Cuando no están claros los principios o cuando los valores se ponen en almoneda, los discursos políticos se descarrían y las razones descienden hasta convertirse en argumentos de tertulia de café. Sólo así son explicables las derivaciones que produce el problema catalán que no es nuevo como estridencia en la historia de España.

He aquí, pues, una manifestación de la excelencia que prevaleció en la etapa suarista y siguió con Felipe González. Mas como en toda obra humana siempre hay un PERO que se ha mostrado fatal: fue la Ley Electoral concebida para facilitar el sistema de oligopolio de dos partidos nacionales en alternancia, conviviendo con pequeños partidos que se abrieron hueco territorialmente apelando cuestiones identitarias y relatos falseados que han llevado a un nacionalismo con el pecado original del pasado, es decir lo excluyente.
Al problema descrito se añaden consecuencias nefastas. Citemos las más denunciadas: A) Falta de democracia interna en los partidos. B) Una “Ley de hierro” que les asegura el control por las élites. C) Desafección de los ciudadanos respecto a los políticos aunque mantengan un suelo de voto fijo a las siglas. D) Creciente mediocridad curricular en la clase política convertida en nómina de empleados sin criterio propio frente a las consignas del Jefe. En fin… añádase lo que cada uno estime para llegar a la consecuencia más grave de todas como es la falta de liderazgos con visión que inspiren a la ciudadanía. El ejemplo que ofrece la situación provocada por un personaje como Mas que, incompetente en la gestión de la crisis, ha emprendido una huida hacia adelante cual pollo sin cabeza y nos muestra el contagio masivo que se puede provocar con el juego de los sentimientos artificiosamente creados. No descubre nada nuevo, ya los marxistas tardíos llegaron a la conclusión de que lo difícil que es imponer una doctrina sobre los sentimientos. Por eso el nacionalismo catalán se impuso la tarea de construir creencias y valores con un relato de bucle sentimental, sobre una historia falseada, con un importante aderezo muy catalán como es el del “dinero que nosotros tan bien administramos y se llevan los españoles menos listos y trabajadores”. Es verdad que los nacionalistas han creado un serio problema, porque ha podido actuar desde la más absoluta deslealtad constitucional, convencido de que todas sus actuaciones, desde esa deslealtad, quedaban impunes: la manipulación de la conciencia colectiva, cada vez más fácil si se tiene el control de la educación y de los medios de comunicación y la excitación de la insolidaridad en tiempos de crisis e incertidumbre, incide en lo ya sabido, esto es que la creación de sentimientos bien afianzados asegura su objetivo final.
Solo hay una manera de afrontar el problema creado y es apelar a los PRINCIPIOS y no olvidar las enseñanzas morales que se encuentran en la historia. A saber: La Constitución es la Ley de Leyes. Y las leyes determinan la vida en sociedad. Sócrates fue condenado a muerte por un Tribunal por no aceptar a los dioses y “corromper” a sus discípulos pero, incitado a salvarse con la huida, Sócrates aceptó la muerte bebiendo la cicuta para ejemplificar su sometimiento a la Ley. Tanto Rajoy como Mas han jurado la Constitución, entonces ¿Que es eso del derecho a decidir solo una parte de España si se rompe su unidad? Cierto que desde la templanza que aporta el temperamento flemático, aderezado de la cualidad gallega de no mostrar tensión emocional ante la provocación, cabe explicarse su falta de respuesta, pero admita Rajoy que la defensa de principios que atañen al ser de España entra de lleno en su responsabilidad y no admite tibieza. Como buen cristiano que es debería tener presente la palabra de Dios “escribe el Ángel: conozco tus obras y no eres frió ni caliente ¡Ojala fueras frío o caliente! Pero solo eres tibio. Por eso voy a vomitarte de mi boca” (Apoc.3,15)
Todos hemos heredado la Historia de España, pero un Presidente es responsable de esa herencia durante su mandato. Abraham Lincoln lo entendió tan intensamente en los momentos más duros de la guerra de secesión que siempre apeló a los padres fundadores para defender la unidad de los Estados. Y entonces como ahora, el gran principio para tomar decisiones era la LEY, algo que el nacionalismo catalán y los aturdidos por el ruido generado con su escalada progresiva quieren ignorar. Artur Mas debería haber sido ya requerido en estricto y obligado cumplimiento por parte del Gobierno de España del mandato que confiere el Art. 155.1 de la Constitución. Y, sin embargo, se está dando lugar a una derivación mísera del debate: convertir en cuestión de beneficio económico la pertenencia a España “si ustedes se quedan podrán mantenerse en la Unión Europea”, ¿Han considerado le deuda que tendrían que pagar? Tal parece que nadie quiere apelar a lo esencial, siendo lo esencial tan claro y rotundo como son los principios y el respeto a la Ley. Y por lo demás, cualquier exacerbado nacionalista puede acostarte todos los días con u profundo sentimiento geográfico de sentirse europeo y no español, sin que suframos el resto de los españoles por ello.













