La última vez

Fernando Lanzaco
Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.

Recientemente el Ministro de Exteriores, autosuficiente siempre, ha opinado que hay que reformar la Constitución y el modelo autonómico para encajar debidamente a Cataluña en España. Aunque no le niego buena voluntad constituye un ejemplo de ignorancia culpable redundante. Un político de esa responsabilidad debe ser oportuno y no lo fue. Además, con la gravedad añadida de venir a refrendar los sentimientos soberanistas a los que el talentoso y experimentado Ministro viene a dar la razón ya que desde el Gobierno se reconoce que no se considera adecuadamente a Cataluña y por consiguiente se le da un trato injusto, torpe y ofensivo. Y, además llega tarde. Y ello con sorpresa y ofensa a muchos españoles.

El PP acusado de extrema derecha autoritaria, ¿cómo no es capaz de disciplinar, no en dogmas, sino en puro sentido común, por ejemplo, la entrevista del Ministro de Interior (habla mucho y mal) con Rodrigo rato y las declaraciones del señor Margallo (habla mucho con exhibición de virtuosismo extravasando sus competencias y desconociendo que la discreción y y la modestia que además de ser humanamente valiosas son, a menudo, prueba de inteligencia)?

Desde una posición teórica, aunque el 100% de los residentes en Cataluña votasen por las opciones separatistas ese resultado seguiría siendo ilegítimo y antijurídico para fundamentar la secesión, atendida la Constitución y la heredad patrimonial que pertenece a todos los españoles. En estos últimos días antes del crítico evento electoral no importa repetir alguna reflexión. El independentismo en Cataluña ha venido siendo un fenómeno llevadero situado en el entorno del 20% de la población. El resto es advenedizo, de aluvión, pero no aleatorio. La colonización ideológica realizada por los poderes públicos catalanes y las entidades de vocación soberanista ha hecho eclosión radical. Si bien la evolución del fenómeno se veía venir desde muchas instancias, algunos actores esenciales mantuvieron los ojos cerrados, como el gobierno de España(los gobiernos de España) cómplices de un proceso de erosión psicológica y política tenaz y programada. Algunos pensábamos de forma enteramente acrítica que en último extremo el PP y el PSC —los socialistas catalanes— aseguraban el anclaje de Cataluña en España. Recientemente los socialistas han sido relevados por “Ciudadanos” visto el catastrófico hundimiento de los antaño señores del granero socialista de España junto con Andalucía. El tiempo ha ido revelando la magnitud del problema cuyo origen está en ese tipo de silente y aquiescente sociedad establecida por la burguesía catalana que instrumento una “apariencia “democrática alternativa, un régimen de turno, asignándose uno el poder comunitario, y otros la opción sobre las instituciones generales del Estado, dentro de un mismo espíritu “de rancho aparte para Cataluña”, colaborando entusiásticamente Convergentes, separatistas de Ezquerra y socialistas en crear un territorio exento, limpio de la presencia del poder del Estado. Solo han sido leales con el propósito de apoderamiento totalitario de una muy hermosa finca. Ha sido una situación dilatada en el tiempo, bastante chocante y por entero cínica en la que medraba la propaganda turiferaria de Jordi Pujol como hombre de Estado y de “su “Cataluña publicitada en ejemplar oasis de democracia y buen sentido (el seny)que en términos históricos nunca ha sido, por desgracia. Así por esa conspiración patrimonial de origen y por el uso intensivo del fraude, la mentira, el victimismo y la bandera no parece que el problema catalán tenga una solución convivencial aceptable en unos cuantos años. ¡Dios sabe cuántos!

Pero en todo caso, cualquiera que sea la derivada electoral, esta debe de ser la última vez que se lleva a España a semejante stress.

De Artur Mas pueden decirse muchas cosas pero sobre todas ellas destaca el desprecio a las condiciones de adversidad económica y al sufrimiento de la gentes, las de Cataluña y las de España, en una de las mayores crisis y podría decirse también de toda nuestra historia económica. No solo no ha gobernado para las personas sino contra ellas y sus intereses vitales próximos y remotos siendo sujeto activo de alta traición al Estado y los ciudadanos. Es imperdonable el destilado venenoso de atribución de infamias al resto de España y el juego torticero con las comprensibles esperanzas de mejora de vida para cuantos padecen. Ha suministrado masivamente un alucinógeno tan poderosamente ilusorio que les hace desoír cualquier alertamiento sobre la inexistencia de ninguna Tierra Prometida.

Esta debe ser la última vez y debe serlo al coste que sea, (es preferible al menos para mí y supongo que para muchos vivir mal con los independentistas, que vivir en una España sin Cataluña, y que, por tanto, ya no sería España. La expresión “coste que sea “no se refiere a ninguna Vía, ni Tercera ni Quinta, se refiere al cumplimiento de las leyes y a la depuración de responsabilidad en que hayan podido incurrir. Y si el precio es una crecida todavía mayor en desafíos hay que padecerlos y superarlos mediante la aplicación de las leyes sin perjuicio de debatir, convenir y reformar lo que fuera razonable. Y esta actitud es necesaria no solo por auto respeto a la ciudadanía de Cataluña, y de toda España sino como suelo sólido para restablecer la convivencia.

No se puede trivializar con el olvido ni tampoco con constantes ofrecimientos para amansar a la fiera. No es necesario, al revés, es altamente inconveniente el menor privilegio o medida que suena a privilegio. Cataluña, para serlo no necesita ninguna mención especial ni trato singular porque ella misma es especial y singular. El sistema autonómico tiene capacidad para garantizar la igualdad básica de todos al tiempo que posibilita el mayor desarrollo y bienestar de los más dinámicos tanto en Zafra, Peñaranda, Castellón o Barcelona. Así sucede en América, en Francia, en Inglaterra, en Alemania y hasta en las familias en las que el más esforzado y competitivo destaca. Cataluña, desde luego, no necesita protección especial de nadie. La normalidad, para cualquier supuesto (mayoría soberanista, con o sin proclamación unilateral de independencia o mayoría unionista) solo puede restablecerse con la depuración serena y decidida de responsabilidades. Y ello es compatible con la adopción de acuerdos que miren a la mejora de España con Cataluña o de Cataluña con España. Ojalá todos los agentes intervinientes puedan, en principio, desear que esta algarada y conmoción sea la última, porque es tan grave que podría generar dos Estados fallidos allí donde existía uno próspero y libre.

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