El fenómeno “Puigdemont”

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El fenómeno
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Solemos definir como “fenómeno” todo aquello que resulta inusual y, a veces, de difícil explicación.

Es lo que ha ocurrido con el expresidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña. Un simple funcionario público que, de alcalde de Gerona (por esas circunstancias del destino o maniobras políticas de la antigua Convergencia), pasó a la presidencia de la Generalidad y, en la actualidad, quizás sea uno de los personajes más populares no sólo de España, sino —como se suele decir— de “nuestro entorno”, donde se sigue prodigando en conferencias y charlas mediáticas, repitiendo como un estribillo las mismas insulsas falsedades. Todo ello ante las narices del Estado Español y de sus instituciones que, lejos de actuar, prefieren que el espectáculo continúe. Sus razones tendrán, pero deben explicarlas al resto de los españoles si no se quiere que las mismas sean mejor o peor interpretadas por los ciudadanos.

Lo cierto es que, desde hace muchos años, con el “muy honorable” a la cabeza, en Cataluña (como en otros territorios de la España autonómica) se fue la mano de sus gobernantes o responsables públicos en la gestión que se les había encomendado, entendiendo que eso de las “autonomías” era una distribución en “baronías” o “feudos”, no ya partidarios, sino personales de unos y otros. Sólo hay que ver cómo se mantienen en el poder largos años, una legislatura tras otra, gracias a lo que ya se conoce como “capitalismo clientelar”. Es decir, fidelización a base de dádivas de doble vía a amplios sectores sociales, económicos, culturales o corporativos.

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De una forma u otra se han ido creando pequeños “estados” a los que se iban entregando competencias estatales de forma que, en la práctica, el Estado iba perdiendo atribuciones y facultades en beneficio de los territorios autónomos. Todo ello basado en un texto constitucional ambiguo y confuso que permitía el “acuerdo” parlamentario que más convenía al bipartidismo para la “estabilidad” (un término genérico que, como “bloqueo” y otras del mismo estilo, se han convertido en “mantras” en la boca de políticos, tertulianos y medios de comunicación, aunque no sepan realmente a qué se refieren).

De aquellas aguas salieron los lodos actuales. Uno de ellos es el “fenómeno Puigdemont” que no se limitó a mantener el “tira y afloja” iniciado por su antecesor Artur Mas y su amenaza soberanista con el gobierno de España, sino que se prestó a abanderar el señuelo de la supuesta “república de Cataluña”, para desviar la atención social de los escándalos judiciales de la gestión pública de los gobiernos. Por su parte, el Parlamento y el Gobierno de España, han preferido afrontar el tema desde la vía jurisdiccional, poniendo en un brete una y otra vez al Tribunal Constitucional en lugar de resolverlo por la vía política (Parlamento) o administrativa, con el cese inmediato de quienes no se consideraban servidores del Estado y del que reciben empleo y sueldo.

El Sr. Puigdemont ha conseguido la cuadratura del círculo: estar en primera línea mediática y labrarse una fama de víctima perseguida, al mismo tiempo que disfruta de una situación privilegiada vacacional a expensas de ese Estado que sigue dando la sensación de estar perdido en formalismos que nadie entiende. Habrá que reconocer al Sr. Puigdemont no sólo la forma de tomar como “tontos útiles” no sólo al gobierno de la nación, sino también a todos sus compañeros de viaje, capaces de peregrinar hasta Bélgica para postrarse de hinojos ante el “oráculo” del independentismo catalán y seguir sus caprichos.

Porque de eso se trata de simples “caprichos” que sirven para escamotear un vacío político e ideológico total. Unas veces se descubren esos mensajes llenos de derrotismo: “El Estado ha vencido… sólo toca retirarse… etc, etc…” para que inmediatamente repercutan en todos los medios de comunicación o anunciar que pueda presentarse de improviso en el Parlamento de Cataluña, vía alcantarillado público, para que los cimientos del Estado tiemblen y se caiga en esperpentos similares a los del Sr. Puigdemont. ¿No es mucho más fácil el colocarle una “sombra” que controle sus movimientos? Sobre todo cuando están bajo foco mediático constantemente.

El Sr. Puigdemont se está riendo de todos. De las instituciones (como el propio Parlamento de Cataluña obligado a retorcer sus propias normas), de las personas (como algunos de sus compañeros encarcelados y de la CUP) y del Estado (cuando proclama nada menos que un gobierno de la inexistente “república de Cataluña” en el exilio y otro que sirva de marioneta en el territorio catalán). Decididamente el Sr. Puigdemont es un “fenómeno”. Un verdadero profesional del arte de la prestidigitación política (lo que no tendría mucha importancia en unas sociedades llenas de “ilusos” capaces de creerse todo).

La prueba es que todos lo conocen, muchos lo respetan y otros cuantos lo consideran un “mesías” portador de la Verdad, en una sociedad que prefiere lo ficticio, lo efímero, lo insustancial y huye del pensamiento, la reflexión y el criterio propio en lugar del que le sirven “enlatado”. Por eso triunfan los que saben embaucar, los que saben mantener la atención de un auditorio callejero con banalidades de cualquier tipo.

El Sr. Puigdemont es el supremo ganador de la popularidad ante las masas. ha demostrado que es un verdadero “fenómeno” muy superior a lo que nos brinda el mundo del espectáculo. ¡Chapeau!

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