Economías alternativas: ONGs

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Todos hemos visto o hemos sido saludados por esos jóvenes que, apostados en lugares de tránsito, tratan de obtener un nuevo socio para determinada ONG (la que toque ese día) y mantener el funcionamiento organizativo. En su mayor parte estas personas son reclutadas por empresas que, a su vez, las ponen a disposición de las ONGs bajo condiciones laborales cuestionables, lo que supone un mercado de trabajo que escapa de alguna forma al sistema regular establecido por las legislación laboral y que, al mismo tiempo, se presta a dar forma a una economía paralela o alternativa que, como en el caso de las fundaciones, gozan de un régimen especial por aquello de la falta de lucro.

Esta es la cuestión básica para que estas organizaciones se consideren de interés social, si bien no se basan en el voluntariado altruista, tal como nuestra sensibilidad social entiende, sino que forman nichos de negocio dedicado a los más variados asuntos: desde la defensa del medio ambiente en sentido genérico a la protección de una determinada especie; desde el amparo a los refugiados o víctimas de conflictos hasta la lucha con la pobreza; desde los profesionales “sin fronteras” hasta quienes defienden el patrimonio cultural. En el fondo constituyen un “estado B” que se ocupa de las cuestiones que el “estado A” no puede (o no quiere) atender.

Una ONG sería cualquier organización privada, sin fines de lucro (mercantil se supone), independiente del “estado A”; es decir, autosuficiente en sus medios y en su financiación. En definitiva una sociedad civil con fines diversos, creada desde la sociedad civil y mantenida por la sociedad civil desde el altruismo o el voluntariado social, pero no. De un organismo internacional como Naciones Unidas depende un buen número de organizaciones que se consideran así. Son como la ONU “B”, tienen o se mantienen en gran parte de subvenciones públicas o privadas procedentes de grandes empresas con intereses concretos en campos como la salud.

Algunos autores han dedicado trabajos interesantes al análisis de la gestión y funcionamiento de estas organizaciones, cuyo número resulta imposible de fijar pero que suponen una verdadera inundación, con unas cifras publicadas tan sorprendentes como 2.000.000 de ONGs en India (una por cada 600 habitantes); 1.500.000 en EE.UU; 277.000 en Rusia, etc. Las hay de todo tipo e importancia. Las mayores mueven anualmente cifras con muchos ceros y, las más pequeñas, se conforman con mantener sus estructuras básicas y justificar su actividad de la mejor forma que pueden. En todo caso no parece haberse cuantificado el total de ONGs que operan en los diferentes países del mundo. En España se cifran en 2.076 (según la organización Pangea) o 3.821 (según Canal Solidario [ahora Fundación hazloposible]) datos éstos que muestran la nebulosa en que operan muchas de ellas.

Las hay con un sólido prestigio ganado a pulso a nivel internacional como Cruz Roja o su hermana la Media Luna Roja. Las hay con un crecimiento masivo de socios que les permite la obtención y disfrute de patrimonios propios o una buena remuneración en sus órganos de gobierno y las hay que dependen de la subvención pública; las hay “apolíticas” en función de su independencia de los gobiernos y las hay que sirven para exportar ideología de patrocinadores; las hay con pretensiones globales y las hay con pretensiones muy locales. En todo caso conforman un gran sector de la actividad económica mundial no sometida al mismo control fiscal que el resto de actividades comerciales o civiles. Esto ha hecho que, de alguna forma, constituyan una especie de “paraísos” con exenciones de obligaciones tributarias por el interés público de su actividad, con subvenciones públicas o con sistemas laborales peculiares entre sus trabajadores o directivos, lo que, unido a otros problemas detectados en su funcionamiento, ha provocado ya las críticas de expertos como Issa G. Shivji que, en un par de ensayos publicados, cuestiona las buenas intenciones de los organizadores y dice: “El aumento repentino de las ONGs es parte del paradigma neoliberal más que de manifestaciones altruistas puras y mantienen el sistema imperial…”, lo que nos lleva a explicar las reticencias crecientes en los ciudadanos a la colaboración con ellas.

La propia estructura organizativa empieza por la existencia de unos socios fundadores que, normalmente, ocupan los puestos o cargos directivos sin otro límite que las supuestas necesidades administrativas, burocráticas, publicidad, sedes, personal, etc., que se supongan convenientes para su funcionamiento. Tales necesidades de financiación en algún caso encuentran límites máximos que oscilan de unas a otras, pero que representan ya un bocado en la intermediación solidaria. Hace años, el propio director general de UNESCO denunciaba el escaso porcentaje que quedaba en sus presupuestos para los fines específicos de la organización por estas cuestiones al “perderse” gran parte de sus presupuestos en cuestiones burocráticas o representativas.

Otra cuestión es la posibilidad de revertir los resultados económicos de estas organizaciones en patrimonio propio adquiriendo inmuebles, mobiliario, bienes de equipo, vehículos, etc. que, si bien no es patrimonio propio de las personas, sí que podía entenderse como beneficio indirecto, no sujeto al régimen fiscal ordinario. En este aspecto juegan un gran papel las “donaciones” o “patrocinios” que van y vienen de unas entidades a otras hasta que el rastro se pierde en el trasiego y donde el control tributario adolece de lagunas legales. Al fin y al cabo la labor social que realizan da lugar a una cierta condescendencia.

Todo ello se enmarca en un sistema económico donde el altruismo no existe, donde el “interés social” no nace de la generosidad o la solidaridad, sino que es visto ya por los ciudadanos como una forma como otra cualquiera de resolver situaciones empresariales o simplemente personales. Por eso los “chavales” entrenados para hacerse los simpáticos y adoctrinados sobre la labor social que realizan, suelen encontrarse con un rechazo mayoritario a sus propuestas para asociarse a cualquiera de los miles de ONGs ofertadas. Ellos van a porcentaje y son una manera de encubrir la realidad de la precariedad laboral en que se mueven. Sería bueno conocer la de quienes forman las cúpulas.

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