
«El escenario que más miedo me da, es que la IA esté tan arraigada en la sociedad que no la entendamos y que, incluso sin maldad, tomemos una dirección rara»
La Vanguardia, 24/7/2025
El mito griego de la caja de Pandora cuenta cómo Zeus creó esa mujer a la que entregó una caja que no debía abrirse en ningún momento pues contenía todos los males del mundo. La curiosidad la llevó a abrirla escapando de ella todo tipo de catástrofes, enfermedades y situaciones dolorosas, quedando en su interior sólo la esperanza.
Ahora es Sam Altman, el propio CEO de la entidad “Open IA” quien advierte sobre nuestra “caja de Pandora” tecnológica, señalando tres riesgos graves para la Humanidad: “el primero de ellos es la posibilidad de su uso malicioso que podría diseñar y actuar creado enfermedades, interfiriendo las redes y sistemas electrónicos o hackeando el sistema financiero; el segundo es a pérdida de control y toma de decisiones autónomas por parte de la IA, sin que pueda ser desconectada; el tercero y más importante sería el ir moldeando la sociedad desde dentro, de forma imperceptible y fuera de control”. Y añade: “Esto significa que hemos transferido el proceso de toma de decisiones a algo que no comprendemos del todo.”
En algún artículo anterior ya nos habíamos referido a la inconsciencia con que la Humanidad, tal como es, ha tomado un rumbo que la lleva directamente a un suicidio colectivo. También he intentado conocer la realidad del impacto que la Ilamada falsamente “inteligencia artificial” ( ya que no tiene tal característica) y depende de la inteligencia humana (en franca decadencia), tenía en la gente. Las explicaciones obtenidas de los “gurúes” o expertos indican la simpleza de sus planteamientos: recogida masiva de datos (poco fiables en la mayor parte de las ocasiones, análisis de datos (por parte de quien), establecimiento de un diagnóstico y toma de decisiones acordes al problema. Fases cuya metodología tiene todo menos originalidad pero, según nos advierten, pueden provocar daños sin obtener resultados (a estas alturas seguimos sin saber qué ha sido el Covid-19, por ejemplo).
Su posible empleo parece dirigido a cosas más banales que, no obstante, recuerdan el peligro existente en malos usos (informática, móviles, etc.) y en los propios materiales que componen el artefacto olvidando que un chaval de pocos años o muchos adultos, consideran un juguete de entretenimiento. De momento vemos la escasa relevancia de las aplicaciones conocidas, pero no por eso debemos dejar de estar alerta ante las desconocidas (como pueden ser las orientadas a las guerras) o las que se preparen en laboratorios de forma irresponsable.
Sí, en cambio, podemos analizar su repercusión en la vida diaria media de los ciudadanos, desde que se levanten hasta que se acuesten. La IA no podrá aportar mayor y mejor descanso al sufrido trabajador al que espera una jornada en un andamio, no mejorará la calidad de su trabajo en el que sólo cuenta con su habilidad, experiencia y destreza. Tampoco le va aportar gran ayuda en la fuerza necesaria para aguantar pesos, soportar dolores musculares y tensión o “stress” por las preocupaciones que se le acumulan (gracias sobre todo a los servicios que fiscalmente paga con un escaso sueldo o a las complicaciones administrativas que se le requieren). Tampoco la IA ha podido intervenir en la ayuda en el trabajo doméstico: limpieza, organización, alimentación, relaciones familiares y sus problemas diarios, compra de productos y su transporte hasta el domicilio (eso ya es una trabajera de cuidado agravada por la incompetencia política). Ni siquiera el simple hecho de lavar, planchar, ordenar ropa, etc. al que las personas deben dedicar parte de la jornada o los más importantes de atender a cuestiones sanitarias, judiciales, accidentes domésticos… etc.etc.
La IA es por ahora un peligroso juego (como reconoce Sam Altman) para diletantes, cuyas consecuencias son impredecibles. Es una especie de reto al mundo natural y su funcionamiento, donde queda claro quien ganará al final.
Si en ese mundo cándido de la distopía (vamos a creer eso) se sueña con la manipulación de las mentes primero, de las almas después, de los órdenes que rigen el Universo, de los elementos cósmicos que nos rodean y de llenar el espacio de artefactos vulnerables a una simple radiación, allá ellos. Pero que no traten de forzar e implicar a los demás en ese peligroso juego de riesgos innecesarios.
Las civilizaciones conocidas desde la antigüedad se abstuvieron de abrir esa bonita “caja de Pandora”, demostrando sabiduría (que no es IA), prudencia, conocimiento y una gran responsabilidad. Muchas de ellas fueron destruidas por causas naturales o porque su ciclo de guerras y autodestrucciones se las llevó por delante. El proceso del sistema natural de supervivencia de los ya considerados “humanos”, iría desarrollándose y evolucionando desde su inteligencia natural para lograr mejorar sus condiciones de vida: agricultura y explotación de recursos, transformación de los mismos, industrialización y un ligero toque de tecnología que aportaba indudable utilidad y comodidad. Pero la caja ha estado intacta sin que la curiosidad de Pandora origine la destrucción de todo ello.
Ahora nos estamos acercando a cosas que se nos escapan y que, en palabras del Sr. Altman, no se pueden controlar. Estamos creando un mundo artificial que puede estallarnos en las manos, porque somos simples humanos pretenciosos que creemos dominar lo que se nos ha hurtado sabiamente hasta el momento: ser como dioses.
Las máquinas no son nunca “inteligentes”, son simples herramientas que el hombre con su talento e inteligencia natural ha puesto a su servicio y bajo su control. Ahora, estúpidamente, lo estamos haciendo al revés: el hombre al servicio del artefacto y controlado por el artefacto, tanto mental como físicamente.













