Un Trump euforico reinstaura la ley del más fuerte

Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

Malas noticias para los que preconizaban la salida de Donald Trump de la Casa Blanca, por las buenas o por las malas. El presidente norteamericano, tras el informe del fiscal especial Robert Mueller, se considera exonerado de toda sospecha de “haber conspirado con Rusia para evitar el triunfo de Hillary Clinton en las elecciones presidenciales” de 2016, que acabaron por sentarle sorpresivamente a él en la Casa Blanca.

Dos años de pesquisas de Mueller, con el apoyo de un equipo de 16 investigadores a tiempo completo y un gasto de 20 millones de dólares, no han podido demostrar la supuesta culpabilidad de Trump en la denominada “trama rusa”. Una victoria que va a servir para que el presidente de Estados Unidos se catapulte hacia un segundo mandato, revigorice las filas del Partido Republicano y provoque serias dudas para hacerle frente en el Partido Demócrata. Este último se aferra ahora a las demás cuestiones sobre las que el informe final de Mueller no exime a Trump: obstrucción a la justicia, abuso de poder, corrupción y atentado contra el Estado de Derecho.

Con una euforia indisimulada por salir airoso de la acusación que hubiera podido desembocar en un proceso para su destitución (impeachment), Trump recibía a otro mandatario eufórico, el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu. El líder israelí se llevaba de vuelta un nuevo regalo de Trump: el reconocimiento por Estados Unidos de la plena soberanía israelí de los Altos del Golán, arrebatados a Siria en la Guerra de los Seis Días (1967). Un botín que Netanyahu exhibirá ostensiblemente para ganar las elecciones del 9 de abril y batir así el record de permanencia en el poder del fundador del Estado de Israel, David Ben Gurion.

La seguridad, el gran pretexto

Este movimiento de la Administración americana de Donald Trump constituye un paso decisivo en el nuevo orden internacional, que entierra definitivamente el multilateralismo y reimplanta la ley del más fuerte en las relaciones internacionales. Tras el reconocimiento de Jerusalén como capital única e indivisible de Israel, el de la soberanía sobre los Altos del Golán consagra por Washington el derecho de conquista, ocupación y anexión so pretexto de defender la propia seguridad.

La principal consecuencia colateral de todo ello es que Trump se despoja a sí mismo y a la comunidad internacional de los argumentos jurídicos con los que se oponía a la anexión de Crimea por Rusia, al reconocimiento por ésta de los territorios independizados de hecho de Donetsk y Lugansk en el este de Ucrania, y por supuesto a la desmembración de Georgia impulsada por Rusia al desgajar de Tiflis los territorios de Abjazia y Osetia del Sur, o la Transnistria, separada de Moldavia.

Con este escenario, es obvio que las resoluciones de Naciones Unidas se han convertido en papel mojado cuando las grandes potencias pasan directamente del paripé de más o menos esquivarlas a su rechazo abierto, público y notorio, alardeando además de ello. Los países pequeños, que habían encontrado en la ONU el foro en el que su derecho se encontraba protegido en paridad con el de los más grandes, vuelven a su triste situación de épocas que creíamos felizmente superadas. En adelante, habrán de luchar por su supervivencia mientras serán pasto de la voracidad y codicia de los más poderosos.

Por las mismas razones, la China de Xi Jinping, que sostiene contenciosos territoriales con todos sus vecinos en las aguas que bañan sus costas, dispone ahora de antecedentes para justificar la anexión de todo el Mar de China e incluso tenga el camino despejado para devorar a Taiwan cuando le convenga. Siempre, claro, invocando el mismo pretexto: su seguridad, presuntamente amenazada. Nace, pues, un nuevo orden internacional, en el que regirá la ley de la selva, o sea la del más fuerte.

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