
En estos tiempos tan peculiares lo que llamamos “dinero” está también afectado por la modernidad tecnológica que trata de distraer de una realidad de deudas soberanas, burbujas financieras e inflación descontrolada, llevando a unas “propuestas” de prestidigitación que superan al común de las gentes que sólo perciben una precariedad cada vez mayor de sus economías.
Eran otros tiempos en que la existencia de dinero real obedecía tanto a la riqueza de las naciones soberanas, como a la existencia de reservas de oro que respaldasen la emisión de moneda por el sistema bancario internacional. Pero en el año 1971 en Breton Woods (EE.UU.) cambió el patrón y la moneda americana, el dólar, se erigía como la referencia mundial en la economía y en el sector financiero. Las teorías “keynesianas” llevaron al cambio del metal precioso por el papel impreso y a la instalación de la “deuda” como fenómeno habitual y necesario para el funcionamiento institucional.
Esas cámaras acorazadas llenas de lingotes de oro, se convirtieron en contenedores de papel de diverso tipo, como única “riqueza” de los tesoros públicos respectivos y los bonos, obligaciones y recibos de préstamo, eran ya la única manera de entender la riqueza nacional. Sobre todo cuando la “deuda” superaba al PIB o producto interior bruto, donde se incluyen recursos y bienes del país en un cálculo aleatorio o convenido.
Por otra parte la perversión en el sistema de ahorro y bancario, llevaba a la desconfianza de los depositantes y, en su consecuencia, en la bajada de tales depósitos voluntarios para buscar alternativas al sistema, tratando de blindar los ahorros de la gente. Junto a ello, la enorme presión fiscal sobre las personas y actividades económicas, llevaba a la bancarrota y a la necesidad de imponer medidas coactivas para el control del dinero privado, mientras los presupuestos públicos estaban fuera de control institucional. Una tormenta perfecta de la que huir.
Y empezaron a surgir supuestas alternativas que buscaban la forma de blindar los ahorros particulares, por sistemas ajenos a los existentes. Las llamadas “criptomonedas” sustituían -al parecer- al anterior sistema monetario, creando una cierta expectativa en los ahorradores o inversores que creyeron en la posibilidad de “engañar” al sistema internacional. Y llegaron los fraudes y las decepciones al estar al albur de agentes desconocidos, poco fiables o de la delincuencia organizada. La tecnología era el nuevo “dios” infalible, fiable y generoso, pero también la herramienta más propicia para el fraude a gran escala. Con ellas sus defensores o detractores, dependiendo de como iba a cada cual.
¿Qué sería de un sistema financiero nuevo si no tuviera un nombre misterioso y no se presentara como apto sólo para “iniciados” reconocible sólo por acrónimos? El llamado QFS (Quantum Financial System) o en español “Sistema Financiero Cuántico”, se presentaba como esa anhelada alternativa de jugar con el dinero, fuera del campo tradicional. “Basado en tecnologías de computación y criptografía cuánticas, se supone diseñado para ser más seguro, rápido y transparente que los sistemas actuales. Una alternativa o evolución del sistema financiero tradicional con objeto de eliminar intermediaciones y aumentar la eficiencia de las transacciones, que introduce un nuevo sistema descentralizado de pagos internacionales transfronterizos, basados en una moneda digital sostenida por activos físicos como el oro, que trabajaría a través de una plataforma de cadena de bloques (blockchain) que permitiría tales transacciones sin necesidad de intermediarios”.
Cuéntele esto a la inmensa mayoría de personas acostumbradas a ver a los bancos como lugares de depósito y retirada de fondos de sus clientes o al tan necesario préstamo coyuntural para salvar situaciones de déficit por mucho que se alaben sus hipotéticos beneficios. Para más misterio: “Sólo las monedas apoyadas por oro con un certificado digital de oro, podrán participar en las transacciones QFS”. Cómo ejemplo se cita a Zimbabue que “pronto va a introducir una moneda digital de curso legal sostenida por oro”. Un antiguo deseo de ciertas naciones para conseguir una hegemonía monetaria que -según parece- nunca llega.
No obstante, países fuera de la esfera occidental, parece que han comprado oro en grandes cantidades (?), buscando esa hegemonía como alternativa a la del dólar USA y reacción a la crítica situación de las economías occidentales.
Las criptomonedas (parece que a excepción del “Bitcoin”) han estado respaldadas por la tecnología “blockchain”, manteniendo su protagonismo en el actual sistema financiero internacional, al igual que el sistema NFT (Non fungible token) en manos de las llamadas “ballenas” financieras, generados por los mayores poseedores de activos de ese tipo en el “blockchain” Ethereum (otros conceptos inciertos e infantiles que se cuelan en el juego del dinero).
La “tokenización” se aplica a la seguridad de los datos y “consiste en sustituir un elemento sensible por otro equivalente llamado token que no tiene significado o valor extrínseco o explotable” (lo que suena un poco al conocido timo de la “estampita”) ya que “sólo el sistema de tokenización puede tokenizar datos para crear tokens o para destokenizar, bajo estrictos controles de seguridad, demostrando en todo caso la propiedad de los mismos y la no existencia de ataques directos”. Ateme esa mosca por el rabo que diría un castizo.
La “riqueza de las naciones” (Adam Smith) está en manos de prestidigitadores que han encontrado en las tecnologías nuevas vías para jugar con el dinero ajeno. Incluso hay programas de publicidad de tales sistemas y, por ejemplo, las NFT están ya en los mercados como el del arte, creando unas expectativas cuya realidad futura está por ver y comprobar.
Mientras tanto, la realidad de cada día en el juego del dinero es otra muy diferente: ¿hay o no hay dinero para cubrir las necesidades de la gente?













