Pedro el aventurero (muy peligroso)

Fernando Lanzaco
Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.

La comprensible fatiga y rechazo que Rajoy produce en un considerable sector de la opinión pública; la contaminación sutil de expresiones judiciales jurídicamente impropias y extemporáneas al caso juzgado recientemente en el marco del primer juicio de la Gürtel; la insurrección abierta de los separatistas catalanes; las irritantes extorsiones del PNV; el desasosiego creciente de amplias capas de la población en materias tan sensibles como las pensiones y el todavía insoportable nivel de desempleo; el hartazgo de la corrupción que , aunque en la mayoría de los casos procede del pasado, viene a comparecer en el presente como un ineludible e inacabable ajuste de cuentas…

Todas estas circunstancias trazan una situación muy preocupante y amenazada de implosión en cualquier momento, aun a pesar del relativo sosiego que la aprobación de los Presupuestos Generales parecían prometer. Ha bastado el espectacular oportunismo de los líderes políticos de la oposición con su ansiedad de poder, para que la situación política estalle incluso vigente el artículo 155. Ni siquiera este colosal problema les ha detenido cuando la solución todavía puede y debe ser diferente a la formulación de una moción de censura.

Pero así lo quiere Pedro Sánchez el socialista que coronó su combate épico en su desnortado partido, pontificando con la ya vetusta doctrina de que España es una nación de naciones como la extinta Unión Soviética que reunía kirguises, cosacos, uzbecos, chechenos, kasajos, etc… en una amalgama bajo dictadura comunista. Y eso vino a proclamarlo ya en un punto álgido de desafío de los separatistas catalanes y en el proceso de maduración estratégica de un nuevo asalto del nacionalismo vasco como ahora estamos viendo. Pedro Sánchez transfigurado en hombre de Estado palmeado por el Presidente Rajoy en el club constitucionalista promueve una moción de censura al Gobierno que precisa del apoyo de Unidos Podemos, al que su propia dinámica habrá relegado a la irrelevancia política nacional por su destreza excepcional para crear contradicciones en su propio universo, de Compromís, de Nueva Canarias, del PNV, y con todos ellos además precisa inexcusablemente del apoyo de los separatistas catalanes para triunfar. Y él, Don Pedro, lo sabe y así lo espera.

El motivo que hace inaguantable un solo minuto más para promover el destronamiento —en trono tan poco firme— del PP, es el insoportable hedor de la corrupción que una sentencia esperada, y conocida en gran parte, ha destapado. Al partido Socialista que hoy soporta el juicio de los ERES en Andalucía, asunto en el que han perecido en justiciera pira de responsabilidad política dos presidentes nacionales del PSOE a su vez ex-ministros del gobierno y presidentes de la Junta de Andalucía, se le hace irrespirable la corrupción ajena.

Y eso que, como es sabido, la corrupción presente del PSOE vuelve a formalizándose en el País Valenciano y en cuanto a la pasada fondos reservados, crímenes de los Gal, variados convolutos, etc olvidados quedan.

Pedro Sánchez se antoja como corcel vigoroso, irrefrenable, que no acepta vivir embridado en la irrelevancia y que no habiendo podido cohesionar a su partido ni mejorar seriamente sus expectativas está dispuesto a todo para llegar a su meta. Un corcel potente y descerebrado que no repara en aliarse con populistas y separatistas. La alianza con populistas puede considerarse como carente de sindéresis, de buen juicio político situacional en España y en Europa. La alianza con separatistas en el marco del artículo 155, podría ser considerada por muchos como alta traición o, al menos, gravísima deslealtad.

Si la moción triunfa, los efectos habrán sido la liquidación política de Rajoy —¡pero a qué precio!—. Puede esperarse una posible parálisis y recesión económica, la incapacidad para resolver ninguna demanda social de alcance significativo porque estas políticas precisan tiempo y amplia concordia, una mayor inestabilidad política y jurídica y la imagen de sensacional irresponsabilidad en el mundo de las relaciones internacionales.

Y es muy posible, que como resultado de las próximas elecciones generales, nos espere una caotización del país, quizá la muy indeseable desintegración del propio partido socialista fragmentado en erráticas sensibilidades y clientelas locales. Pero no vale la pena pronosticar penas si se tienen remedios a mano.

Desalojando a Rajoy se abre la posibilidad de renovar a fondo al PP que es, todavía, un partido relevante en España. Y eso debería ser buena noticia para todos. Una vez conseguido este objetivo- que es incluso probablemente sentido en el propio partido- hay que minimizar los efectos traumáticos de un cambio de gobierno sorpresivo y no regular, lo que no significa que no sea un procedimiento legal pero habrá que convenir que no es un tranquilo y frecuente modo de resolución de conflictos.

Para limitar daños sería conveniente que Pedro Sánchez se avenga a retirar la moción, por la sencilla razón de que no podría evitar que le apoyen- quiera que no, que quiere que sí- los independentistas sin cuyo voto no puede prosperar. De forma que cualquiera que sea la justificación Pedro Sánchez estará solicitando ese apoyo necesario para gobernar España de aquellos que quieren destruir la nación y el Estado español. Esta consideración debiera ser bastante para no repetir la tentativa de un Gobierno Frankestein al que, además, se le atribuyen las tareas de normalización política y regeneración democrática, la garantía de la unidad de España, amplias operaciones salvíficas para nutridos contingentes sociales. Todas estas prédicas son altísimamente cuestionables por lo que los dirigentes políticos deben explorar si existe alguna otra forma que bien pudiera ser un pacto de PSOE, PP, Ciudadanos acordando garantías para la convocatoria de elecciones generales a celebrar lo más tarde en Octubre. Entretanto el Gobierno se limitaría a cumplir los Presupuestos con neutralidad técnica, puramente administrativa.

Naturalmente puede objetarse que las elecciones no interesan ni al PP ni al PSOE ni a Podemos y que solo parecen interesar a Ciudadanos. Quizá. Pero la alternativa de gobierno del PSOE con 84 escaños puede resultar una algarabía estéril por cuanto cabe esperar que todos los grupos arracimados antepongan sus intereses propios y se muestren muy celosos de que ninguno se apunte réditos ante la casi inevitablemente próxima llamada a las urnas.

En cuanto a Ciudadanos, solo por oponerse a la moción merecen del PP el compromiso de convocar elecciones generales, inmediatamente de aventura fallida, si es el caso.

Si la moción prosperase a los daños que hemos apuntado se añadiría el más grave, el daño inferido al alma de la nación, ante el espectáculo de desvarío y oportunismo descomunal en momentos tan peligrosos.

Fernando Lanzaco y Mónica Pulgar

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