La vergüenza de Occidente

Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Jean Paul Sartre llamó “La náusea” a su primera novela existencialista que, como en el resto de su producción literaria, ponía el dedo en la llaga de nuestro papel como seres humanos en el mundo. Yo aquí llamo “vergüenza” de todo el mundo occidental ante el “papelón” repugnante que están haciendo el llamado primer mundo y la ONU en todas las crisis de refugiados que se han dado y se siguen dando en diferentes puntos del planeta.

Para ello la vergüenza debemos situarla en el origen de estos desplazamientos de población evitando las simplezas argumentales y, en línea con lo escrito por Juan Manuel de Prada bajo el título “La sangre de los sirios”, preguntarnos porqué países que han conseguido una cierta estabilidad y equilibrio de convivencia, de la noche a la mañana se convierten en polvorines ante las caras de (supuesto) asombro de quienes se precian de tener todo bajo control o de quienes prefieren ignorar todo lo que no sea mirarse el propio ombligo.

Los dramas reales que suponen la desestabilización con intereses diversos de zonas del mundo, con millones de víctimas, es nuestra vergüenza colectiva como “mundo civilizado” que juega con las vidas de esas personas con la misma tranquilidad con que se juega en un juego de mesa en aras de unos intereses económicos y de poder político.

África fue ya desde la mitad del siglo pasado, el escenario escogido por los “jugadores” para repartirse poder y hegemonía aparte de esos recursos que la Naturaleza ha dejado en el subsuelo. En Sudán el conflicto iniciado en 1955 y aún no resuelto, ha supuesto más de dos millones de muertos y unos cuantos millones de desplazados y refugiados sin que se haya estabilizado la zona. El hambre, la miseria y las enfermedades que van añadidos a los conflictos raciales y bélicos, se encargan de aumentar esas cifras. Ruanda, con el conflicto étnico entre tutsis y hutus obligó a estos últimos, mayoritarios en la población, a huir a millones ante las matanzas azuzadas contra ellos. Liberia, Sierra Leona, Etiopía, Burkina Fasso, Eritrea, Guinea o el propio Sáhara Occidental, son una buena muestra de cómo la hipocresía del mundo civilizado se ha intentado saldar con la eclosión de las ONGs, como una forma de vida para muchas de ellas.

El llamado “Alto Comisariado de las Naciones Unidas para los Refugiados” como agencia de la ONU para atender estas cuestiones, no deja de ser un mero parche justificativo con que tratamos de salvar la cara ante conflictos que podrían haberse impedido desde su órgano central: el consejo de seguridad de la ONU. Es necesario recordar cual fue el objetivo de este organismo como foro donde evitar y resolver tales conflictos de forma consensuada y cómo ha venido fracasando en la mayor parte de su gestión.

Antes, la incidencia social de los dramas del tercer mundo era escasa. Eran personas con piel distinta, con costumbres primitivas, a los que “debía civilizarse”. Su cultura —muy superior en otras épocas— debía ser borrada y sustituida por los iconos del progreso: ordenadores y móviles. Si para ello debían endeudarse o venderse, era lo de menos; pagarían con sus minas, su petróleo, sus riquezas naturales…

Ahora, ante las caras “asombradas” de todo el sistema político, económico, social y mediático, miles y miles de personas procedentes del Próximo Oriente, cuna de culturas milenarias, se ven obligadas a salir de sus casas, de sus aldeas, de sus pueblos, de sus ciudades, de sus países, abandonando todo para convertirse en una avalancha humana que escapa del horror. Su objetivo es Europa, porque Europa ha hecho gala durante mucho tiempo de unos “estados de bienestar” construidos sobre la esclavitud y las miserias de la deuda financiera. Europa se ha construido durante muchos años en las espaldas de miles y miles de personas que la eligieron como país de adopción buscando la simple supervivencia o la mejora de sus vidas. Una Europa que ahora levanta murallas y trata a los que llaman a sus puertas como apestados, olvidando su propia responsabilidad en el juego de las hegemonías políticas y sociales y habla de “cupos” de reparto obviando la voluntad de los afectados.

Ahora las escenas e imágenes grabadas y transmitidas se hacen más cercanas y son un revulsivo para nuestras conciencias y estómagos satisfechos. Me pregunto cuántas personas (que se precien de serlo) son capaces de comer, dormir o divertirse tras contemplar los vergonzantes y nausebundos modos de algunos paises europeos con los refugiados. No se trata de que sea más o menos fácil en el mundo de la comunicación o mediático la provocación de los sentimientos. Es que, por primera vez, empezamos a tomar conciencia de que esas personas a las que se ha echado de sus hogares se parecen demasiado a nosotros. Que esos niños de piel blanca parecen más frágiles que los de piel negra. Que la situación puede cambiar en cualquier momento y, los que ahora somos simples espectadores impotentes para actuar, nos podemos convertir en actores y víctimas de quienes siguen manejando el tablero de juego del mundo a poco que se siga atizando el belicismo y los conflictos armados como formas de enriquecimiento y poder.

Ahora flotan más que nunca en el aire las preguntas y sospechas: ¿a quien benefician los conflictos? ¿porqué se promueven? No es tan difícil de adivinar y llegar a saber cómo se producen y desarrollan en cada caso. Cómo el mundo de los talibanes afganos era adiestrado, pertrechado y financiado para luchar contra los rusos; cómo Bin Laden no era un producto de las montañas y Al Qaeda no eran unos cuantos campesinos ignorantes a los que, desde sus aldeas, les diese por atentar contra el mundo; cómo las “armas de destrucción masiva” de Irak fueron un pretexto, como las “químicas” en Siria o las nucleares en Irán; cómo se han destruido pueblos, matado inocentes y diezmado la población en “cruzadas” fanáticas como en Vietnam; cómo se han apoyado sátrapas, dictadores, déspotas, corruptos y delincuentes en unos casos para atacarlos a su vez más tarde o viceversa.

¿Nos hemos parado a pensar en quienes son los inductores de tantos errores políticos y bélicos y hasta qué punto merecen confianza institucional?

Retomo para terminar partes del magnífico artículo de Juan Manuel de Prada: “Es, en verdad, diabólico que se nos presente este éxodo trágico como un dilema moral e irresoluble, al que los europeos debemos hacer frente, mientras nos escamotean las causas del mismo. Y, con las causas, la complicidad de los gobiernos europeos ( capataces de las colonias democráticas que el Nuevo Orden Mundial ha instaurado en el viejo continente) en la catástrofe que ahora se desmanda… y, las informaciones de los medios de adoctrinamiento de masas, algún día podrán ser estudiadas como un modelo de esa mezcla inmunda de sensiblería y cinismo que caracterizó a una época inmoral en la que se ponían tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias”. No puede decirse más con tan (aparentemente) poco.

 

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