ARMAS, S.A.

ARMAS S.A.
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

El reciente anuncio de un acuerdo sobre armas nucleares con el gobierno de Irán, mientras parecen recrudecerse los conflictos bélicos en la zona, es una prueba más de la paradoja permanente en la política exterior que buscaría el mantenimiento de un cierto y precario equilibrio de paz entre antiguos rivales y permite abrir una tímida esperanza sobre el acuerdo final (si éste no es saboteado antes de su firma por unos u otros medios).

Enfrentamientos étnicos históricos —por una parte— en el mundo árabe que se resolvían localmente, son las brasas sobre las que prenden intereses económicos o geoestratégicos actuales donde —por otra— priman hegemonías ajenas al mismo que se sirven de aquéllos para sorber y soplar al mismo tiempo, generando inestabilidad permanente.

Otras zonas del mundo estallan con guerras del mismo carácter produciendo un comercio masivo de armamento, que poner en manos de personas, gobiernos y países con un único objetivo: la destrucción y la muerte. Mientras hipócritamente se legisla y regula el control de armas en países del primer mundo, éstos mismos países miran para otro lado cuando las armas se entregan “para que se maten otros”, siempre que se obtengan beneficios económicos en su industria militar, en la explotación privilegiada de recursos o en el uso estratégico de territorios.

La hipócrita sociedad civilizada se escandalizará por las noticias filtradas mediáticamente durante el breve lapso de una noticia a la que seguirá otra que hará olvidar la primera, mientras miles de personas mueren en conflictos que no pueden entender o son desplazados de sus hogares y pueblos por sus mismos vecinos ahora armados por la poderosa industria militar civilizada. Ante estas situaciones esgrimen como justificación los miles de organizaciones no gubernamentales (ONGs) que han proliferado por el mundo con motivaciones muy diversas: paz, hambre, desplazamientos humanos, etc.

Hiroshima y Nagasaki marcaron en su día un hito del horror por la aplicación atómica a la guerra, como una forma de afianzar el predominio de un rival sobre el otro, utilizando para ello un enemigo lejano que había sido derrotado y se había rendido previamente. Los cientos de miles de muertos ocasionados por una decisión política equivocada, hizo que Oppenheimer renegara de su propio trabajo, pero no sirvió de escarmiento para plantearse una paz basada en el desarme, la negociación o la política y, el poder destructor de las armas, fue aumentando progresivamente en un crecimiento cualitativo y cuantitativo capaz de destruir el planeta, mientras nos hablan del “peligro” de un posible cambio climático en el planeta.

Las armas, que empezaron siendo “útiles” como defensa o para proveer de alimentos durante el Paleolítico, son en la actualidad una de las industrias más poderosas (industrias de defensa) que mueve miles de millones de dólares anualmente, tanto en su comercio regular, como en su comercio clandestino. Se venden incluso por Internet ya que abarrotan almacenes y depósitos en diversos lugares del mundo. Desde los últimos modelos de fusiles de asalto a todo tipo de bombas, cohetes, explosivos o material militar a las sofisticadas armas químicas o de destrucción biológica se compran y se venden pero, lo que es peor, se siguen fabricando y aumentando en su número y tipos bajo su necesidad ficticia en los presupuestos públicos de las naciones, como si estuvieran en permanente conflicto entre sí. Por eso, si no existe el conflicto se le crea aunque, para ello haya que montar operaciones de falsa bandera.

Las armas y su uso siempre son una demostración de la incapacidad de resolución de conflictos por vías de diálogo (diplomacia), tal como parecía ocurrir en los casos de EE.UU y Rusia, Cuba, Japón, el sudeste asiático, Irán, Siria, Irak, Afganistán, Libia, Corea del Norte, América Central o América del Sur, por citar sólo algunos ejemplos de zonas de conflicto resueltas (o mal resueltas) en algún caso por la guerra. Más recientemente los conflictos regionales enquistados en el mundo árabe, como en el caso de Yemen, donde a los enfrentamientos ancestrales religiosos o tribales se suman los nuevos movimientos como al Qaeda, Daesh o el movimiento Huthi (hachemí), van sumando nuevos escenarios bélicos donde las armas juegan un papel primordial (en Yemen se contabilizaban hasta cinco millones de armas ligeras en el año 2006).

Sólo la colocación de minas en territorios ocupados militarmente han causado muchas más víctimas que los accidentes de tráfico en todo el mundo, con víctimas inocentes que —indirectamente— han pagado muy caro el negocio de las armas. Un negocio que sigue aumentando y que precisa para su mantenimiento de un programa bélico determinado. Las tecnologías defensivas han colocado alrededor del planeta tal cantidad de estaciones de control que, a su vez, precisan de gran número de instalaciones y personal para su seguimiento. El último invento son los “drones” o artilugios capaces de matar a distancia “con precisión”. Lo que falta por determinar es quien y cómo se articula un sistema legal de control de los controladores o de los potenciales asesinos o justicieros por libre.

Los primeros pasos en el preacuerdo con Irán ya dicen quienes son los vigilantes y quienes los vigilados o sospechosos. Quienes pueden realizar comprobaciones en otros países y qué países se libran de tales inspecciones. Una muestra más de la doble moral existente. Cuando todos deberían estar interesados en eliminar las potenciales amenazas de lo “nuclear” (no sólo por el peligro que suponen para propios y ajenos), seguimos entendiendo que lo “nuestro” sí vale, pero hay que invalidar lo de los demás. Una política sembrada de recelos en lugar de cooperación, que queda plasmada en el conocido “si vis pacem para bellum” (si quieres la paz, prepara la guerra).

Estamos haciendo un mundo basado en la inseguridad y el miedo para liquidar la escasa libertad de las personas, para producir su sometimiento temeroso a cambio de ser protegidos. Estamos jugando con fuego cada vez que abrimos la caja de los truenos para amenazar, coaccionar o destruir las vidas, haciendas y comunidades humanas en cualquier lugar del mundo. Esa es nuestra terrible y cobarde responsabilidad que, por comodidad, ponemos en manos de quienes se erigen como protectores, de quienes colocamos en el podio de “los mejores” sin darnos cuenta de su escasa fiabilidad y de su gran dependencia de ese gran negocio, de esa sociedad anónima en la cual la cuenta de resultados se mide en forma de muerte y destrucción. Va siendo hora de cambiar el objetivo social para sustituirlo por comunicación, altruismo, solidaridad, generosidad, alimentos, vivienda y sanidad. Ese sí es un verdadero cambio climático, para mejor.

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