Comunismo y separatismo

Comunismo y separatismo
Fernando Lanzaco
Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.

El actual revival comunista bananero, que en este caso podría ser un supuesto más de una enfermedad infantil del capitalismo, y los separatismos van a someternos a pruebas quizá, extremas.

Son dos espantajos fuera de tiempo pero aquí están. Eficazmente alentados por la pasividad de un Gobierno al que se le ha concedido un poder excepcional que no ejerce, ni con tacto ni sin tacto, para una tarea también excepcional.

El nuevo secretario general de PODEMOS nos ha dicho claramente que no viene a regenerar si no a demoler un sistema político, y de paso y sin ambages, a disolver el país con la extensión de un derecho a decidir a barra libre, que se corresponde según él, con la sagaz apreciación que en su momento señalaron los etarras para criticar la Constitución del 78. Con eso los etarras daban prueba de temprana sagacidad y de justificación para cientos de asesinatos.

Este es el fantasma que hoy recorre España, el derecho a decidir. En su tiempo acompañando al fantasma marxista con el que inició su recorrido europeo las estructuras del poder a penas detectaron su transcendencia. Sin embargo, esos fantasmas han llenado de tribulación y muerte dos siglos hasta ahora y son causantes de la reducción a semi esclavitud de millones de personas en el más desamparado y sombrío período de la vida en amplias latitudes. Y al final aquí está todavía y parece que vuelta a empezar.

Los nacionalismos descosieron y aventaron imperios y naciones. Ahora la receta es todavía más disolvente: derecho a decidir para todos sin cortapisas ni necesidad de razones, ni siquiera de heroísmo romántico. Se sostiene que la gente tiene derecho a irse cuando quiera como quien se aloja en un hotel (y probablemente se va sin pagar la factura). Cuando Pablo Iglesias en el discurso de su coronación (el más reciente príncipe desnudo entre los varios impúdicos que padecemos) afirma que “romperá el candado de la Constitución” puede referirse a muchos aspectos pero inevitablemente al artículo 2 referido a la indivisible e indisoluble unidad de España y también a todas aquellas menciones dirigidas a establecer el respeto y vigencia de los derechos y libertades y entre ellas esencialmente a la propiedad privada.

Si lo pensamos con algún detenimiento salvo esos dos cruciales elementos (que establecen nada menos que la existencia de una comunidad jurídica soberana mediante la edificación institucional del Estado que garantiza el imperio de las leyes y del derecho, de una parte y, de otra reconoce la capacidad del individuo para ejercer sus libertades políticas y morales a través de su capacidad de emprendimiento es decir, el derecho a su propia esencialidad personal.

El concierto comunismo-nacionalismo empezó con reducidos ensayos y cristalizó de modo eminente en la URSS. Todos los pueblos eran libres y autónomos y el archipiélago GULAG, en nombre de sacratísimos principios laicos (el hombre nuevo, la solidaridad entre los pobres, la unión de los proletarios del mundo, el castigo a la explotación ,la religión como veneno del pueblo, etc…) era el dispositivo valvular que permitía la regulación de un Leviatan vigilante. Si se opinaba de forma contraria a la doctrina establecida, curiosamente no se estaba ejercitando la libertad tan proclamada, se entendía justo lo contrario, quien disiente mina la moral necesaria para que la libertad florezca y es subversiva porque la libertad del individuo no puede alzarse contra la libertad del pueblo por cuya pureza vela indesmayablemente la vanguardia del proletariado, quizá los 62 de Pablo Iglesias.

La verdad real es que el comunismo tardío y el separatismo insolidario se alimentan en términos reales de un complejo formado por varios problemas, vicios y bastantes convolutos corruptos.

Por ejemplo, Mariano Rajoy, un hombre serio, ilustrado y bien intencionado, carece de la capacidad de gobernar a sus propias huestes tan corroídas -como los demás partidos que han tocado algún poder- por la corrupción institucional que se manifiesta en la defensa a ultranza de los intereses que identifican a la clase política en general y todavía con más energía en los ámbitos virreinales de cada partido donde se ejerce el poder concreto: el partido, el territorio y las instituciones en las que el partido ejerce protagonismo. Mariano Rajoy ha centrado su acción de gobierno en la economía y ha descuidado la recuperación institucional regeneradora sobre casi todo lo que importa. Quizá sea uno de los políticos más completos de una no muy brillante nomenclatura actual pero a nadie se le otorgó tanto poder como a él y los resultados parecen extremadamente magros y peligrosos.

