La crisis en el laberinto

Fernando Lanzaco
Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.
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“Ya antes de la crisis laborábamos incansables y ciegos nuestro propio laberinto” (Voltaire)

La menor actividad durante el verano que refleja la, en general, inanidad de las noticias permite una tregua en el acoso de las severas mudanzas que atravesamos y un espacio para la reflexión.

Los problemas no se presentan solos y cuando se tornan insistentes y entretejidos hasta el punto de que el observador pueda perder el sosiego, sometido a una implacable lanzadera de errores, falsías y desastres, los espíritus bien pensantes alivian su saturación con un abrumado rechazo ¡No es esto! ¡No es esto!, preludial de grandes cambios, con grandes daños. Así empezó a perecer la II República, probablemente la más alta emoción vivida en España desde la Independencia…

En la medida en que la crisis financiera y económica han ido precisando su alcance en escenarios concretos, se ha ido suscitando la movilización de respuestas reactivas, con desigual fortuna. Aquí en los escenarios regionales o locales europeos  se ha podido apreciar no sólo la calidad y la determinación de los gobiernos nacionales, sino la capacidad de las sociedades afectadas en la máxima tensión de su fondo de organización y de valores.

En España, con el padecimiento real y moral de la tragedia de cinco millones de personas arrebatadas de la normalidad de sus vidas -a la que quizá no puedan retornar en un porcentaje que será siempre aflictivamente espantoso-, somos ya muchos los que pensamos que la crisis puede instalarse en la sociedad española para demorarse en ella largamente, alimentada al abrigo de nuestros vicios  e inepcias. De nuestra propia crisis institucional, política y organizativa como Estado, estimulada y caotizada por el indigente doctrinarismo de ocasión de un desaprensivo sin escrúpulos.

Así han vuelto a ponerse al descubierto, con ruidosa eclosión y gran realce, nuestros demonios familiares que se encontraban en suspensión junto con una floración de arbitrismo y de la exhibición, a veces indecente, de las limitaciones de nuestro sistema de organización política, económica, laboral, educativa, etc. Y junto a estas limitaciones actúan también lo que puede considerarse transgresiones y abusos de los modelos y pautas y que se han hecho carne de corrupción consustancial con los modelos mismos. Y, además, ha excitado nuestra insolidaridad en un circuito de enconos pequeños pero feroces, altamente letales, que evidencian el imperio, cuando no de los separatismos rampantes, de particularismos jactanciosos y de los arrogantes clientelismos. Y todo al mismo tiempo y en todo espacio el político, económico, social y cultural.

Aquí todo venía ya preparándose para convocar el estremecedor rostro de la pobreza, de la pérdida de autoestima y humillación que con la crisis ha alcanzado en España términos exponenciales y temáticamente variados.

Los taifas en las Comunidades Autónomas, con la fragmentación y obstrucción a la capacidad de la gestión de la sociedad; la instrumentación bochornosa de una justicia que alterna la sumisión política con las declaraciones altisonantes y consiente y a veces aplaude el logro de las aspiraciones de notoriedad personal; la insurrección verbal y efectiva, por acción o por omisión del Estado (las Comunidades Autónomas son Estado) a la inobservancia e incumplimiento de las decisiones de los tribunales; la invasión de los poderes públicos en el fuero de la conciencia individual; la polémica enconada y divisoria sobre muertos e interminables  guerras pretéritas que debieran ser entrañable y emocionadamente “nuestros” muertos y “nuestra guerra”, de todos; junto con el acecho  terrorista y la desconfianza en el Estado frente a esa radical y permanente amenaza; el despilfarro de las Administraciones repetitivas engordadas por la Galaxia de las  subvenciones y ayudas a los partidos políticos; a los libérrimos y ajados sindicatos, con miles de liberados y un patrimonio que debiera ser de titularidad estatal aunque se les confiara como cesionarios de uso; a las organizaciones empresariales también subsidiadas, económica y patrimonialmente; a las O.N.G. que persiguen en algunos casos -afortunadamente sólo son las clientelistas del Poder- funcionarizar por la puerta de atrás y de modo vitalicio a miles de personas; la multitud de empresas públicas “champiñón” cuyo mayor, cuando no único, designio es producir opacidad para reconvertir a políticos en gestores y endogamizarlas (un consorte en la política, el otro en el sector público); la agresión y agresiva campaña de los radicalismos identitarios que causa un estado de melancolía en nuestro gobierno al no haber podido del todo conseguir que estén más cómodos y contentos los que siendo separatistas confesos, enemigos seculares de la “puta España” gobiernan agraviados y enojados territorios del Estado enemigo y condicionan al Parlamento y al Gobierno de la nación execrada. Ello en tanto un tardío adolescente de cincuenta años, extenuado en la perversión de su inagotable optimismo y autoalabanza, comprende y de facto defiende que un español no pueda aprender su idioma nacional, que lo es mundial, en la escuela de su propio país y que se encuentra perpetuamente perplejo en la ambigüedad del termino nación, aquel que es Presidente del Gobierno de España con la Constitución que define como nación sólo a la nación española y que el citado marchito juró o prometió preservar y defender.

Aquí está mejor visto hablar de la España plural, del Estado de las Autonomías, de nación de naciones o de este país que simplemente de España.

Y todo este variopinto retablo al calor y animación del efectismo de la política-espectáculo, que revela la ausencia de una visión política global, de la inexistente conciencia del interés general y del respeto al ordenamiento jurídico que fundamenta la democracia y se concreta radicalmente en la insensata y autodestructiva articulación electoral de nuestra representación política que estimula la codicia depredadora de los menos a costa de los más y que, además, resulta fácilmente predecible que esta fase de parasitación no es más que la primera, la segunda fase es la destrucción del Estado mismo.

Si el Gobierno tuviere el decoro, que no lo tendrá, no se permitiría, como nos tememos, comerciar con bienes políticos espirituales para comprar unos votos a los nacionalistas ahora que no hay dinero. Esos bienes son sagrados, son únicos y son de todos por pertenecer a la esencia del Estado, organización soporte en términos jurídicos, orgánicos y operativos de la Patria común de la nación española, del pueblo español.

Si la oposición tuviera decoro, que no lo tendrá, prestaría a ese gobierno caquéxico y dimisionario de España hace tiempo, los votos precisos para preservar la capacidad e integridad del Estado.

Aún no hemos visto en el Estado de las Autonomías, de las libertades y de la Democracia un solo nacionalista compartiendo las tareas de Gobierno de España para España y por España (¡En un período de treinta y cinco años!).

¿Pero quién se atreve a romper el statu quo tan munífico y bienaventurado para la clase política estatal, comunitaria o local, cada vez más expansiva y endogámica?

Es frecuente que nuestros representantes y no nuestros líderes, a los cincuenta años no hayan conocido otro trabajo (y ya sus hijos biológicos y políticos siguen sus pasos) que el de señoría o concejal, alto cargo sindical o funcionario eventual (en proceso de ser declarado vitalicio en la oportunidad adecuada).

Empleos, los genuinamente políticos, tan tentadores y estimuladores de malos ejemplos que quizá a los 30 años de edad ya hayan cubierto los requerimientos para causar pensión (también, claro, vitalicia) si es que antes los fondos de previsión no han sido devorados entre todos.

Termino recordando a Voltaire, observador sagaz, “todo el mundo tocaba la guitarra pero no por eso estaba menos extendida la tristeza sobre el haz de España”.

Un artículo de Fernando Lanzaco

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