El discurso del Rey

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Tal como comentaba en un artículo anterior, por fin, en la Nochebuena, el actual Felipe VI, Jefe del Estado Español, se dirigía a los ciudadanos para su discurso anual, siguiendo la línea de su padre Juan Carlos I. Discurso que, tras el resultado electoral reciente, parecía provocar una cierta expectación mediática ya que, como hemos visto, sus palabras serán por unos días objeto de todo tipo de interpretaciones y se hablará, como ahora lo hago yo, tanto de la forma como del fondo del mensaje navideño.

También en este caso surge la natural confusión entre los fines del discurso y el mensaje político que puede contener, al no existir una línea nítida de separación entre las funciones constitucionales como jefe del estado y las que solamente afectan a su entorno privado o familiar.

En un estado aconfesional, como proclama el artículo 16 de la Constitución Española, el discurso tiene un marcado matiz político y, por ello, a pesar de la neutralidad oficial que debe ejercer el Jefe del Estado, quedan algunos matices por aclarar sobre el mismo pues no es el rey, en tanto representante de una familia dinástica que se identifica con la monarquía parlamentaria en dicha C.E. el que se dirige a sus conciudadanos, sino el primer funcionario del Estado que con sus palabras, intenta dar a conocer una posición política no partidaria.

Por esa razón empezaremos por ver si el escenario o el marco ambiental en que se produce el discurso era el más apropiado para el momento. El Palacio Real que forma parte de un órgano llamado Patrimonio Nacional, es un elemento más del mismo y, como el propio Felipe VI dijo en su comienzo, es propiedad del pueblo español que, a través de dicha entidad administrativa, lo mantiene para el disfrute de los españoles así como testimonio histórico de una época, sirviendo de marco excepcional representativo en actos o ceremonias de gran importancia. No es por tanto ni el lugar de trabajo del Jefe del Estado, ni tampoco la residencia real, como ocurre en otras monarquías. A su vez, dentro de las dependencias palaciegas, se eligió el salón del trono pero sin que el personaje estuviera entronizado. En vez de eso se lo colocó en medio del mismo en una situación falsa y en un ambiente que no correspondía.

El encadenamiento de planos diferentes desde ángulos distintos quizá buscaba una manera dinámica de presentar un discurso, pero obligaba a quien lo hacía a un lenguaje corporal y gestual artificioso, más parecido al de un mal actor mal dirigido en una interpretación teatral. Faltaba cualquier atisbo de sinceridad en el personaje por mucho que sus palabras quisieran demostrar lo contrario. En todo caso un mal asesoramiento para un discurso que era una relación de cosas obvias y desde luego poco forzado en el tratamiento de temas repetidos. Una ligera referencia a la nueva situación parlamentaria y su petición de acuerdos se coló entre los compromisos con los aliados y sus buenos deseos de sustituir egoísmos por solidaridad dando la mano en vez de la espalda para el entendimiento de todos. A este respecto ni la forma ni el fondo acertaron para la expectación existente.

Se entiende la dificultad de intentar conciliar un discurso oficial formal con unos comentarios informales de carácter personal que, en definitiva, sería la esencia y la justificación de un mensaje navideño. Para lo primero siempre existen días y momentos en que dirigirse oficialmente a la nación.

De nada valen (o en todo caso lo perjudican) las imágenes complementarias más familiares que, sin venir a cuento, cerraron el discurso. Una cosa es un mensaje navideño de la familia real a las familias españolas en un ambiente de hogar y otra muy distinta la frialdad majestuosa del salón del trono. Una cosa son las palabras sinceras de una familia española, por muy real que sea, a las personas y familias que celebran junto a ellos las navidades y otra un discurso lleno de temas políticos que ya son conocidos y resultan cansados en su repetición precisamente en estas fechas festivas.

Supongo que en la confección del discurso habrá otros responsables aparte de quien lo pronunció. Otros responsables que, como en las campañas electorales partidarias son profesionales de la comunicación, expertos en relaciones humanas o en marketing político a los que hay que obedecer sin rechistar. Son los nuevos sacerdotes cuya sabiduría ilumina y cuyo consejo resulta inapelable pero que, a la vista de los resultados, en muchas ocasiones parecen más continente que contenido, más tramoya que realidad…

En el texto del discurso, aparte de los temas consabidos sobre supuesta mejora de la economía, estado de bienestar y servicios sociales, defensa de la C.E., indignación por los atentados a nuestros compatriotas (de la UE) y medio ambiente, con mención del “cambio climático” (como si el planeta Tierra debiera estar programado en su evolución y desarrollo de acuerdo con nuestros criterios), surgió la contradicción originada en la propia Constitución sobre la organización territorial de España en “nacionalidades” y regiones con autogobierno, para a continuación hablar de la necesaria unidad de España. Es como cuando Pedro Sánchez decía que “los catalanes” y “los españoles” debían hablar y ponerse de acuerdo… Se olvida con frecuencia que todos los habitantes de España son españoles, incluidos los que viven en las diferentes partes del Estado. Aquí, en el discurso del rey, tal mención a las “nacionalidades” (porque así viene en el texto de la C.E.) lleva a alentar sentimientos nacionalistas que, más tarde o más temprano, como en el caso de Cataluña, pueden ser una bomba de relojería en la proclamada “unidad” de España y en la igualdad de los españoles.

Un discurso que siempre plantea las preguntas: ¿es necesario? ¿sirve para algo o se hace simplemente porque lo hacen en otros sitios? ¿es un producto más de marketing político que se reproduce anualmente? ¿es voluntad personal de Felipe VI o es una cuestión sugerida como mera costumbre? ¿es —como decíamos— una forma de aproximación personal a los españoles o se aprovecha para apoyar u oficializar posturas partidarias?

Como se dice en el periodismo: “estos son los hechos, de los lectores serán las conclusiones”.

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