Se dice que los términos genéricos “derechas” e “izquierdas” se deben al simple posicionamiento espacial de los diputados de la Asamblea Nacional Constituyente Francesa con respecto a la situación de la presidencia de la misma, cuando se votaba el posible veto real a las leyes de la Asamblea Legislativa. Los que apoyaban tal cuestión estaban a la derecha y los que defendían la supremacía de la voluntad popular sobre la real, a la izquierda. Unos querían mantener de alguna forma el privilegio del rey y otros querían privarlo del mismo. Desde entonces se vienen estableciendo tales términos para enfrentar las “posturas” conservadoras y las progresistas.
Los resultados de las elecciones del pasado domingo 26 de junio, parecen respetar tales posiciones, dejando a la vista un panorama de mayoría teórica de “derechas” sobre un porcentaje algo menor de las “izquierdas”, pero… ¿obedece a una realidad o es una simple cuestión virtual que precisan los electores? Ya sabemos que, desde el final de la 2ª Guerra Mundial, el destino político de Europa (y del mundo en general), fue diseñado por otras manos distintas a las de los propios gobiernos de cada país. Era algo que trascendía las soberanías para una unificación ideológica que evitase el avance del comunismo soviético. De esta forma, el modelo social y político en Europa Occidental en la segunda mitad del siglo pasado se construyó en su mayor parte por y para la socialdemocracia aunque, para mantener las formas, se diera cabida a otras ideologías. Un socialismo “light”, defendido por la Internacional Socialista, que resultaba una mezcla de “posturas”, capaz de extenderse o ampliarse en el espectro político.
De la misma forma, el pensamiento liberal clásico, de mayor raigambre política, se interpretaba por unos de forma más humanista y, por otros, de una forma más ligada a la economía. En el primer caso podíamos hablar de un “liberalismo social” mientras que, en el segundo, se habla de “neoliberalismo”. Un modelo con muchos matices que, al igual que la socialdemocracia, ha permitido “posturas” muy diferentes y contrapuestas desde la moderación reformista.
En la Transición surgiría en España un nuevo espacio político: el situado entre la izquierda y la derecha tradicionales aunque siguió manteniéndose una ideología socialdemócrata en la política del nuevo régimen (art.º 1º C.E.), con ligeros matices liberales y demócratas cristianos en un centro político coaligado que se impondría electoralmente a la “derecha” conservadora y a la “izquierda” socialista. Ya por entonces empezaban a predominar las “imposturas” sobre las “posturas” sinceras; lo artificioso sobre lo verdadero. Partidos de izquierda como el PSOE o el propio PCE dejaban de lado cuestiones tales como su republicanismo, para convertirse en enfervorecidos monárquicos así como sus posiciones pacifistas o antibelicistas para llevar a uno de los suyos nada menos que a la Secretaría General de la OTAN. Evidentemente nos estamos refiriendo a los líderes camaleónicos capaces de “imposturas” semejantes.
¿Realmente eran personas convencidas de su marxismo inicial o utilizaron tal “marca” ideológica para acceder al poder? ¿Eran de verdad sinceros en sus ideas o simplemente eran unos impostores utilizando el tirón del “cambio” para que todo siguiera igual? La misma cuestión sería aplicable para quienes procedían de las filas del antiguo régimen y habían jurado los principios del Movimiento Nacional (como el propio Juan Carlos de Borbón) a los que se conocía como los “azules”. Los partidos no se creaban desde las bases ideológicas sociales, sino desde las cúpulas con capacidad, medios y recursos para construir estructuras partidarias de un tipo y otro, dándose la paradoja de que, en su conjunto, todos tenían y tienen la misma base : la socialdemocracia.
Por eso, durante muchos años y al amparo de un sistema electoral injusto, se creó un bipartidismo que daba una falsa imagen de competencia política (impostura) desde la alternancia en el poder. Las mismas políticas fiscales, apretando siempre a los mismos, han sido una constante de las supuestas “derechas” e “izquierdas”. Una “postura” similar en cuanto a nuestros compromisos internacionales y, sobre todo, un sentimiento colonial de subordinación a los modelos y patrones de más allá del Atlántico. “Posturas” e “imposturas” alimentadas y engrasadas por los medios de comunicación autollamados “independientes”.
Con la irrupción de los llamados “partidos transversales” como respuesta a los muchos casos de corrupción en que estaba el bipartidismo y sus apoyos periféricos, surgen nuevas “posturas” políticas en defensa de la “decencia de lo público”. UPyD primero, Ciudadanos después y Podemos para terminar, empezaron con un lenguaje regeneracionista que aglutinara a los “indignados” ciudadanos, fuera cual fuese su ideología. Eso no lo podía permitir un sistema social y mediático acostumbrado a las etiquetas fáciles (“izquierdas” o “derechas”) y, poco a poco, las nuevas formaciones fueron capturadas bajo los focos y, sus líderes, convertidos en “estrellas” del espectáculo, cayeron en la misma soberbia y prepotencia. Los proyectos quedaron al margen porque, lo de verdad importaba, era tocar el cielo del poder o asaltarlo. El “show” estaba servido y sus resultados electorales están muy cercanos.
El 20 de diciembre de 2015, fecha de la primera convocatoria, la confusión de “posturas” e “imposturas” era tal, que sólo predominaba la cuestión de empatía personal de cada líder. Sus frecuentes apariciones en programas de TV y su sometimiento a los presentadores “estrella”, constituyeron la base de campaña. En unas cadenas se pregonaban ideas que luego serían rechazadas en otras diferentes. Empezaba una variante de la “impostura”: el “postureo” a conveniencia de cada momento, creando en la sociedad más confusión a la hora de saber a quien apoyar.
Toda la puesta en escena de la “investidura” del candidato del PSOE, los pactos secretos vendidos como transparentes ante los focos y cámaras, los reproches mutuos y las declaraciones de amor o lealtad, las ofertas de cargos sin ninguna base, las idas y venidas, las ruedas de prensa encadenadas, etc. han sido una demostración de “imposturas” y “postureo” que han pasado factura a sus protagonistas principales. PSOE, Ciudadanos y Podemos, todavía no se han dado cuenta de que ellos mismos han provocado los malos resultados electorales de que se quejan, con sus continuas “imposturas” o engaños, que han hecho crecer la lógica abstención de quienes no son fáciles de manipular o de aquellos hartos de la política como espectáculo. Por mucho que se trate de achacar a otras cuestiones lo ocurrido, lo más importante es que los líderes correspondientes han quedado retratados por sus “posturas” y por sus, todavía más graves, “imposturas” políticas.













