Violencia de género

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Las recientes declaraciones de un diputado español sobre este tema, han provocado las reacciones lógicas de aquellos grupos y sectores sociales que luchan por erradicar esa lacra de la violencia “machista” de la convivencia entre los géneros. Ya no se trata de la cantidad importante de muertes debidas a la imposición de los hombres sobre las mujeres, sino que entramos en algo mucho más complejo que es el sentido de la palabra libertad.

Es evidente que la forma social del matrimonio, como todas las sociedades humanas, no destaca por la perfección en sus resultados, sino en muchos casos, demasiados, por una unión de intereses finales que obligan directa o indirectamente a las personas a permanecer unidas el resto de su vida, provocando de hecho una condena vitalicia en la que, las tensiones que no encuentran salida, pueden acabar creando el caldo de cultivo mejor para la violencia más exaltada y sus resultados mortales.

Nos encontramos pues ante un nuevo reto en el sistema social que ha presidido durante años, generaciones y siglos las relaciones hombre-mujer, enmarcándolas interesadamente en la diferenciación de roles, donde la sumisión de ellas se compensaba por la protección de ellos. La fuerza secuestraba a la razón y a los sentimientos pues sólo de ellos se trata.

No es posible imponer una asociación humana entre personas desiguales o distintas en su forma de entender la vida, de sentir a los demás, de desarrollar su propia persona, sin que esto suponga un atentado flagrante a la más sagrada de las condiciones del ser humano: la libertad. Pero se ha hecho. Y se ha hecho con la connivencia —también interesada— de religiones y poder político, como forma de control sobre las personas y su libre albedrío; todo ello enmascarado en razones de un enamoramiento falso, una forma de huir de la soledad o una manera de apoyo mutuo para formar una familia.

La falacia de estos argumentos queda bien patente no sólo por los resultados de dicha convivencia, donde debería primar la sinceridad sobre las posiciones hipócritas de cara a la galería. Esas posiciones cultas que prefieren dejar dentro de las casas los problemas existentes, antes que airearlos ante los demás. Así ocurre: que todo está permitido mientras no salga del espacio doméstico.

Los silencios, las lágrimas, las frustraciones, las tensiones, los insultos, los golpes y la violencia permanecen ocultos (o se obliga a que permanezcan ocultos) para impedir que nos golpeen en la responsabilidad social que, no sólo los consiente, sino que los alimenta con la consabida frase de que en todos sitios ocurre lo mismo. Esta sociedad hipócrita prefiere el engaño y la ocultación frente a la verdad, esa verdad que nos haría libres.

Resulta curioso comprobar cómo incluso en los sectores sociales más “progres” se da por bueno este comportamiento y cómo muchas posiciones teóricamente más avanzadas, al llegar a este tema, miran hacia otro lado y muestran la parte más reaccionaria de su persona en relación con la pareja. La “indisolubilidad” del matrimonio es un tabú que parece impregnar a todas las sensibilidades. La condena a la sumisión de una parte para lograr la teórica protección de la otra, es un atavismo tribal que alienta en muchos sectores sociales y que procede de la misma doctrina religiosa.

“Hasta que la muerte os separe” es una condena, no una bendición. Es la privación de la libertad de elegir y decidir para quienes osan embarcarse en la aventura del matrimonio. Se cargan las tintas en los juramentos, en las promesas y en las llamadas fidelidades mutuas, hasta que todas ellas constituyen un lastre que mutila, ahoga y acaba por matar las ilusiones de quienes sienten que están “esposados” hasta el último aliento. Lo más triste es que en los matrimonios civiles, aquellos que deberían estar fuera de este conjuro, se repite la fórmula sin darse cuenta de que no se puede sacralizar lo que es un mero trámite administrativo o jurídico de carácter temporal.

La vida pasa ante muchas personas que se sienten con la obligación de sacrificarse por la familia, por los demás, pero que no han tenido ocasión de vivir realmente. La vida de los otros es la que parece importar en esa elección entre la vida propia y la vida de los demás, con lo que “los demás” se imponen en sus egoísmos y arbitrariedades, en sus formas de vida y costumbres que, muchas veces, nos resultan ajenas en esas sociedades impuestas desde los controles religiosos y políticos.

No se trata de la preeminencia de unos sobre los otros. No se trata de una película de buenos y malos. Se trata de la vida y la libertad de las personas. Nada más y nada menos que eso. No se trata de estudiar, legislar o aconsejar. Nadie es capaz de poner bridas a los sentimientos humanos y éstos o son libres de verdad o no lo son. No hablamos de instintos animales y atavismos biológicos por mucha publicidad que originen, sino de almas que sienten y padecen en lo más profundo los desencuentros en las relaciones que tienen y se ven obligadas a mantenerlas en un entorno social falso.

Todo empieza cuando el falso espejismo se rompe. Todo empieza cuando el chantaje emocional sustituye al amor verdadero —si es que lo ha conocido. Todo empieza cuando el soportarse mutuamente es la prueba de cariño y la forma de no romper el sagrado vínculo. Todo empieza con almas que se separan progresivamente una de otra para buscar otros caminos más gratificantes como seres humanos. Pero también empieza el drama, cuando no la tragedia. El drama nacido de los juramentos mal interpretados, de las promesas imposibles, del “qué dirán”. En lugar de que la situación se resuelva sin traumas absurdos, se cargan las tintas; el amor propio, los intereses y los egoísmos personales se anteponen a una salida pacífica y sólo se ve la muerte como solución.

El debate está servido y seguro que traerá consecuencias, pero no las que serían necesarias para cambiar las fórmulas, para desdramatizar situaciones, para llevar a la sensatez y a la cordura, pero sobre todo, para recuperar la libertad personal perdida en el falso altar de muchos matrimonios, en los falsos iconos hogareños y familiares que se nos muestran en los medios de comunicación de masas, para que todos sigamos siendo masas que responden al destino que otros nos han trazado. El amor es otra cosa.

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