Democracia occidental frente a meritocracia china

Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

Dos sistemas políticos libran una singular batalla en el planeta Tierra a nivel ideológico y práctico o de resultados económicos: frente a la democracia liberal de corte occidental, americana o europea, cuya herramienta esencial son las urnas y los votos, esa otra experiencia china de corte confuciano, que se regula por la meritocracia, es decir, por los resultados obtenidos por los gobiernos en los terrenos del progreso económico, la armonía social, la supremacía de los valores colectivos sobre los individuales.

Pasó ya hace muchos años Mao y su maoísmo, que tuvo éxito en su guerra por la liberación de China del dominio extranjero, pero fracasó estrepitosamente al intentar aplicar en lo económico el modelo soviético de abolición de la propiedad y de la iniciativa privada. Aquel Mao Tse Tung que por los años 70 y 80 del siglo pasado se cerró en banda a nuevas fórmulas más flexibles, a la economía de mercado y el impulso a la iniciativa privada y la aceptación de capitales y empresas extranjeras, y se empeñó en aplastar violentamente toda innovación hasta aquella desastrosa Revolución cultural y la Matanza de Tiannanmen.

El abandono de las fórmulas soviéticas y maoístas por los nuevos líderes, desde Deng Xiao Ping hasta Xi Lin Ping, propició el asombroso y vertiginoso salto de China desde las tinieblas más negras del Tercer Mundo hasta el segundo puesto pisándole los talones a Estados Unidos en el momento actual.

Desde una renta per cápita de apenas 100 dólares en los años 70 hasta la actual de más de 10.000 dólares, Todo a un ritmo medio de crecimiento entre el 6% y el 9% anual que se ha mantenido hasta el presente. Es decir, que lo que costó 300 años a Occidente obtener desde los inicios de la Revolución industrial hasta hoy, China lo ha conseguido en apenas 40 años.

Desde una población de apenas 100.000 universitarios hasta los 40 millones que cursan estudios en las universidades chinas en la actualidad, y el casi 100% de jóvenes que acuden a las escuelas hasta su adolescencia.

Desde Occidente se desprecian todos estos triunfos en eficacia y convivencia nada traumática entre los 1.200 millones de chinos con la sordina del comunismo y la falta de democracia, que por supuesto en América y Europa que solo es posible con las recetas occidentales.

Claro que desde una óptica china se acusa a las democracias occidentales de la desastrosa gestión del medio ambiente y las crisis económicas periódicas la contaminación, el desempleo, el terrorismo, etc. etc. El mundo occidental sobrevive rodeado de otro Tercer mundo de miseria, al que le roba sus riquezas en minerales raros, diamantes, pesca y otros mil recursos y del que recibe millones de emigrantes que abaratan el mercado del trabajo de las grandes empresas. Dicen que hasta el mismo Trump tiene empleados “sin papeles” en su casa y sus propiedades a operarios sudamericanos.

Es decir, que ni la fórmula china ni la occidental están libres de lacras y defectos, ni sus ciudadanos son tratados con el respeto y consideración que les reconoce la Declaración universal de los Derechos Humanos de la ONU.

Se trataría entonces de dialogar entre las dos fórmulas para erradicar o al menos limitar los defectos e irregularidades. O, dicho de otra manera, de equilibrar en la toma de decisiones la “meritocracia” china, esa máximo confuciana de que el mejor gobernante es el que obtiene mejores resultados de paz social, bienestar económico y eficacia en el trabajo, con la consulta popular a través de las urnas que es el eje de la democracia liberal.

Se trataría de poner en manos de los gobiernos el poder de decisión y la salvaguarda de los derechos de todos los ciudadanos, de la colectividad entera, y dejar que jueguen libremente en la actividad económica las iniciativas privadas.

Pero sobre todo de pensar el gobierno en clave universal, más allá y por encima de todas las fronteras. Porque en Occidente, desde Trump hasta el Presidente de la República dominicana, todos gobierna para dentro de sus fronteras, para unos cuantos millones. Pero los chinos están habituados desde milenios atrás a gobernar para cientos de millones, y hoy miles de millones.

El mundo no alcanzará un mínimo democrático para el conjunto de la humanidad mientras los gobernantes sigan gobernando en beneficio exclusivo, no ya de todos los ciudadanos de su propio país, sino para las clases acomodadas, y se desentiendan o exploten sin pudor al resto de la población mundial.

Como dice la canción de Víctor Manuel, el asturiano: “Aquí cabemos todos, o no cabe ni dios”.

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