Esperpento nacional

Esperpento nacional
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.
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Todo empezó cuando alguien detectó en la ceremonia oficial en el Palacio Real de Madrid, con motivo de la toma de posesión de Felipe VI como Jefe del Estado, a un supuesto intruso que llamaba la atención entre los invitados.

A partir de ahí comenzaron las cábalas y la curiosidad mediática puso en marcha sus vías de investigación para conocer al personaje. Unos días más tarde, en el retablo de las maravillas que es España, aparecía un nuevo rostro y el nombre de a quien pertenecía. Así nos enteramos de la existencia de un joven crecido políticamente en esas “juventudes” de los partidos desde su más tierna edad, apenas con 14 años, hasta la actualidad en que parece rondar los veinte años. Una edad cuasi adolescente, si no fuera por la importancia de su trabajo: nada menos que cuidar los intereses del estado, al igual que -al parecer- lo hacía aquella amiga del anterior jefe del estado que engrasaba las relaciones internacionales.

Nos encontramos otra vez con alguien que dice actuar “por encargo de la Zarzuela”, de la propia Presidencia del Gobierno, cuando no dependiendo del Centro Nacional de Inteligencia, utilizando servicios de escolta, vehículos oficiales y hasta un domicilio prestado anónimamente, al más puro estilo Le Carré. Lo mismo le daba intervenir en operaciones financieras de las que, al parecer, sacaba tajada, que en cuestiones de Estado con motivo de los sucesos en Cataluña.

Su vida rocambolesca estaba financiada en parte por la picaresca y en parte por los servicios prestados a España. Muy pronto se dio cuenta, -como tantos otros-, que la política era una forma más fácil de vida que el tener que clavar codos y estudiar para formarse profesionalmente. Que la mejor carrera estaba ligada a esas “juventudes” que son el banquillo de reserva para ocupar puestos en las cúpulas de las AA.PP. sin pasar por las oposiciones. Otros muchos lo habían hecho antes ¿porqué no iba a hacerlo él también?

En medio de todo ello y para acabar de rematarlo, las fuerzas de seguridad del estado proceden a su detención en una operación espectacular, dando pábulo a su importancia, para dejarlo de nuevo en libertad con la posibilidad de pasar por todos los medios de comunicación para contar sus experiencias. Los despropósitos están servidos y “el pequeño Nicolás” amenaza con convertirse en una figura mediática más de este circo de “famosos” que viven de la cara.

No obstante persisten serias dudas sobre la capacidad de fabulación de esta persona. Una cosa es que pueda haber intentado colarse en cualquier foto que le sirviera para sus fines y otra, tal como asegura, haya podido entrevistarse con señalados personajes del tablero político o empresarial, para hablar con ellos “en nombre de….” Una cosa es que haya podido hacer de “conseguidor” a cambio de una propina y otra que, quienes hayan sufrido en sus carnes la mordida no hayan reaccionado y puesto las cosas en claro. Una cosa es que haya podido hacerse “coleguilla” de algunos miembros de los cuerpos policiales y haber compartido una cervecita con ellos y otra que éstos hayan puesto a su disposición bienes públicos rendidos ante su encanto.

Unos vehículos oficiales no salen del parque móvil sin sus conductores correspondientes y sin un servicio muy concreto que realizar. Una cosa es que en un recorrido concreto puedan haber acercado, a requerimiento del titular del vehículo (cargo público siempre) al “pequeño Nicolás” a un punto determinado de la ciudad y otra que se hayan desplazado por la geografía nacional cual si se tratase del mismo presidente del gobierno. No digo nada de los “camuflados” de alta gama sólo aptos para determinadas cuestiones.

No hay justificación alguna para esta sinrazón, al igual que tampoco la hubo para las amistades peligrosas reales, en un mundo institucional donde cada uno sirve (o debe servir) en la función para la que está cualificado y donde “el pequeño Nicolás” parece estar de más, por mucho que se empeñe en servir al Estado. Puede hacerlo previo paso por alguna oposición pública, si está preparado para ella e incluso, podría ser reclutado por el Centro Nacional de Inteligencia como personal propio, respondiendo de sus actos, so pena de que el esperpento peliculero de los “espías” haya calado en algo tan importante como la seguridad nacional.

Urge aclarar todo lo ocurrido, como debían aclararse tantas otras opacidades nacidas de la arbitrariedad revestida de “razones de estado”. Si los ciudadanos saben cómo son las cloacas del Estado, quizá puedan entender su olor nausebundo, pero difícilmente van a aceptar éste mezclado con la corrupción y las muchas irregularidades de todo tipo que, como un largo rosario de cuentas negras, han ahogado el Estado de Derecho y provocado la desconfianza de quienes, en su momento, apostaron por él.

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