Todo sea por el bien de España

Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Cuando allá por los primeros años de la Transición política, el llamado “clan de la tortilla” se llevó por delante en Suresnes al socialismo histórico, se decía que el nuevo y renovado PSOE se había formado y desarrollado de dos formas: por la económica, con el apoyo de EE.UU, vía socialdemocracia alemana (ni Flick, ni Flock) y por la oferta de cargos públicos cuando todavía estaba en la oposición a UCD. No es pues una novedad que otros partidos emergentes hayan seguido el mismo camino y se estén repartiendo la piel del oso antes de cazarlo, creando expectativas de poder en personas que antes, posiblemente, nunca se les hubiera pasado por la cabeza la ocupación de un cargo o responsabilidad pública.

Hace unos años nos propusimos la conveniencia de formación de las personas que, en algún momento de sus vidas, pudieran estar en esa situación, tanto si era en gobiernos locales, como regionales sobre todo, con el fin de evitar desastres, —quizá no malintencionados pero funestos en sus resultados— por la ignorancia lógica que la mayor parte de ellos tienen de la gestión pública y de las reglas que la regulan. Huelga decir el escaso éxito que tuvo el intento y las escasas ganas de “formarse” por parte de quienes ya, en esos momentos, intentaban ocupar el poder.

En estos días, observando el espectáculo de la investidura del candidato socialista (que roza el esperpento) y las exigencias de los emergentes que van perdiendo fuelle “para evitar el desgobierno” (dicen), vemos cómo las arrogantes lanzas se tornan simples cañas y las exigencias y líneas rojas van dulcificándose continuamente bajo el común denominador de “todo sea por el bien de España”. Este ejercicio en que algunos se arrogan la interpretación de los resultados electorales con la frase “los ciudadanos nos han elegido para pactar”, no deja de ser una “pose” más o menos eficiente que oculta en realidad unas ansias de poder al precio que sea.

Tanto el candidato del PSOE, que actúa ya de travestido de presidente de gobierno, como sus posibles socios, están convencidos del enorme sacrificio que hacen con sus continua escenificación de acuerdos y desacuerdos, para evitar una segunda vuelta electoral, prefiriendo aquello de “virgencita que me quede como estoy”, a arriesgar su inesperada situación en unas nuevas elecciones tras haber quedado retratados —unos y otros— en su altruismo de pactos, acuerdos y consensos para que “España no esté sin gobierno”, pero sobre todo, para evitar que el gobierno en funciones del PP se pueda mantener en el legítimo ejercicio de las mismas.

El actual “trío amoroso”, con sus corifeos correspondientes, es más propio de una farsa, de un “vodevil”, que lo que debería ser la nueva política. Elementos y situaciones no faltan para configurar una estructura teatral clásica, donde vamos conociendo poco a poco a los personajes, pero resta aún por conocer el nudo y el desenlace de lo que quizá no es más que comedia, pero que podría acabar en forma de drama en el caso de que se quiera gobernar a toda costa.

En primer lugar tenemos el personaje del candidato, recientemente divorciado del matrimonio bipartidista, con ciertos “posibles” (como se decía en mi pueblo) en el número de votos, pero no suficientes para asegurarse una nueva vida. La dama rejuvenecida por otro maquillaje político como el de Suresnes, se permite coquetear con los apuestos caballeros que pretenden conseguir sus favores. Uno de ellos, muy pagado de sí mismo y muy seguro de conseguirlos gracias también a su capital electoral, ya ha empezado a tener un ataque de celos del otro y está dispuesto a aceptar incluso el “ménage a trois” del que antes renegaba, con tal de no ser excluido de la boda; el otro, mientras tanto, cuya sutileza y encanto parecen convencer más a la dama en cuestión, empieza a cuestionarse su posición inicial contraria al compromiso matrimonial (no formar parte de gobierno), que también se va resquebrajando y ya parece estar pensando en el vistoso traje de ceremonia. Todo esto bajo las miradas de sorpresa de los “ciudadanos y las ciudadanas” que les han votado.

De la arrogancia inicial de unos y otros que tanto tirón electoral tenía, poco queda. Todo se sacrifica por el bien de la nación y el sacrificio merece la pena con tal de “echar al PP del gobierno” y, al mismo tiempo, garantizarse las portadas mediáticas nacionales y extranjeras durante al menos un tiempo. La publicidad de la boda es importante y siempre viene bien como maniobra electoral en el caso de producirse una nueva convocatoria, al mismo tiempo que se sigue fielmente los consejos de muchos sectores interesados en que se forme gobierno a pesar del PP.

¿Qué podemos prever como nudo y desenlace final de esta comedia? Desde el sentido común y la lógica pocos pueden imaginar un consejo de ministros (órgano colegiado) donde unos pidan ampliar las estructuras públicas y otros pretendan reducirlas; donde unos pidan más libertades y otros crean que ya nos sobran; donde unos sean europeístas y otros contrarios a la UE; donde unos mantengan la unidad de España y otros pretendan fragmentarla… Todo ello bajo la presidencia sonriente y beatífica de la dama en cuestión, ya que habrá conseguido tener simultáneamente marido y amante, además con la total aquiescencia inicial de ambos. La estampa de sentar a la mesa del convite nupcial a los rivales, mientras se disputan sus favores, en verdad que “pone” a cualquier casquivana que se precie. Lo de menos es lo que pueda durar esta situación de “relaciones compartidas” que, si son aceptadas por los caballeros, dirán muy poco de su dignidad personal.

El último acto o desenlace es el que puede desembocar en comedia o tragedia según se mantenga el triángulo amoroso o, por el contrario, alguno de los rivales se revuelva contra una situación humillante y opte por romper el acuerdo de bodas. Nuevo divorcio, nuevas elecciones y más material para los regocijados medios de comunicación. Será la nueva forma de hacer política.

En un artículo anterior me refería a la dificultad de “alcanzar los cielos” con un cohete hecho de retales o materiales incompatibles y con un combustible en que se mezclen sustancias dispares en sus propiedades y características. Es en lo que estamos, salvo que pasados los plazos reglamentarios, allá por el verano, una nueva convocatoria electoral permita un ensamblaje mejor de voluntades políticas. Por ahora se vislumbra como única solución.

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