Aniversario de indignación

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.
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Hace cuatro años, esta misma noche, tras una manifestación convocada desde las redes sociales que se saldó con algunos detenidos por actos de violencia, se acordó en una asamblea espontánea ocupar la madrileña Puerta del Sol por un conjunto de personas, en su mayoría jóvenes, preocupados por los incidentes ocurridos, que no querían actuar contra la ley, pero querían dejar clara su indignación y protesta contra el sistema político y el gobierno de España.

Un poco antes, la llamada “primavera árabe” en Túnez y en Egipto había ocupado también la Plaza de Tahrir en El Cairo en una revuelta popular similar contra el gobierno de su país y, en otros diversos lugares, empezaba a germinar, casi en forma globalizada, ese fenómeno espontáneo y popular que se llamó “los indignados”, surgido de un pequeño libro-manifiesto del diplomático francés Stephane Hassel.

En España nadie sabía de donde había surgido la convocatoria y se hicieron muchas cábalas sobre la posible “espontaneidad” de lo que sería conocido como “15 M”, aludiendo a la fecha del calendario en que se tomó la Puerta del Sol por una multitud de ciudadanos de todo tipo e ideología que habían decidido decir ¡basta! a lo que había venido sucediendo en España y que, la grave crisis económica ponía de manifiesto a pesar de haberse negado insistentemente por el gobierno socialista.

El artº 23 de la Constitución Española avalaba este movimiento ciudadano de preocupación por los asuntos públicos, en una sociedad que había preferido mirar a otro lado y dejar en manos de sus representantes políticos demasiado tiempo el Estado, mientras ellos se desentendían de sus obligaciones que, como soberano, les correspondían. Se despertaban de un sueño placentero para encontrarse con una realidad muy diferente a la propaganda oficial y el grito de “no nos representan” empezó a ser la consigna del nuevo afán social de ocuparse de las cosas que eran (que son) de todos, pero que por comodidad o resignación se habían dejado en manos de otros.

La Puerta del Sol se convirtió en un campamento organizado eficazmente entre todos para hablar de política, de economía, de filosofía, de derecho, de medio ambiente, de sanidad, de educación…. El ágora ateniense, símbolo de la democracia, se transformó en grupos de trabajo, asambleas, reuniones, debates entre personas que no se conocían pero que tampoco preguntaban quienes eran. Todos se identificaban con esa figura del “ciudadano”, sujeto de derechos políticos, que les habían sido birlados hasta el momento, vulnerando el espíritu constitucional. Era un movimiento que reclamaba el pacto aprobado por una amplia mayoría en el año 1978 y vulnerado una y otra vez por quienes debían ser sus garantes.

Recuerdo con nostalgia cómo las gentes llegaban al punto neurálgico del movimiento con las caras iluminadas por la ilusión y la esperanza para ayudar, conocer, participar, proponer o simplemente para aportar alimentos a los allí acampados. Se iniciaba un tiempo nuevo donde las viejas ideologías, las que nos enfrentaban interesadamente, daban paso a cuestiones como la ética o la honestidad, la solidaridad y el sentido común.

El “sistema”, a través de sus medios de propaganda, trató de ignorarlos, de ridiculizarlos, los trató de “perroflautas” violentos e intentó minimizar sus acciones. Todos los medios de comunicación tomaron posición frente a él porque ellos también son “el sistema”, con sus privilegios, connivencias y gabelas, pero todo fue inútil. El “15 M” se consolidaba como un movimiento popular de difícil identificación: anarquistas y libertarios se confundían con los indignados conservadores, socialistas o comunistas y con algún que otro liberal. “Tenemos que limpiar nuestros cerebros de toda la porquería que nos han metido para enfrentarnos”. Recuerdo estas palabras en un joven “perroflauta” estudiante de filosofía cuando descubrió lo cerca que estaba de ese profesional conservador de toda la vida, igualmente abierto a la esperanza de construir algo mejor.

A falta de otra cosa se les llamó “antisistemas” en un intento de menospreciar lo que en realidad era una muestra de civismo ejemplar. Y era verdad. Todos ellos coincidían en repudiar el “sistema” anticonstitucional en que se vivía (en que todavía se vive en muchos casos) donde la corrupción imperante empezaba a aflorar. Por paradójico que resultara eran más constitucionalistas que quienes decían representarlos. Las instituciones empezaban a dejar ver sus fallos e incorrecciones, las administraciones estaban llenas de sombras de corrupción, los partidos políticos y los sindicatos sólo se representaban a sí mismos y una oligarquía financiera campaba a sus anchas al amparo del poder.

Hoy, cuatro años más tarde, debemos reconocer al “15 M” su papel de revulsivo social y político no sólo en España, sino en otros muchos lugares donde el sometimiento resignado de la sociedad, daba paso a planteamientos similares. Desde Europa a América, desde las “primaveras árabes” a las revueltas en Asia, unos movimientos sociales de difícil adscripción política en el lenguaje habitual de derechas e izquierdas, tienen la marca “15 M” . Los ciudadanos han decidido retirar la confianza a sus administradores y representantes, para coger ellos el timón de sus vidas, para “empoderarse” y responsabilizarse de su futuro.

En España, en un año de vorágine electoral, vuelve a cernirse la sombra ciudadana del “15 M” a través de partidos nuevos, inéditos, que pretenden asumir la indignación ciudadana y representar a esos “perroflautas” que un día quisieron demostrar que ellos eran sus propios representantes. Tanto “Podemos” como “Ciudadanos” tienen la enorme responsabilidad de no fallarles convirtiéndose (como ha ocurrido con otros) en parte del “sistema” castizo, inconstitucional y corrupto que no merece ser la “marca España” pero que, por desgracia, ha pasado a ser también parte de las marcas de otros países donde han intentado (o han conseguido) reaccionar a tiempo.

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