Nostalgia

Nostalgia
Carlos Miranda
Carlos Alonso Miranda y Elío, V conde de Casa Miranda, es un diplomático español Licenciado en Derecho, que fue Embajador de España en el Reino Unido desde julio de 2004 hasta 2008 y Embajador Representante Permanente de España en el Consejo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desde julio de 2008 hasta su cese en febrero del 2012.

Con las que están cayendo en España, mi sobrino Evaristo y yo decidimos mantener una de nuestras tertulias telemáticas de mi bar favorito regentado por sus eficaces androides, ANDREA y SAM.

—En tierra forastera, señalo, se puede ver la propia desde una lejanía saludable, como una casa en el valle desde un sendero empinado.

—Muy poético, afirma mi sobrino riéndose de mí. ¿Te gusta esa casa?

—Sí, pero a veces ya no me parece tan mía.

Es que no es tuya del todo, responde Evaristo, recordándome la típica casa familiar que comparten los herederos del fundador de un clan.

—Sin duda, pero algunos hemos dedicado nuestra vida para mantenerla y mejorarla. Ahora le toca a tu generación ocuparse de ella.

—¿Desconfías de nosotros?

—Pues, oyendo las conversaciones familiares, te contestaré que sí y no. Cuando la firma de un importante acuerdo de desarme entre EEUU y la URSS, Gorbachov se quejó de las medidas de verificación “intrusivas” y abogaba por una confianza recíproca, Reagan le tradujo lapidariamente en inglés un refrán ruso: “Trust, but verify”.

—Desconfías…

—Más que desconfiar, es la esperanza de que todo saldrá bien, aunque con la premonición de que parte de lo construido será modificado sin tener en cuenta ni la experiencia de los ancianos ni sus consejos.

“¡No me diga que se siente avejentado!” exclama ANDREA. SAM se une con un “Yo le veo bien” como el que los más jóvenes suelen decir a sus mayores a modo de amabilidad como si estos últimos debieran de estar ya imposibilitados. “Tendrán que renovar la casa”, zanja implacablemente.

—Probablemente, pero es también una sensación parecida a quien ve partir al hijo a América para hacer fortuna sin saber si la hará y si volverá un día al pueblo donde construirá su “casa del indiano” como las edificadas por los emigrantes retornados que así mostraban su éxito y su fortuna. No es pesimismo ni desconfianza, es la percepción de que el testigo se está transfiriendo al relevo sin saber bien que hará con él.

—¿No habrán pensado igual generaciones anteriores a la vuestra? Pregunta Evaristo.

—Cuando la Transición hubo quienes advirtieron de la comisión de errores y a veces tuvieron razón. Cuando provenían del conservadurismo que se amparó en el franquismo parecían adolecer de un vició de origen, pero, también, hubo advertencias desde la izquierda exiliada o repatriada, consciente de los fracasos y traiciones en tiempos de la II República.

“¡Todo eso es pasado! ¡Hay que mirar hacia adelante!”, exclaman los dos androides al unísono.

—Tienen razón, dice Evaristo. Hay que dar un voto de confianza a los jóvenes que, en definitiva, somos los que vamos a labrar nuestro propio futuro.

—En efecto, admito. Sin embargo, no se trata solo de corregir aspectos defectuosos de los pactos de la Transición, de completar tareas incompletas, de adaptarse a un presente y un futuro diferentes, se trata, también, de recuperar el espíritu de esa Transición, que se resume en un sentido de destino común, en el marco europeo y en el propio nacional, y en una práctica pactista, no solo en lo fundamental, sino también en otros temas que contribuyen a la convivencia. Hay que mantener, igualmente, un esfuerzo colectivo de sacrificio que se erosionó cuando entramos en la Unión Europea que algunos ven, erróneamente, más como algo ajeno que nos ayuda que como algo propio en lo que hay que amalgamarse.

—Te ha quedado muy bonito, dice Evaristo mirándome a través de la pantalla con esa mirada de quienes empiezan a tomar las riendas de una empresa y oyen, distraídamente, algo de los que la llevaron hasta entonces, incluso bien, pero que no quieren dar pistas acerca de sus propias intenciones, entre otros motivos porque tampoco tienen muy claras sus ideas.

“Tiene usted que soltar lastre”, afirma SAM con el asentimiento de ANDREA. Iba yo a decir que, en todo caso, no pensaba yo dejar de opinar, cuando saltó de improviso el aviso del final de la tertulia…

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