Crisis dentro de las crisis de Estados Unidos

Crisis dentro de las crisis de Estados Unidos
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

Doblado ampliamente el cabo de los cien mil muertos por coronavirus, y con cuarenta millones de nuevos parados a causa de la pandemia, el homicidio imprudente –tal vez termine siendo calificado de asesinato alevoso- de un ciudadano negro por al menos un policía blanco de Minnesota, ha terminado incendiando todo Estados Unidos. Los violentos disturbios registrados en al menos cincuenta ciudades, manifestaciones reprimidas a las mismas puertas de la Casa Blanca y la intensa polarización del país en las redes sociales, agravan el tenso ambiente, que ha retornado a los tiempos oscuros de la lucha por los derechos civiles.

La lamentable y muy condenable actuación de los policías involucrados en la muerte del ciudadano George Floyd ha sido inscrita de inmediato como un nuevo acto del racismo que sigue latiendo en el fondo de los corazones  WASP (blanco, anglosajón y presbiteriano), en el que se quiere ver la esencia misma del poder americano. La locuaz verborrea del presidente Donald Trump en las redes sociales ha sido aprovechada también para acusarlo de albergar impulsos racistas y asociarle en consecuencia con resucitados émulos del Ku-Klux-Klan.

Como es obvio, las imágenes de todo ello, incluidas detenciones y agresiones policiales a periodistas que lo narraban en directo, contribuyen a fijar en la retina del espectador medio mundial la idea de que el apartheid no ha sido aún erradicado del país que encarna la civilización occidental. Obviamente, es una clamorosa inexactitud. La equiparación de los derechos civiles es un hecho, conseguida ciertamente gracias a la incansable lucha por erradicar la injusticia. 

Ello no obsta para que aún persistan muchos comportamientos individuales en los que emerge la pulsión racista, sentimiento que no cabe achacar a todo el multirracial, multiétnico y muy diverso pueblo norteamericano. Las policías federales, estatales y locales están trufadas de agentes y mandos negros, lo que no impide que en general empleen métodos contundentes, y que en no pocas ocasiones a algunos de sus individuos se les vaya la cabeza, la mano o la rodilla, como en el caso del ya expulsado del cuerpo policial Derek Chauvin. 

El frecuente uso de la fuerza y la no menor ligereza en apretar el gatillo a la menor sospecha tiene probablemente mucho más qué ver con la existencia de 270 millones de armas legales en poder de los ciudadanos. No todos estos son ejemplares, de manera que la suspicacia policial es un hábito adquirido a base de comprobar por experiencia propia que no todos preguntan inocentemente por una información.  Más de mil muertos por la policía

Floyd será contabilizado entre las víctimas de la policía de este año. De seguir así seguramente será un balance aún más desalentador que el de 2019, en que 1.004 personas murieron a manos de policías. Pero, en el desglose, se descubre que la mayor parte de ellas, 370, eran blancas, por 235 negras, 158 hispanas, 39 de otra denominación étnica, y 202 de raza desconocida, según el recuento del Washington Post. 

La presunta brutalidad policial americana no parece, pues, determinada por el racismo sino más bien porque más del 50% de los delitos sean cometidos por ciudadanos de raza negra. Las cifras muestran en todo caso el largo camino que queda por recorrer en pos de la igualdad, un horizonte al que aspira la totalidad del género humano, pero en cuya carrera por alcanzarlo hay notables diferencias entre países, continentes y por supuesto etnias.     

La concatenación de crisis mucho tiene qué ver en que los Estados Unidos se encuentren inmersos en la campaña electoral que determinará en noviembre si Trump sigue o no cuatro años más como presidente. Y, coincidiendo con estas crisis, el republicano y por consiguiente el motejado como ultraconservador Trump, ha desatado otra que ha pillado con el pie cambiado a la izquierda bienpensante: la reforma de la llamada Ley de Decencia en las Comunicaciones. 

Aprobada en 1996, su sección 230 estipula que “ningún proveedor o usuario de un servicio de informática interactiva podrá ser tratado como editor o emisor de ninguna información de otro proveedor de contenido informativo”. En claro, ello significa que las redes sociales no son responsables del contenido que se publica en ellas, por falso, injurioso o delictivo que sea. Gracias a la neutralidad garantizada por esa ley han nacido y crecido gigantes como Facebook y se han multiplicado hasta el infinito los mensajes sin censura alguna por las redes sociales.  

Pero, a Donald Trump le ha hecho saltar como un resorte que Twitter le haya etiquetado como engañosos sus últimos mensajes, lo que equivale en su opinión a calificarlos, es decir realizar una labor editorial como cualquier medio informativo. Por paradójico que resulte, Trump resalta con este movimiento la preservación de la libertad de expresión y la neutralidad de internet, esa que impide que las plataformas no censuren, por ejemplo, los llamamientos del líder iraní, Alí Jamenei, a destruir Israel, o las acusaciones de Nicolás Maduro a Washington de promover su asesinato o golpes de Estado contra Venezuela.

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