¿Somos todos Rubalcabas?

Fernando Lanzaco
Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.
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Ser un Rubalcaba. Es una expresión que parece señalar un carácter, una pertenencia a linaje o tipología concreta. En el curso de un muy ilustrado almuerzo que reunía a personalidades de poder y experiencia en vastos dominios de la actividad pública y privada, y que me merecen consideración, admiración y afecto, se me ocurrió el título de este articulo. Allí nadie habló de Rubalcaba ni de Rajoy. Se comenzó analizando la situación de los diferentes medios de comunicación, escritos, digitales, radio, televisión y se pasó a hablar de la situación del país.

De veras, todas y cada uno de las intervenciones me parecían muy atinadas y algunas especialmente. Estaba yo encantado con el animado discurrir del debate, cuando de pronto me sentí y les sentí, como si desde un habitáculo ajeno fuéramos espectadores de los aconteceres que en España se suceden y a nosotros nos correspondiese exponer las criticas correctoras y la lamentación por los valores perdidos o en riesgo. Fue como una descarga eléctrica que me obligo a intervenir. Todos y cada uno habían sido y eran en su mayoría personajes muy notables en las distintas esferas de la vida española, gobierno, finanzas, prensa, cultura, enseñanza, investigación… y ninguno de nosotros estaba ya en trance de cumplir los sesenta, habiendo ejercido y aún muchos de ellos ejerciendo hoy responsabilidades eminentes.

El debate era civilizado, el tono apacible y el diagnostico excelente, sobre todo en relación con los males, lo que contribuía a establecer una atmósfera de cierta ajeneidad, con la sensación de que el pasado y el presente quizá era cosa de otros y de otro lugar, como si se hubiera producido un desdoblamiento en nuestras propias vidas vividas y de nuestras vidas presentes. Estoy seguro, absolutamente, de que todos y cada uno de los comensales, al concluir la reunión, volvió a sus quehaceres para ejecutarlos con maestría y honorabilidad profesional y moral. Pero a mí me quedó la impresión y desearía que a ellos también, de que todos estos años, la dirigencia de este país ha estado distraída de las cosas que hoy se han revelado y estaban, sin embargo, ya ocurriendo. Y que, en general, la dirigencia de España, naturalmente con los políticos a la cabeza pero no solo ellos, ha carecido de destreza y quizá de voluntad suficiente para evitar la tendencia manifiesta hacia un colapso social previsible. Las tensiones nacionalistas disparadas, la miseria de la educación, el descrédito exterior, el despilfarro, el sectarismo y la demagogia rampante nos conduce a la melancolía de una sociedad dividida por el pasado y sin voluntad de unión para afrontar un futuro que se presenta con gravísimas amenazas, desde ya un muy quebrantado presente. Si nos divide al tiempo el pasado y el futuro la salvación es muy difícil.

De esta reflexión me viene la interrogante: ¿No somos todos un poco Rubalcabas? O dicho de otra manera, ¿No hay demasiados Rubalcabas en la sociedad española? Lo tomo como posible arquetipo.

Ha estado en política de modo activo, quizá hiperactivo, durante un larguísimo proceso y ha sido Ministro de Educación, portavoz de dos gobiernos socialistas, Vicepresidente del Gobierno y ahora candidato. Hoy a las puertas de inminentes elecciones parece ser que ha reunido tanta experiencia y saber que conoce todas las soluciones y no padece ninguna de las responsabilidades en este periplo de décadas. Y de modo aun más relevante en los últimos años en los que el sistema de cohesión social y política se ha deteriorado hasta hacernos temer que la ruina económica no podrá remontar por el estado de ruina moral, social y política en que nos encontramos y a la que, por cierto, el ha contribuido —en pareja con Zapatero— en cuatro tremendas operaciones:

a) La demonización de la oposición —Pacto del Tinell y otros— para su eliminación como alternativa democrática y consiguiente instauración de un PRI español imperfecto formado con un partido socialista de implantación estatal y por los grupos con los que ocasionalmente hubiera que comerciar para conseguir la mayoría, aunque fueren declarados enemigos de España. Destruir la alternativa democrática es el mayor pecado contra la Democracia. Aliarse con los enemigos del Estado es el pecado esencial contra el Estado.

b) La consecución de una paz, sui generis, y desde luego sin desarme ni derrota de ETA en el País Vasco que han derivado en continua insolencia y desafío a la ley y a la convivencia democrática con el dinero de todos, incluso de las familias de las víctimas, y con gravísima deslegitimación de la justicia.

c) Cataluña, en donde, en lugar de buscar seriamente la excepcional oportunidad del bilingüismo, él prefiere la inmersión —quizá eterna— con privanza de una lengua oficial de ámbito comunitario a la lengua franca, común, de todo el Estado. ¡Cuidad, mimad vuestra lengua! Como si realmente alguien la estuviere atacando, deslegitimando de nuevo a la justicia. Ello sin hablar del Estatuto.

d) La potenciación de los rescoldos emocionales de la guerra civil, manipulando la memoria histórica al servicio de fines electorales, lo que significa una atroz falta de respeto a todos los muertos de España, a todos nuestros muertos.

e) El mensaje obsoleto de “pobres y ricos”, en una sociedad que había resultado empleadora de emigrantes y a la que han dejado exhaustos y en riesgo grave de no poder recuperar los niveles mínimos de bienestar social porque este no es concebible sin recursos.

Al parecer nadie hace autocrítica en España, ni se ofrece para purgar responsabilidades y el más increíble, inverosímil exponente de esta actitud es el candidato socialista. El más inverosímil pero no el único exponente. Porque Rubalcabas, en arquetipo, los hay en todas partes.

Lo malo es que sin autocrítica, en la izquierda, en la derecha, en los nacionalistas, en los sindicatos y en esa sociedad civil que no me atrevo a pensar que sea dimisionaria de sí misma, sino que unos y otros han abortado cada vez que pretendía emerger, no será posible la recuperación de España.

Si todos somos Rubalcabas, no hay motivo para pensar que Rubalcaba no gane, de calle, las elecciones generales.

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