Aunque el dictador se vista con democracia de seda…

Bielorrusia
Pedro González
Periodista, experto en Política Internacional. Fue director de Redacción de Euronews y fundador del Canal 24 Horas de TVE.

…En dictador se queda. El sátrapa que gobierna Bielorrusia desde hace más de dos décadas no tenía el cuerpo preparado para abandonar el poder, máxime cuando además de perpetuarse en él hace gala con creciente frecuencia de que el día que falte sea su hijo quién le suceda en la poltrona. No es el primero que abriga intenciones de instaurar una dictadura comunista hereditaria. Ahí están los ejemplos de Corea del Norte y Cuba para certificarlo. 

Las últimas elecciones parecen evidenciar, aún más que las anteriores si cabe, que Alexandr Lukashenko no tiene la más mínima intención de ceder el poder, y que está dispuesto a lo que sea por conservarlo. A raíz de los comicios anteriores la Unión Europea abrigó la idea de reconvertir al apodado como “el último dictador de Europa” a los valores democráticos. Agobiado por las presiones de la Rusia de Vladímir Putin, Lukashenko intentó jugar a la equidistancia: liberó a los presos políticos, consiguió que la UE le levantara las sanciones e incluso obtuvo de Bruselas ayudas financieras de 30 millones de euros/año. Los países limítrofes, especialmente Polonia y los bálticos pensaron que Lukashenko podría convertirse en un dique frente a una Rusia de la que recelan no caiga algún día en la tentación de volver a invadirlos y someterlos a su férreo control. Los Estados Unidos de Donald Trump llegaron a compartir semejante punto de vista, considerando así a Bielorrusia como un Estado tampón entre el área de influencia de la OTAN y la de Rusia. 

Toda esta construcción geopolítica se ha venido abajo con las últimas elecciones presidenciales del 9 de agosto. Lukashenko volvió por donde solía, es decir a la represión brutal contra los que osan oponérsele. Todos los candidatos que pudieran hacerle sombra fueron encarcelados y la Seguridad del Estado (Bielorrusia es el único país exsoviético que conserva las temibles siglas KGB) se hizo más presente y amenazadora que nunca. 

El dictador de Minsk menospreció, sin embargo, la capacidad de hacerle frente de una candidata de última hora, la antigua profesora de inglés Svetlana Tijanóskaya, que abandonó su papel exclusivo de ama de casa para sustituir a su marido, el conocido bloguero Serguéi Tijanovski, encarcelado junto con otros líderes de la oposición. En el cuarto de siglo que Lukashenko ejerce su autoritarismo nunca se habían celebrado mítines y manifestaciones tan multitudinarias como las que han tenido lugar tanto en Minsk, la capital, como en las principales provincias del país para jalear a la candidata, que contó además con el apoyo de otras dos mujeres, Veronika Tsepkalo y María Kolesnikova, ligadas a otros candidatos asimismo vetados por Lukashenko. Tijanóskaya y Tsepkalo han huido de Bielorrusia para refugiarse en Lituania, y Kolesnikova estaba a punto de hacerlo. Sobre las tres pende la amenaza de represalias sobre sus familias.  Moscú advierte contra otro Maidán

Que, en tales condiciones, la Comisión Electoral atribuya el 80% de los votos emitidos a Lukashenko, más que despertar sospechas de pucherazo las acentúa. El dictador bielorruso habría recibido un serio aviso de Moscú de que cercenara de raíz cualquier intento de que las protestas alumbraran otro Maidán, en referencia al movimiento que tomó la principal plaza de Kiev y terminó desalojando a los dirigentes de Ucrania favorables a una intensificación de los lazos con Rusia. Aquel cambio de política, en el que Ucrania inició incluso los trámites para integrarse en la UE y en la OTAN, irritó tanto a Moscú que Putin, tras la conquista de la península de Crimea, lanzó la insurrección en el este del país, cuya guerra ha consumado la escisión de hecho de las provincias de Lugansk y Donetsk.

Todo apunta, pues, a que Lukashenko endurecerá la represión para disipar las esperanzas que la juventud bielorrusa llegó a albergar respecto de su país como aspirante a integrarse en la Europa liberal. Estrechará los lazos con Putin, que le aflojará o apretará el dogal a su conveniencia. Se acentuará así su dependencia de Moscú, y consecuentemente los países de la UE fronterizos con Rusia y Bielorrusia acrecentarán sus miedos.

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