El caso Madoff

Carlos E. Rodríguez
Periodista. Fundador de OTR/Press. Dirigió la revista Panorama y Gaceta de los Negocios. Presidente de Área Digital Producciones.

En cuanto se produce un escándalo como el descubrimiento de que Bernard Madoff, con todo su prestigio de gran operador financiero, había montado una estafa al clásico modelo piramidal, los intervencionistas de todos los signos ideológicos saltan a la palestra para acusar al mercado de todos los males que han conducido a la crisis económica global y reclamar lo más peligroso y contrario a las libertades, incluso políticas, que es la intervención del Estado sobre la actividad económica. Ocultan que, en casos como éste, no ha fallado el mercado, sino precisamente los mecanismos no de intervención, sino de vigilancia, es decir, ha fallado precisamente el Estado. Algunos tienen, al menos, la sinceridad de decirlo abiertamente, sin rodeos, como José Blanco. Otros son más ambiguos en la palabra, pero no en los hechos, como su jefe de filas Rodríguez Zapatero. Y hay motivos para pensar que esas pulsiones intervencionistas alientan asimismo en no pocos políticos de la oposición, que son sin duda de derechas, pero nada o muy poco liberales. Lo que nos lleva de la mano al fondo real que vive detrás de los telones del escenario político y que es una pelea entre intervencionistas de distintos signos, sólo por ver quién parte y reparte.

Vivimos un tiempo oscuro de la política, invadida por el intervencionismo y la corrupción, que al fin y al cabo son dos caras de la misma moneda. Desde la abrumada y pesimista perspectiva de los ciudadanos, ¿qué más da unos que otros? Sin embargo, hay indicios de que Rajoy, a pesar de sus naturales resabios de funcionario de élite, probablemente cree por lo menos en la conveniencia de equilibrar la fuerza del Estado -siempre, una pulsión totalitaria- con esa libertad que ampara todas las demás, que es la del Mercado. 

Pero claro, surgen escándalos como el caso Madoff y los aparatos políticos de todos los colores lo presentan como lo que no es, una consecuencia de la libertad de mercado, en vez de cómo lo que realmente ha sido, una escandalosa muestra -una más- de la indolencia y raros resortes con que operan, a la hora incómoda de la realidad, los mecanismos legales y supervisores del Estado.Para decirlo con entera claridad, a espera de lo que los Tribunales resuelvan, el famoso Bernard Madoff es probable que sea sencillamente un brillante vendedor de una de las más viejas estafas del mundo de las inversiones, tan recurrente en novelas y películas de éxito: la conocida como piramidal, por decirlo de alguna manera, si el lector disculpa la broma, algo así como la portuguesa “banquera del pueblo”, pero a lo grande y con clientes de muy alto nivel. Lo incómodo es que, en esta ocasión, las ramificaciones llegan sin duda a puntos sensibles de la banca y las grandes fortunas españolas.

El caso Madoff acabará en el cine, y si no, al tiempo, porque tiene todos los elementos para un gran guión. Probablemente se inicie con ese momento, neoyorquino, pero tan digno de Hollywood, cuando apenas hace unos días, esta misma semana, Madoff confesó a sus hijos, en un apartamento de Manhattan, que su negocio era un fraude y que, en términos reales, la enorme burbuja estaba vacía, con lo que todo había terminado. Madoff no es un cualquiera. Había sido presidente del Nasdaq entre 1990 y 1993. Ahora, tras su detención por el FBI, está llamado a convertirse en una excelente arma arrojadiza en manos de los intervencionistas de todos los colores, que ocultarán cuidadosamente el hecho real de que esa estafa, como tantas otras, ha podido ser porque el Estado y sus funcionarios no hicieron su trabajo. Algún día la Justicia demostrará y se podrá entonces explicar, con claridad y datos, que el tsunami financiero internacional, del que el caso Madoff es un pequeño pero muy expresivo componente, no ha venido de la libertad de mercado, sino todo lo contrario, de las complicidades entre delincuentes del mercado y funcionarios estatales. El caso es que el antiguo presidente del Nasdaq, y habitual contribuyente por cierto del partido demócrata, habría provocado pérdidas, según las primeras estimaciones, por más de 50.000 millones de dólares.  Y lo curioso es que no se trataba de un fraude ingenioso u original, sino de un puro y simple esquema piramidal en el que, a la más vieja usanza, los nuevos inversores alimentaban las rentabilidades de los anteriores. Era precisamente la cercanía de Madoff a lo más granado de la vida política de Washington lo que le daba el necesario barniz de credibilidad. Lo mismo en Estados Unidos que en cualquier país europeo, y desde luego en España, los operadores financieros saben que les conviene la imagen de proximidad al poder político de turno y la cultivan, vaya si la cultivan.

Pero la verdaderamente interesante es la perspectiva opuesta. Si los políticos en el poder, que son cualquier cosa menos ingenuos, saben que esto es así, ¿por qué cultivan tanto la proximidad, las sonrisas y los encuentros con los grandes operadores financieros, con los que parece de sentido común que tendrían que marcar distancias? Lo incómodo no es la pregunta, sino la respuesta. Lo que nos lleva de la mano a otra derivada de la cuestión, que son las diferencias, nada accidentales sino muy de fondo, entre financieros y empresarios, entre los gestores de la economía financiera y los protagonistas de la economía real. Un tema apasionante, que este modesto observador prefiere dejar por ahora para comentario aparte.

CARLOS E. RODRÍGUEZ
Publicado en Diario de Avisos

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