Los tratados… ¡Con lupa!

Los tratados… ¡Con lupa!
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Como cualquier otro contrato que obliga a las partes que lo suscriben, un tratado no deja de ser un documento con un gran peso específico que, según la intencionalidad que contenga y la igualdad o desigualdad de quienes lo acuerdan, puede ser una bomba de relojería oculta entre la letra más o menos pequeña de su redacción.

Estamos asistiendo en estos días a la exigencia de cumplimiento a Grecia de los acuerdos económicos suscritos con el resto de los países de la UE donde, Alemania principalmente, enarbola el rigor inflexible de sus intereses (o de sus entidades financieras) para doblegar y someter el proyecto político del último gobierno elegido por los griegos, con el temor lógico de que se pueda extender por Europa e incluso, cruzar el Atlántico.

Hay que tener en cuenta que los tratados y acuerdos constituyen hipotecas que pueden tener su sentido en un momento determinado pero que, en otros, como en el caso de España, Grecia, Portugal, Irlanda, Francia, Italia, etc. son una losa que, más que ayudar y estar al servicio de los ciudadanos, lastra sus libertades y sus proyectos de vida a lo largo de los años, con un efecto perverso para la sociedad. Por eso, los acuerdos, tratados y todo tipo de contratos hay que mirarlos con lupa y, en todo caso, desde la total y absoluta transparencia y claridad de sus contenidos.

Viene esto a cuenta del anunciado Tratado Atlántico de Libre Comercio (TTIP) que —al parecer— de una forma poco transparente, viene cociéndose entre la UE y EE.UU con objeto de liberalizar (comercio) y —contradictoriamente— someter a los ciudadanos a las intenciones y decisiones de esa abstracción metafísica que se llama “el mercado”, pero que se puede traducir por los intereses económicos de las multinacionales y oligopolios actuales.

Huelga decir que, para un liberal la palabra “libertad” es más que la libertad de comercio (que también), pero en tanto en cuanto se parta de la igualdad de oportunidades y del servicio a los seres humanos, pero parece que no van por ahí los términos del TTIP.

Ya no se trata de algo tan simple (e inocente) como dejar que la libre competencia comercial fluya sin obstáculos de uno u otro lado del Atlántico como los propios peces en el agua, sino de entender que los peces grandes se alimentarán siempre de los pequeños y su poder depredador (poder salvaje) se impondrá sobre los intereses de la mayor parte de los ciudadanos.

Si tiene algún sentido el Estado como símbolo de convivencia de los pueblos es porque está al servicio de las personas que lo integran. Se configura así la proyección política de los ciudadanos en unas sociedades obligadas a convivir y entenderse sobre la base de sus marcos constitucionales. El Estado y menos aún sus gobiernos o administradores, nunca debe suscribir acuerdos en inferioridad de condiciones o producir deudas que asfixien la libertad y lastren el futuro de quienes han confiado en ellos.

En todo caso, los tratados y acuerdos siempre son revisables por las partes que, con buena voluntad, pueden reajustar sus términos para liberar de la pesada carga a los estados suscribientes.

Ya nos hemos referido en alguna ocasión a la inutilidad de reclamar deudas impagables, como es el caso de casi la totalidad de los países europeos, en base a acuerdos fuera de la realidad, suscritos bajo la coacción de las necesidades básicas o de las megalomanías políticas. El término “cláusulas abusivas” referido a la letra pequeña de los contratos de adhesión habituales, es también aplicable en muchos casos a los intereses financieros abusivos de las deudas compradas a los estados. Se diría que, más que el pago de la deuda, lo importante es el sometimiento del deudor a los intereses del prestador. Shakespeare ya lo señaló en “El mercader de Venecia” donde, el odio de Shylock hacia Antonio, es superior a su interés por recobrar el dinero prestado. Se trata del ejercicio del poder a través del mercado en definitiva. La política sometida a la economía y a los intereses particulares de unos cuantos.

El TTIP puede ser una nueva vuelta de tuerca sobre la autonomía política de Europa y sobre el ideal de Unión Europea que tantas ilusiones concitó en su día y que, en la práctica, sigue sometido a los intereses ajenos, haciendo de colchón —cuando no de escudo— en los conflictos diseñados desde el otro lado del Atlántico. Tal autonomía debería demostrarse con la posibilidad de suscribir los mismos tratados de libre comercio con otros estados a lo largo y ancho del mundo (si lo que se pretende es simplemente ampliar mercados).

Bienvenido sea cualquier tratado que libere, que elimine la competencia tramposa, que se base en la igualdad de oportunidades de todas las partes y que pueda siempre ser objeto de revisión, sin cláusulas abusivas, cuando los estados (los ciudadanos) puedan requerirlo. Pero, sobre todo, evitemos el suscribir y aceptar unas condiciones que nos esclavicen al servicio de unos cuantos intereses bastardos por muy edulcorados que se nos presenten.

Por último, esperemos que en aras de la tan cacareada transparencia, cualquier acuerdo o tratado de este tipo pueda y deba ser conocido previamente por los ciudadanos (el soberano) para, en su caso, pronunciarse sobre el mismo. La figura del “referéndum” o refrendo social, no es mera retórica y está para algo en nuestra Constitución.

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