El votante y su autoestima

Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.
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La señora entrada en años y en achaques llegó hasta el colegio electoral en su silla de ruedas, con sus bastones en bandolera, empujada por su sobrina, hija o lo que fuese. Pero unos metros antes del salón donde estaba su mesa de votar, pidió sus muletas, se alzó con brío, y caminó flamenca y lozana hasta la urna; sola, alta la frente, sobrada de razón y de orgullo, guapa.

El votante anónimo se siente importante, satisfecho de que una vez cada cuatro años se tenga en cuenta y valore su opinión. Nada más que por eso, por subirles la autoestima a todos los ciudadanos de todos los países, habría que imponer en todo el planeta el ritual del voto, y dar por bien empleados todos los dineros que cuesta poner en marcha una campaña electoral. Nada más que por ver cómo se vienen arriba nuestros compatriotas más anónimos, oscuros y escondidos.

Pero luego viene Paco con la rebaja. Porque resulta que todos los votos no tienen el mismo peso en los resultados electorales. Resulta que este partido consigue un escaño en las Cortes con poco más de 50.000 votos, y otro con casi un millón de votos solo consigue dos diputados. Que un votante de un partido nacionalista es más cotizado que otro votante de izquierda Unida, por poner un ejemplo.

Y luego resulta que como los comicios han diseñado un mapa político complicado y nebuloso, no se sabe quién va a gobernar, y hay que hacer encaje de bolillos para “apañar” un gobierno que podría durar solo unos meses, y podría abocarnos a repetir nuevamente las elecciones…

O sea que casi al día siguiente del subidón y la autoestima por las nubes a uno se le agría la bilis y reniega de esta democracia valleinclanesca tan ajena a aquel principio de “una persona un voto”, y “todos los votos tienen el mismo peso y valor”.

Y las cosas no terminan ahí. Porque luego viene el veredicto de Bruselas, y del BCE, y del FMI, y de las Altas Finanzas internacionales. Y luego que si la Bolsa se tambalea, a la espera de que surja un gobierno acorde con sus apetencias, y el mercado de la deuda, o sea eso de la prima de riesgo, se sube por las paredes, y todo el mundillo neoliberal nos previene de que tengamos cuidado con lo que pasó en Grecia, que no quieren ningún Varufakis ni ningún Tsipras por estos lares, que si la buena marcha de la economía española se va a evaporar…

¡Adiós autoestima! ¡Adiós voto!

Y la abuela que ve todo esto por la tele, se queda en casa con depresión, y tira las muletas por la ventana. Ella, que se presentó con su sobre en la mano tan flamenca, tan guapa, ante su mesa electoral…

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