Eso del patriotismo…

Fernando Lanzaco
Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.
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Exasperados y desesperados deben estar en las alturas gubernativas para apelar a la Patria y al patriotismo. Hermosa palabra en cuyo nombre se han producido en todo tiempo injusticias y desafueros. Envolverse en la bandera para justificar tropelías y victimismo es una práctica repetida en todo tiempo y también ahora. Incluso ha constituido una suerte de pensamiento único en los medios publicitadamente progresistas como si se tratase de una mercancía irreversiblemente averiada. Sin embargo, ejemplos deslumbrantes de patriotismo los ha habido siempre a lo largo de la historia de los pueblos en términos heroicos e ideales, más que eso, han contribuido a la formación de la autoconciencia de esas naciones.

Hoy la palabra se desempolva contra. No para cultivarla sino para arrojarla contra disidentes propios de los Partidos-Patria o de la opinión política.

Hay naturalmente un criterio jurídico-político y un consenso internacional unánime sobre la consideración de quienes son compatriotas, miembros de una misma patria. Y al que profesa o manifiesta devoción por su patria, tenga o no reconocimiento legal como Estado, se le llama patriota.

Al término patria y patriotismo se le vinculan elementos profundos de carácter emocional, de sentido de pertenencia, familia, lengua, cultura, memoria colectiva, etc. En sentido moderno, aunque agitado por los corsi y recorsi de la Historia, podrá decirse sin excluir ningún otro valor el político fundamental de la filiación democrática. ¿Y qué significa eso para la naturaleza del hombre, para el sentido de pertenencia, para la conexión con la Patria? Pues tremendas cosas, que aunque se manifiesten en quietud siguen siendo tremendas, y que cada día refulgen y cada día agonizan en alguna parte, como la libertad, la solidaridad con la comunidad en la que vives y la vida te es posible, en la defensa perseverante y exigente del respeto de los derechos humanos, en la ejemplaridad de conducta cívica ante las leyes y los hombres, en la demanda insobornable de tolerancia, generosidad y cooperación con todos los humanos y de modo próximo con tus connaturales. Y decir siempre la verdad, como los antiguos persas.

Patriotismo por consiguiente es una palabra que debe emplearse con cuidado para que no resulte encapsuladora de fraude político y moral y, la dirigencia en general y los políticos en particular, debieran ser prudentes porque en la situación actual cada vez que la usan o la usen pueden contribuir a su desprestigio.

Piensen los políticos con excepción de las personas y si se quiere de todas las personas alcanzadas por esa condición, que se les percibe como “clase”, la clase política y por muchos se les ve enfeudados en cargos, sueldos, privilegios, honores y retóricas sideralmente alejadas del hombre corriente del very very citizen.

La clase política y la parapolítica es la Arcadia feliz en este valle de lágrimas, no padece paro, ni siquiera interrumpe su continua expansión y progreso. Cada vez apetece y consigue más seguridad en su avance invasor, bien sean las más fáciles condiciones para su jubilación-pensión o el asentamiento firme en territorios que antaño se nos antojaban insospechables y resultan ahora feraces y acogedores como las televisiones públicas, las Cajas de Ahorro, las Administraciones donde los puestos hoy de funcionarios eventuales o de confianza mutarán fatalmente en vitalicios, o en las empresas públicas, las universidades, los municipios, las Comunidades Autónomas, las instituciones del Estado. España grande y amable.

Resulta impropio que desde la clase política, tan favorecida, se destile tal zafiedad electoral, mientras se acusa a los sindicatos, con justeza, de parasitismo, holganza y abundancia. Es decir, de lo mismo…

Y los Bancos, la Banca en femenino mayestático, que nunca pierde, como en los Casinos, y si pierde los ciudadanos coercitivamente, les reembolsamos sin chistar o chistando.

Es tristísimo decirlo y aún reconociendo una cierta desmesurada licencia en el lenguaje, pero no sin fundamento, que quizá no resulte mal ejercicio pensar que por lo menos hay en España cinco millones de patriotas, además de legiones de jóvenes, todos ellos parados y abandonados a su… ¿suerte? Y que muy a su pesar están dando un ejemplo entrañable, emocionante y abochornante para los demás, de templanza aunque fuere forzosa o herida de fatalismo. Patriotas a la fuerza, parados que asisten a los cursos de deformación y así sirven a España por ahora y quizá por tiempo indefinido.

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