores ya han apuntado los peligros de estas servidumbres impuestas por los sistemas políticos, al servicio de quienes manejan la globalización económica pero, muy pocos son todavía capaces de rebelarse y “vivir sin” en lugar de “vivir con”.

Las economías básicas que han servido para el desarrollo de las sociedades ya no tienen cabida en estos sistemas. Primero porque desde manipulaciones hábilmente orquestadas se orienta a los ciudadanos a pensar de unas u otras formas. Lo mismo se pueden crear movimientos “ecologistas” que lo contrario cuando interesa. Los fondos de que se nutren la mayor parte de los servicios y centros de investigación, muchas veces carecen de ese altruismo del que alardean. Siempre habrá noticias interesadas sobre estudios hechos que recomiendan algo. La cuestión es mantener la “dependencia” ciudadana de unos poderes que los tutelan, orientan, aconsejan y, finalmente, prohiben o castigan.

La producción de bienes ya se realiza con fechas de caducidad previstas para su reposición. La cuestión no es mejorar su calidad y su duración, sino al contrario, empeorarla creando productos que obliguen a estar pendientes de ellos, de su averías, de sus repuestos, de sus aplicaciones, de su atención y de su reposición. Una nueva industria se crea alrededor de todo ello: la del reciclaje de materiales y, con ella, una nueva obligación al ciudadano: reciclar y dedicar parte de su tiempo al servicio de la misma. La vida del ciudadano ya no está gobernada por él mismo, por su libertad o por su responsabilidad, sino por los mensajes que cada día les suministran los elementos mediáticos de que dispone y las atenciones obligadas a su menaje electrónico.

Se consume sin saber porqué ni para qué, en la mayor parte de las ocasiones. Se consumen espectáculos absurdos, banales e intrascendentes, se consumen medicamentos de última generación y recetas, se consumen productos y aparatos de todo tipo claramente deficientes en su fabricación, se consumen alimentos destinados a pudrirse o a tirarse… Es la sociedad de lo mediocre vendida como la sociedad de la excelencia; la sociedad del miedo que adquiere supuesta seguridad a costa de su libertad; la sociedad sin norte, perdida, infeliz que quiere encontrar en el consumo compulsivo el paliativo de su depresión y anomia personal. Es nuestra sociedad.

Más allá, en otros lugares, antes que cubrir las necesidades básicas para la mera supervivencia, ya les están vendiendo el modelo consumista civilizado. Las marcas llegan donde no hay agua potable, donde las enfermedades son la simple consecuencia de la carencia de un sistema digno de vida. Los móviles de alta gama o las camisetas de fútbol son los nuevos fetiches que espantan las miserias, el hambre o las epidemias. La cuestión es consumir algo.

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