Nos podría estar conduciendo, con mayoría absoluta, Dios no lo quiera, a una atomización ingobernable. Un ejemplo señero de la incapacidad de Rajoy, -insisto con mayoría absoluta,- y también de otros gobiernos es darle solución a la intranquilizadora cuestión de la justicia en la que el problema sempiterno se cincela en la expresión interrogativa de “quien custodia a los custodios”. Pero este punto me propongo sea objeto de comentario en relación con los fiscales de Cataluña que han consumido varias jornadas deliberando sobre si han visto o no lo que los demás hemos visto.

El PSOE, segunda fuerza teórica general es sin embargo, la primera gran debilidad nacional para desventura de todos. Empeñado en reformar la constitución en línea federal no acaba de precisar la incógnita de su destino reformista. Sin negar que convendría una puesta a punto de la Constitución los malestares que padecemos pueden abordarse mediante la mejora moral y política en los comportamientos y no solo en los textos.

Para garantizar la eficacia e independencia de la justicia hemos tenido 35 años sin ningún bloqueo o candado de la Ley fundamental y así: la selección de los políticos y su democracia interna, la financiación de los partidos, de los sindicatos, de las organizaciones empresariales, la mejora de nuestra lastimosa universidad, la escandalosa descoordinación y duplicidad de las administraciones territoriales, el desorden y desprofesionalización creciente en las administraciones públicas; el control del gasto y su aplicación por los numerosos órganos reguladores existentes….

Estos asuntos y algunos más son la agenda real de trabajo y mucho me temo que la pretendida reforma de la Constitución responda a un voluntarismo vacuo y sea utilizado como un expediente para no encarar los problemas reales. El cerrojo de la Constitución a que PODEMOS alude es el cerrojo de la partitocracia y de sus emisarios financieros ultraliberales, con un evidente riesgo de sustitución por el partido único.

En contraste a la antedicha agenda los partidos se comportan de forma suicida. Por ejemplo los partidos, o mejor los comandos de los partidos, en lugar de conectar con los intereses, sentimientos y valores de la generalidad de los españoles apesadumbrados por el desempleo , la corrupción y la pérdida de anclaje institucional ofrecen mensajes variopintos y siempre estupendos de condenación ajena y de pulcritud propia defendiendo para si la presunción de inocencia. Salvo expresamente de este vicio al comportamiento del gobierno en general que está haciendo frente a una soterrada corrupción que ha venido a aflorar de golpe siendo en su fundamental significación causadas en otro tiempo.

Asombra el razonamiento del PSOE para no cooperar en la promulgación de una ley anticorrupción que el PP le propone. Parecen ofendidos porque un artefacto tan corrupto como el PP pretenda incorporarle a semejante combate dado que se consideran una formación política de recorrido ejemplar en la virtud de la honestidad pública. Y si el recorrido no lo fuere tanto (FILESA, RENFE artilugios económicos varios, ERES en Andalucía, terrorismo de Estado, caso Faisán, fondos reservados, Roldán….). Todo eso no importa, ha dejado de existir. Según los adánicos representantes actuales del PSOE ellos son nuevos y la única esperanza de regeneración de España a la que proclaman van a vertebrar definitivamente. Esta actitud adánica roza la más descarada desvergüenza. Es como si el PP estuviera haciendo exhibición y propaganda del cumplimiento estricto de su programa electoral que ha vulnerado escandalosamente- por los temas- y –copiosamente- por el número de temas.

Frente a ello debiéramos afincarnos en algunas actitudes sólidas. Somos muchos y valiosos y la mayoría estamos dispuestos a ayudar a quien se ayude. No debiéramos resaltar solo lo negativo y si buscamos la proporción esta es abrumadoramente positiva. Debiéramos ampliar nuestra incomodidad o reprobación no solo a los partidos si no a los medios de comunicación, a las instituciones de justicia, y a las financieras asi como al entramado socio-laboral de sindicatos y empresarios.

Tenemos que cambiar indignación, depresión y declinante autoestima por una apreciación adecuada de cuánto hemos sufrido y cuanto hemos superado en nuestro existir colectivo (hay que conocer nuestra historia) y obtener fuerza incluso en el presente valorando el testimonio impresionante de nuestros millones de parados, de los desafíos nacionalistas con todo tipo de medios y todo tipo de trampas y de un populismo que puede tener efectos arrasadores. Con todo esto, nuestra entereza debiera reconciliarnos con las adversidades del presente e insuflarnos confianza en nosotros mismos.

Para crear un nuevo clima social nadie sobra. Si ese natural orgullo, esa serenidad ante los infortunios y esa alegría que es parte de nuestra heredad la cultivamos en cada uno de nosotros y la proyectamos en todos los comportamientos, nos espera aquello a lo que tenemos título: ser un país en el que merezca apasionadamente la pena vivir.

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