El debate sobre el estado de la nación

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

Hemos seguido con interés y, ¿porqué no decirlo?, cierta ilusión el reciente debate sobre la situación social, política y económica de España que, todos sin excepción, hemos visto en sus dramas sociales paradójicamente salpimentados de corrupciones y corruptelas en los diferentes ámbitos.

El análisis, diagnóstico y soluciones propios de cualquier estudio de consultoría, objetivo e imparcial, hechos por el Presidente del Gobierno, nos ha sorprendido gratamente en cuanto se alejaba de tentaciones partidistas e ideológicas que pervierten lo que debe ser una administración pública al servicio de todos, para utilizarla en beneficio de unos cuantos de “los nuestros”.

El rigor en la exposición, la claridad y la contundencia de la intervención del presidente anticipándose y sobrepasando a los argumentos que podía esgrimir la oposición, han dejado a ésta en una situación difícil, sobre todo por esa “historia” que persigue implacablemente a su representante.

Desde la situación heredada —por mucho que a algunos les moleste el recuerdo— cada gobierno debe enfrentarse a la resolución de problemas de todo tipo, muchos de los cuales pesan como losas sobre los ciudadanos y sobre quienes asumen el timón de la nave. No es lo mismo heredar un barco en perfectas o buenas condiciones de navegación, que una nave que hace aguas por todos los resquicios de su estructura y que precisa, antes de dirigirla a mar abierto, dedicar a toda la tripulación a las tareas de reparación que precisa.

Son conocidas las estrategias de generar compromisos más allá de la temporalidad de los mandatos de muchos gobernantes en las distintas administraciones públicas. Las tácticas de colocar y dejar colocados peones que garantizan un cierto control externo de la gestión desde los gobiernos salientes. Todo eso se añade a la herencia que se recibe y son los mimbres con que hay que hacer el nuevo cesto. Mimbres que, en muchos casos, presentan señales de podredumbre y que se han vuelto inservibles o pueden afectar a la solidez del nuevo proyecto.

La economía global que padecemos no es una ciencia exacta y todos los “expertos” que tratan de aportar su particular visión sobre el tema, tienen que acudir a las referencias de unos y otros y adaptarse al vaivén de los mercados. Esos entes abstractos en el que de manera directa o indirecta todos participamos. Hasta los “antisistema” se nutren y nutren esos mercados. En España la situación de crisis se agudizaba por las apuestas tecnológicas y la pérdida de tejido industrial competitivo, en una sociedad más dada a los servicios que a la producción de bienes y a la subsiguiente creación de empleo. Esto unido al disparatado mundo de las promociones inmobiliarias, hipotecas y créditos —que nos endeudaban hasta las cejas— pero nos hacían propietarios de casas, terrenos, coches y otros artículos -muchos de ellos perfectamente prescindibles-, llevaron al país a despertar un día con el buzón lleno de facturas pendientes de pago, sin un duro en los bolsillos y, lo que es peor, sin trabajo remunerado.

Frente a ello, un lento goteo de corrupciones y corruptelas, al amparo de muchas lagunas e interpretaciones personales interesadas de las leyes, así como una cierta impunidad por aquello de “no sabe usted con quien está hablando”, eran el agravio comparativo y, al mismo tiempo, el modelo para que los valores de honestidad fueran virando hacia los “pelotazos” de mayor o menor envergadura, con mayor rendimiento a corto plazo. Esta es otra cara del poliedro que el Gobierno debía encarar. Lo hizo desde una batería de medidas presididas por la buena intención, pero también —parecía— desde el convencimiento y la fuerza de quien tiene claro cómo acabar con ese cáncer con una extendida metástasis en diversos ámbitos políticos, económicos y sociales.

Entre las herencias recibidas estaba la de una creciente injusticia social en la gestión de la crisis heredada que facilitaba el enriquecimiento de los mismos, frente al empobrecimiento de la población; que inflaba de directivos y empresas ficticias con sueldos obscenos a “los suyos”, mientras el drama del desempleo alcanzaba cotas millonarias; que blindaba las hipotecas bancarias frente a las penalidades para sacar adelante el pago de las mismas. Cómo le recordó Rajoy a Rubalcaba, lo que a éste molestaba en realidad era lo que se estaba haciendo y que el PSOE, en el poder, no hicieron por las razones que fueran.

La apuesta europeísta y la mayor participación de España como interlocutor real de los consejos y foros europeos con propuestas y resultados concretos que han ido ganando poco a poco el respeto de todos, era la guinda que la oposición hubiera querido en su pastel, pero que no pudo o no supo articular en su momento, entre otras cosas por su errático proyecto político, donde se mezclan las propuestas nacionalistas con las soberanistas, la defensa de la segregación territorial con la integración supranacional europea. Por eso la oposición se perdió en recovecos y tópicos que trataban de criticar el discurso del Presidente, mientras sobre sus palabras se cernía la sombra de su pasado y de su presente, de lo que no hicieron o hicieron mal, contrastando con los consejos de lo que se debe hacer. Hoy el PSOE es el que debe hacer examen de conciencia para darse cuenta de que, fuera de sus “paniaguados”, por muy artistas que sean, sólo hay un páramo en lo que debía ser un proyecto sólido alternativo. Que por mucho que se apunten o traten de apuntarse a la indignación legítima de los ciudadanos, ellos se quedaron fuera hace mucho tiempo; que por mucho que traten de volver a utilizar a los sindicatos de clase como correa de transmisión de sus intentos de presión al gobierno, éstos se están despoblando de afiliados, que han caído en la cuenta de quienes son en realidad y cuales son sus verdaderos intereses; que por mucho que intenten subirse sobre las muchas -demasiadas- ONGs, fundaciones y otras organizaciones hábilmente organizadas y orquestadas a la voz de su amo, su problema es que el adversario parece que se ha levantado con el santo y la limosna y les lleva la delantera sin falsos complejos y sin distracciones. Menos mal.

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