La salud es lo que importa

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Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Vaya por delante mi respeto a todos los profesionales de la salud que tienen y demuestran cada día su vocación de servicio a los pacientes, a pesar de tener que ajustarse al “sistema establecido” donde, el juramento de Hipócrates, parece haberse olvidado: “Aplicaré todas las medidas necesarias para el beneficio del enfermo, buscando el equilibrio entre las trampas del sobretratamiento y el nihilismo terapéutico. Recordaré que la medicina no es sólo ciencia, sino también arte y que, la calidez humana, la compasión y la compresión, son más valiosas que el bisturí y el medicamento.”.

Uno de tantos “mantras” repetidos hasta la saciedad es que “tenemos el mejor sistema de salud del mundo occidental”, lo que equivale a decir que los españoles gozamos de una salud de hierro,frente a las precarias condiciones del resto de los pueblos europeos o países desarrollados. En otros momentos nuestro sistema bancario era el más fuerte del mundo, pero hubo que inyectar miles de millones para mantenerlo aparentemente sano.

Y es que las mentiras siguen siendo mentiras por mucho que se las repita y lleguen a tapar las verdades. Esas que un importante equipo de periodistas internacionales empiezan a publicar, levantando las puntas de las pesadas alfombras del mundo de la salud.

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La salud es el bien principal de las personas. Todos sabemos que, de ella, dependen nuestros proyectos de vida y, de la atención recibida, depende la confianza o no en el sistema sanitario del momento. Es más, está blindado como un derecho reconocido en la propia C.E.: “Artº 43.1.- Se reconoce el derecho a la protección de la salud.”. ¿Que quiere decir el legislador con esta frase que (como en casi todo el texto constitucional) queda al albur del gobierno de turno y de su interpretación posterior?

Históricamente, la salud ha sido responsabilidad derivada del Estado hacia dos sectores profesionales: la medicina y la farmacología. Ambos sectores han sido siempre especialmente duros en sus exigencias formativas, profesionales y vocacionales, porque se ha confiado en ellos las vidas de las personas. No sólo el médico era una persona respetada por su autoridad natural, experiencia y conocimientos, sino porque añadía el toque de proximidad humana con cada paciente. Lo mismo ocurría con el farmacéutico que además de proporcionar específicos, era capaz de crearlos “ex profeso” para  ayudar a los pacientes. Uno y otro, actuando conjuntamente, se ganaron el respeto de los enfermos.

El Estado por su parte, creaba las infraestructuras sanitarias necesarias para atender y acoger los casos en que, el requerimiento sanitario, precisase de una hospitalización. Unas infraestructuras que se han multiplicado a lo largo y ancho de la geografía nacional, con un alto coste para los contribuyentes y una organización sanitaria que empezaba por el llamado “médico de cabecera”. Una persona que no se limitaba a acudir cuando era llamado por el enfermo, sino que vivía generalmente en la misma zona y conocía todos los antecedentes familiares. De nuevo la confianza regía la relación entre médico y enfermo. Las llamadas “casas de socorro” resolvían un importante porcentaje de casos, lo que impedía la saturación hospitalaria.

La atención más especializada requería el concurso de otros médicos que, desde diferentes especialidades, atendían conjuntamente al paciente, estudiaban su caso, lo debatían y aportaban su experiencia clínica y humana para resolver el problema en el ámbito hospitalario. Hasta aquí todo bien, pero… nos hicimos “modernos”, los hospitales necesitaban “especialistas” y su escasa o nula experiencia y conocimientos, se intentó esconder a base de unos “protocolos” o procedimientos, sea cual fuere el problema sanitario que resolver (ya se sabe que no existen dos casos iguales). La responsabilidad se trasladaba desde el profesional al “protocolo”, transformándose la gestión sanitaria en una gestión económico-administrativa.  Ya no es la vocación, sino el “dinero” o la cuenta de resultados -tanto del profesional como de las empresas sanitarias- lo que está en juego (una encuesta reciente entre futuros profesionales demostraba que, en el 80% de los casos, esa era la razón de haber elegido Medicina).

Al mismo tiempo, se obliga a los pacientes a aceptar unas reglas de juego donde los elementos formales (peticiones de cita, sustituciones y listas de espera entre otros) van desincentivando a los enfermos que, en muchos casos, se sienten como cobayas de laboratorio para experimentar en ellos fármacos, pruebas y tratamientos. El médico ya no está al servicio del enfermo, sino que el enfermo está al servicio de los profesionales de turno y del propio sistema sanitario que le exige además que conozca pero que no opine. Unos lo utilizarán para unos intereses determinados y otros simplemente seguirán las líneas que les tracen desde la política o la cuenta de resultados de quienes negocian con la salud en el ámbito público y privado (facturación al sector público por número de pruebas, no por la procedencia de las mismas). Es un sector especialmente sensible a toda clase de componendas financieras.

¿Porque, en un determinado momento, se consideró que el sistema de salud estaría mejor gestionado desde los intereses privados que desde los intereses públicos, escondiendo tras esa falacia los negocios alrededor de la salud de las personas?. La respuesta más obvia es que la “externalización” de gestión es al mismo tiempo externalización de responsabilidades. Ya no es el sistema público y político quien afronte quejas, errores, negligencias… Es un nuevo complejo empresarial de responsables casi virtuales, quien lo hará y además pretenderá, como es lógico, obtener beneficios económicos sobre la salud humana, estableciendo un sistema de producción de servicios tasado en el tiempo de dedicación al enfermo. El mito de la “mejor administración” de lo público por lo privado, cobra fuerza y se impone al usuario. Con ello, no solamente el Estado declina su responsabilidad, sino que las reglas del juego permiten sistemas de oligopolios donde el paciente se convierte en “cliente” o, en su caso, productor de beneficios al que conviene exprimir.

El sistema parece consistir en la consabida receta de fármacos, varios volantes de pruebas repetidas muchas veces (vengan o no a cuento), en distintos  centros (cuando se deberían hacer en el mismo y al mismo tiempo), donde al enfermo se le rebota desde las “citas previas”; escasa e imprecisa información  sobre su problema (no vaya a ser que…) acabando por acatar sin posibilidad de cuestionamiento, su papel de cobayas inmersos en la “industria de la salud”. Todo ello bajo el mantra del “mejor sistema sanitario de occidente” que, los propios profesionales del sector desmienten una y otra vez.

Tengo delante un titular de algunos medios de comunicación, donde unos médicos británicos dicen que “las farmacéuticas causan miles de muertes”, refiriéndose al sistema de “sobremedicar” peligrosamente a la población. Algo que forma parte del “sistema” en el que se mueven las administraciones sanitarias en connivencia con los intereses de la industria farmacéutica. “El sistema de salud británico, está sobremedicando a sus pacientes, especialmente a las personas mayores y los efectos secundarios de los fármacos están provocando incontables decesos, hasta el punto de que el consumo de medicamentos con receta, es ya la tercera causa de muerte…”. En las casas de los pacientes se acumulan cajas y cajas de fármacos cuya utilidad y pertinencia son discutibles o que sobran. Son parte del negocio. La factura por “cantidad” (un específico para la “gripe A” costó a España unos cuarenta millones de euros) más que por “calidad” clínica contrastada, es parte de la codicia de unos y otros, los que fabrican fármacos, los que los recetan sin criterio ni experiencia clínica, los que administran y gestionan el sistema sanitario y los pacientes que piensan que, a más pastillas, pruebas y recetas mayor garantías para su salud… ¡qué equivocados están!

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