Siria: ¿Y ahora qué?

Juan Laguna
Por
— P U B L I C I D A D —

La decisión del presidente Obama de intervenir en el conflicto sirio anunciada con la misma rotundidad con que, en su momento, el presidente Bush lo hizo en Irak desoyendo las más elementales cautelas, viene a poner de nuevo sobre el tapete de la política internacional el papel de gendarme mundial que se vienen atribuyendo los gobiernos americanos, en su deseo de exportar el modelo social y de convivencia propio al resto de países y culturas.

En este deseo de imponer a los demás su ejemplo basado en la defensa de los derechos humanos, a veces se les olvida que, el respeto a los demás, a sus vidas y a sus costumbres, también está escrito en el frontispicio de la declaración universal de tales derechos, que todos los países del mundo decidieron asumir a través de un órgano supranacional como la ONU como foro de debate y encuentro y que, en último caso, no existe un modelo perfecto de convivencia o democracia que pueda exportarse con los “royalties” correspondientes.

Han sido muchos los charcos llenos de lodos donde los gobiernos de EE. UU. aún con el rechazo explícito de sus ciudadanos, se han metido saliendo de ellos con mejor o peor fortuna: desde Corea y su paralelo 38 hasta Vietnam, Afganistán, Pakistán, Irak….. y ahora Siria. La razón: el cruce de una teórica línea roja por el uso de armas químicas en el conflicto civil que sufre la población. Los muertos, mutilados, heridos y masacrados por fuego de morteros y bombas que vienen sucediéndose en el enfrentamiento sirio que han producido miles de victimas (como sucede en otros países) no parece razón suficiente para intervenir humanitariamente. Sólo el uso de determinadas armas prohibidas en los protocolos bélicos, pero fabricadas y almacenadas o vendidas desde hace muchos años por una gran parte de los países de manera más o menos conocida, parece haber sido el detonante del anuncio de esta nueva intervención.

Tanto el Congreso como el Senado de los EE.UU. con sus representantes de un tipo y de otro han mostrado sus reticencias y cautelas a la misma escarmentados ya de los resultados probables (más muerte y destrucción conocidos como “daños colaterales”) y de las consecuencias subsiguientes (más odio y rencor hacia los supuestos pacificadores). Los países de la UE tampoco se han mostrado entusiasmados con la idea por mucha presión diplomática que se ejerza sobre ellos y los británicos, en un alarde de sensatez, se han opuesto en su Parlamento a la propuesta de colaboración hecha por su jefe de gobierno. España -afortunadamente- tampoco ha querido embarcarse en la misión humanitaria de la lluvia de misiles sobre Siria, realizada desde la comodidad de las consolas de la flota americana. Seguramente el presidente Rajoy ha recordado su posición en el conflicto de Irak y ha mostrado una vez más la cautela más elemental en su aséptica y discreta postura política.

Puede también que, en todas estas posturas europeas, haya calado la forma peculiar de entender las alianzas los gobiernos de EE.UU., cuando se ha destapado el llamado Plan Prisma de control o espionaje de sus aliados, a través de los sistemas telemáticos que, para más sonrojo, nos han vendido casi en exclusiva con la única excusa de la supuesta seguridad del planeta, donde los “malos” siempre están tratando de hacer desmanes a los “buenos”. Donde no se puede entender una fórmula de distensión mundial basada en el respeto mutuo por las formas de vida y en la erradicación de la violencia como superación civilizada de los instintos más bajos.

No se trata de defender situaciones en las que la violencia, el hambre, la miseria de poblaciones enteras constituyen todavía una lacra que sólo es posible superar mediante la cooperación desinteresada y el respeto a las culturas, pero tampoco podemos aceptar la imposición interesada de los más fuertes sobre los más débiles, cuando y cómo mejor les convenga, con independencia del factor humano subyacente. Todavía están muy cercanos conflictos entre poblaciones que, hasta que alguien alentó los odios, han convivido pacíficamente para acabar masacrándose en aras de ajenos intereses, más propios del supuesto liderazgo y codicia del poder, que de la ayuda real que los pueblos necesiten.

Es ese liderazgo económico, bélico o social que algunos han pretendido imponer siempre, desde la pureza de la sangre y sentirse los llamados a salvar a los demás, cuando los demás no se lo han pedido. La Historia los consagra unas veces como grandes figuras y otras como déspotas degenerados, según están en el bando de los vencedores o de los vencidos. Sus ideas imperiales siempre han sido la justificación para la conquista y la dominación de los otros países, tanto para consolidar su poder como para -muchas veces- enmascarar los problemas de sus propios reinos o apropiarse de los recursos ajenos. Se han armado enormes ejércitos, se han fabricado armas terroríficas que pueden destruir a poblaciones en masa (las bombas de Hiroshima y Nagasaki sólo fueron el comienzo) y se han almacenado arsenales cuyo conocimiento nos haría temblar, sin hablar claro de las nuevas formas de destrucción biológica y las epidemias de enfermedades y muertes que se derivan de ellas, para firmar luego unos protocolos hipócritas de desarme o de prohibición de tales arsenales.

En Irak los servicios de inteligencia habían detectado incuestionablemente “armas de destrucción masiva”, al igual que lo habrían hecho si mirasen otros lugares del mundo. Más tarde, después de la destrucción del país y alentado los odios internos que han llevado al rosario de atentados terroristas permanente, parece que tales armas no existían. El resultado de tal intervención acaso se pueda medir económicamente para algunos, pero para otros fue la destrucción de sus vidas, el despilfarro en gasto militar que beneficiaría a otros y el odio que tan funestas consecuencias tiene. En este sentido resulta curioso ver cómo se repiten los chascos de los supuestos aliados (Sadam Husseim, Bin Laden, Noriega, etc.) bajo la tutela y ojo perspicaz de los servicios de inteligencia….

Ya nadie se sorprende de estos juegos de espías que la ficción cinematográfica nos ha servido en bandeja, donde los buenos al final no son tan buenos y los malos resultan ser un pedazo de pan. El mundo de los agentes dobles, triples, cuádruples (o vaya usted a saber) es tan enrevesado, tan extenso y variopinto, que sus informaciones, acciones y operaciones encubiertas pueden pintarse del color que se prefiera pero, lo más grave, son las consecuencias de ellas. Ahora, en el caso de Siria parece haber pruebas indudables de que se han utilizado armas químicas contra la población pero ¿quién las ha usado? Esa es la pregunta del millón. Tanto las puede haber utilizado el gobierno sirio contra las zonas de insurgencia rebeldes como las pueden haber utilizado los propios rebeldes que, incapaces de hacerse con el poder por otras vías, han buscado la intervención “humanitaria” de otras potencias. También podría haber un tercer interesado en el asunto que, como algunos personajes del teatro, permanece entre bastidores….. En ningún caso parece conveniente sumar a las muchas muertes y sufrimiento del pueblo sirio unos daños colaterales “humanitarios” desgraciadamente tan frecuentes en estos conflictos. La ONU es el foro unánimemente aceptado para dirimirlos y, en su caso, intervenir exigiendo el cumplimiento de los acuerdos desde los tribunales de justicia. La guerra es y debe ser siempre la última solución, porque nunca es solución.

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