Zapatero necesita consejo

Abel Cádiz
ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores y autor de "La historia del poder". En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.
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El Presidente Zapatero va a reunirse con los altos ejecutivos de las 25 empresas más grandes de España. Esa es la noticia con la que han abierto algunas portadas del periodismo económico. Es evidente que nuestro Presidente les pedirá consejo tras haber aceptado con más demora de la debida que la crisis es profunda y duradera. Bien, evitemos más críticas por este hecho y seamos solidarios con nuestro presidente. Elevemos, pues, también nosotros humildemente por si le llegan, estas reflexiones:

Si hay algo que está probado hasta la saciedad es que los veinticinco grandes empresarios del país no disponen de fórmula alguna para crear empleo y si la saben no la practican. Si el Presidente les pidiera que llevaran en su carpeta de trabajo a la reunión, un detalle preciso de las plantillas medias que cada una de las 25 empresas más importantes tenían en el año 2007 y tienen ahora, se sorprendería vivamente Zapatero —que de estas cuestiones, esa es la verdad, no sabe mucho— al comprobar que el decrecimiento del empleo en estas grandes empresas ha sido significativo. Es más, si les pidiera que hicieran una mínima proyección de los planes que tienen en marcha respecto a sus plantillas laborales, aún sufriría más al descubrir que en esos planes lo que se contempla son prejubilaciones y nuevas reducciones de empleo.

Va, por tanto, descaminado con tales consejeros, que ni dirán mucho más de lo que le dicen en sus artículos algunos expertos, entre ellos, alguno de sus ex-ministros como Jordi Sevilla; eso ayudaría a nuestro fracasado Presidente que quiere agotar el mandato forzándonos a vivir un 2011 de larga y soterrada agónica campaña electoral. En la economía global estamos asistiendo a una batalla incruenta entre las naciones para ver quien se lleva el mayor número posible de puestos de trabajo. Llevan ventaja en esta batalla aquellas donde el marxismo logró perdurar casi un siglo aplicando la economía planificada. Fue tal la devastación social que, al caer el muro de Berlín con su efecto dominó subsiguiente, el mundo capitalista se encontró con una ingente masa de trabajadores depauperados que iban a proporcionar a toda industria de mano de obra intensiva, la posibilidad de pagar uno o dos euros la hora, frente a los 10 o 12 euros que por ese mismo trabajo se pagaban en Occidente. Bastaba deslocalizar una planta industrial en Madrid, Valencia, Zaragoza o Barcelona, por referirnos a lo que estamos viviendo en España, para que al trasladar los medios técnicos a Polonia, Checoslovaquia o, incluso la lejana China, las empresas transnacionales logren reducir sensiblemente los costos y aumentar por tanto la rentabilidad. Se juntaba —como dice nuestro popular dicho— el hambre con las ganas de comer y esa es la razón de que el empleo se esté desplazando de países prósperos, hasta ahora, a los más empobrecidos.

Para afrontar este escenario real le toca a Occidente no sólo apretarse el cinturón, sino despabilar de manera más potente que lo que el discurso de ZP y su aparente comprensión del problema nos da a entender. Y la verdad es que no tiene tan lejos un ejemplo válido de buenas políticas, le bastaría copiar cuanto viene haciendo Alemania con una buena gobernanta que lidera a los conservadores con mano firme. Lo primero que hizo Ángela Merkel con la tácita aceptación sindical, fue contener salarios y evitar destrucción de empleo optando antes por la reducción de jornada que por los recortes de bisturí. Paralelamente facilitó crédito a las PYMES y alentó el pago de deudas por las administraciones locales, es decir, exactamente lo contrario que aquí, donde muchos pequeños emprendedores han desfallecido hasta la extinción de su negocio esperando más de 200 días que se les pagara una factura. Por fortuna, ella venía escarmentada de la Alemania comunista, donde vivió hasta la caída del muro en 1989, y se encontró además en la parte occidental con una cultura bien asimilada de un pueblo que valora el trabajo desde la ética protestante: Dios ama a quien se esfuerza, a quien ahorra, a quien hace méritos con sus logros. Otro ejemplo es el de la cualificación profesional, el de la competitividad de las empresas alemanas que han sido capaces de seguir liderando las exportaciones entre todos los países de la Unión Europea y ganan por goleada a China, incapaz de seguirle la estela en todo cuanto requiera tecnología avanzada.

Y si la imaginación fuera un instrumento más recurrente en nuestros gobernantes, al menos someterían a debate algunas cuestiones que la situación sugiere. Por ejemplo: ¿Por que no reducir drásticamente la cuota patronal (un 32% del coste de la nómina bruta) a las PYMES que contraten directamente a desempleados con prestación? Si un parado percibe mil euros mensuales y el Estado se los ahorra, cuando encuentra ocupación, ¿Por qué no estimular la ocupación primando al empleador mediante planes concretos y temporales? Tampoco estaría de más, aunque eso sea mucho pedir para un Presidente anclado en el romántico ideario de una juventud perdida, que mostrara cierto estupor y determinada disposición a ir modelando una cultura favorable a la creación de riqueza, a fomentar vocaciones empresariales, a estimular cualquier iniciativa emprendedora. Un primer paso positivo podría ser que sugiriera a un catedrático brillante como Gabilondo, su actual Ministro de Educación, filósofo aceptable pero ajeno seguramente a lo que es la cultura empresarial, para que tratara de evitar que cualquier joven alumno de nuestros planes de estudio, tenga que aprender que “la dependencia de los obreros frente a los capitalistas debilita sus posibilidades de realización profesional y personal, promoviendo su alienación y embrutecimiento” (Manual de E. para la Ciudadanía de Ed. Almadraba). Porque puestos a evitar la alienación y el embrutecimiento —según podría ser la conclusión de quien lee tan peregrina lección— lo mejor para que no exista tal dependencia, llevándolo al absurdo, sería no crear empleo fuera del sector público.

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