Izquierda… ¿Unida?

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.
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La reciente dimisión en bloque de la directiva regional de la formación Izquierda Unida viene a demostrar que la supuesta unión de “las izquierdas” (Gustavo Bueno) no es tal y que, su evolución desde la Transición hasta nuestros días, no deja de presentar sus luces y sombras pretendidamente ideológicas donde, el gran peso del PCE, hacía resentirse al resto de la coalición (pues eso es precisamente) hacia una asimetría forzada por las circunstancias.

La perversión del lenguaje y su falta de significado muchas veces, ha convertido en tópico el supuesto izquierdismo de unos, frente al supuesto contrario de la derecha, siendo preciso la adjetivación de “progresistas” o “conservadores” para intentar establecer una adversidad política derivada de lo que fue en su día algo diferente: la guerra civil entre defensores de la república (entre los que había también conservadores) y los que se rebelaron contra ella cuando entendieron que era preciso cambiar el sistema. En este caso tenemos la paradoja formal de que los “conservadores” eran los republicanos, frente a los revolucionarios (o progresistas) que serían los rebelados contra el orden establecido.

La llamada a si misma “izquierda” tenía como supuesta base ideológica la transformación social de lo que calificaba como “la caverna”, anclada en las tradiciones y en las costumbres, mientras sus miembros se aferraban a lo más castizo y profundo de las mismas como podían ser la familia, el matrimonio o la propia religión en su procedencia de movimientos sociales cristianos. La base militante de la izquierda contradecía con sus hechos lo que decían con palabras y eso producía serias disonancias intelectuales y sociales, cuando no enfrentamientos directos (anarquistas y comunistas y éstos con los socialistas).

La Transición y el cambio de régimen constituían un intento de superar por vía democrática los enfrentamientos llevándolos al terreno de las ideas desde los argumentos y programas políticos respectivos. El PCE olvidaba su base republicana para aceptar la monarquía; la economía de mercado parecía más eficaz para crear riqueza entre la “clase trabajadora” y la OTAN liderada por el antiguo enemigo, proporcionaba protección militar siendo apoyada por la “izquierda” más representativa: el PSOE. El pragmatismo superaba al idealismo, más aún con la disgregación de la Unión Soviética y la “glanost” que se imponía en la nueva Rusia derribando el muro de Berlín.

Las “izquierdas” se quedaron sin modelo ideológico. Ya nadie viajaba a Moscú para conocer lo que era el comunismo y las estatuas de Lenin o Stalin, caían derribadas por unas masas liberadas ideológicamente, a las que parecía interesar más las grandes superficies y bienes de consumo, que la planificación económica soviética. Incluso el término “eurocomunismo” se diluía al mismo tiempo que sus representantes como Carrillo o la Pasionaria, ambos diputados en las nuevas Cortes monárquicas de Juan Carlos I.

Asimismo, laminada la CNT, las “correas de transmisión” sindical de las “izquierdas” eran menos reivindicativas y preferían los pactos ante mesa y mantel de cinco tenedores (como se ha comprpbado con las tarjetas “black” y otros escándalos parecidos) teniendo como interlocutores a lo más rancio de la burguesía económica y situándose en puestos y cargos bien remunerados, lo que empezó a verse con la natural desconfianza por sus representados teóricos: los parias de la Tierra.

Los resultados electorales del primer momento fueron bajando poco a poco (de 21 parlamentarios en 1996, quedaron en 8 en el año 2000). En el llamado Estado de Bienestar hecho a base de créditos bancarios (no por la productividad o la riqueza de la nación), la “propiedad” empezaba a ser sagrada y el reparto de lo conseguido cuestionable. Era el momento de sustituir el mensaje: “progres” frente a “carcas”. Entraban en juego otro tipo de izquierdas que, con gran tino, se calificaron de “extravagantes” o “indefinidas”. Eran las que simplemente se oponían a lo que hacían las “derechas” sin entrar en la valoración objetiva de las acciones. Si se producía una catástrofe natural las “derechas” tenían la culpa por no preverla; la Cultura era (es) de uno u otro signo, al igual que la Ciencia o la Geografía (no digamos la Historia donde el “internacionalismo” se confundía con el “soberanismo” o los “nacionalismos” de la alta burguesía). El ideario de izquierdas más allá de los “clasicos” empezó a ser confuso y contradictorio y empezó a reemplazarse por el clientelismo de las subvenciones (el PER, los ERES, los cursos de formación, etc. en Andalucía producen más rendimiento electoral que todos los mítines llenos de tópicos).

El discurso doctrinario fue perdiendo fuelle. Su órgano de difusión más conocido “Mundo Obrero” no lo leía nadie (menos la progresía cultural) y las izquierdas socialistas (PSOE y UGT) o comunistas (PCE y CC.OO) supieron ir adaptándose a los tiempos que corrían en sus nomenclaturas dirigentes, mientras que perdían afiliados a chorros. Había que crear otros movimientos o plataformas sociales que teledirigir y usar cuando fuera conveniente. Así, el PSOE tuvo que enfrentarse con sus políticas económicas favorables al capital y los mercados a una “incomprensión” de sus afiliados y militantes, que buscaron otros derroteros de activismo político; mientras tanto IU trataba de coordinar a los “movimientos sociales” de todo tipo en una supuesta acción conjunta frente a la “derecha” que conformaban en un sistema bipartidista el PP y el PSOE. No es que les fuera mal en el papel de invitados de piedra. Los sueldos, dietas, privilegios y otras bagatelas ligadas a la condición de “políticos” con cargo público (o sin él) tenían el suficiente atractivo e interés personal y, además, ya nadie creía en nada. Todos tenían su propio espacio que pastorear y estaban a gusto en él.

Un día y sin que todavía esté claro cómo fue, un montón de gente “indignada” con lo que había ido percibiendo en su “clase política” o “sindical” sin ninguna distinción, salió a la calle al grito de “¡no nos representan!” cogiendo a todos con el paso cambiado. ¿Cómo era posible que surgiese un movimiento social sin estar manipulado por unos u otros? En el “15 M” de la madrileña Puerta del Sol, confluían los de “derechas” y los de “izquierdas” mostrando su indignación con el sistema político, social y económico que los había llevado a una crisis de la que sería difícil salir. ¿Era lo que se calificó como la séptima generación de la izquierda como se había predicho o la primera generación de un movimiento global por la amplitud de su extensión, con un nuevo bipartidismo ideológico (la decencia contra la indecencia)? ¿Los ciudadanos exprimidos contra los administradores que los exprimen? ¿Los ciudadanos estafados por la “casta” politica, económica y social rebelándose contra ella? ¿Era el comienzo del fin de los “partidos” e ideologías clásicas?

Los últimos resultados electorales, tanto en España como en otros paises (europeos, asiáticos, africanos, americanos….), venían a confirmar que, esa división interesada entre izquierdas y derechas, era una forma de mantener el tinglado político, económico y social con los “mantras” del lenguaje manipulador ( “bienestar”, “estabilidad”, “gobernabilidad”) basado en el miedo y en la sumisión incondicional. Que el mundo no se divide entre clases que se odian y se enfrentan, sino entre personas con los mismos anhelos de vivir, de ser libres y de ser felices con un poco de suerte. La decencia ética de unos seres humanos, frente a la indecencia contagiosa de los corruptos cualquiera que trate de ser su justificación ideológica.

 

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