Podemos: Grecia como ejemplo

Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

Cuando todo hace indicar que, finalmente, el partido griego “Syriza” ha salido vencido en su intento de salir adelante frente a las políticas de reformas que le eran impuestas desde sus socios europeos, conviene plantearse la relación de tal situación que lleva a la ruptura y convocatoria de nuevas elecciones, con la del partido “Podemos”, surgido a su imagen y semejanza, con las lógicas cautelas en cuanto a la misma. “Syriza” es un partido ya con trayectoria previa de actividad política, mientras que “Podemos” está empezando la misma y encontrando los primeros tropiezos.

La crisis de los partidos clásicos y su pérdida progresiva de credibilidad no ha impedido crear una red clientelista que, simplemente por su influencia más o menos directa, tiene capturado alrededor de un 20% del electorado por muchas irregularidades, corrupciones y situaciones judiciales a que se enfrenten. El sistema de mayorías parlamentarias permiten no sólo el gobierno por decreto, sino los gobiernos indirectos de los que se supone debían ser los órganos institucionales de control, equilibrio e independencia de poderes, donde las mayorías imponen su criterio. Una democracia formal pero no mucho más. La recientemente llamada “ley mordaza” viene a demostrarlo.

Los movimientos sociales (como el 15M en España), dieron paso a un inicio de revulsión política ciudadana en gran parte del mundo occidental, pero también llegaron con distintas reivindicaciones a buena parte de otros países, con un grito unánime de indignación contra los sistemas políticos y económicos que, al final, desembocaron en la crisis actual. Era lógico que, de una u otra forma, estos movimientos desembocaran en organizaciones políticas parecidas a los partidos de siempre, ya que el “sistema” así lo establecía. “Syriza” en Grecia y “Podemos” en España han sido los mascarones de proa de una nueva forma de hacer y entender la política más participativa y más responsable.

El problema es que, tanto la formación de sus líderes como la conformación de sus organizaciones, iban a partir de modelos ideológicos ya superados (derechas e izquierdas) y, por tanto, era necesario un diseño diferente, algo que el propio sistema impedía formalmente, pero que también chocaba con lo que a lo largo del tiempo hemos conocido. Un salto que presentaba muchas dificultades y que sólo puede hacerse desde el cambio interior de todos y cada uno de nosotros. Un cambio social de paradigmas, de modelos impuestos, de patrones preestablecidos… Un cambio vital para el futuro.

Grecia lo intentaría a través del partido elegido como gobierno y Podemos haría lo propio en España. En Italia ya lo intentó el “Movimiento 5 estrellas” y sus resultados no auguraban el éxito precisamente. Fueron tachados de “populistas” sin darse cuenta de lo que el término significaba de identificación con las aspiraciones sociales, del pueblo soberano, quizá muy diferentes de las aspiraciones o intereses de grupos determinados con más poder efectivo (económico, mediático, político, social y militar). El término de “soberanía popular” ha quedado reducido a lo que se considera representación política en todos los ámbitos. Un sistema democrático basado en lo formal pero escaso en lo real, que además se complicaba por acuerdos, compromisos y deuda, sobre todo mucha deuda acumulada que, contraída por los representantes, debía ser asumida sin más por los representados. Una hipoteca sin fin, permanente, que ahoga cualquier intento de “soberanía”. Por eso el fracaso de “Syriza” en Grecia, el fracaso del “Movimiento 5 Estrellas” en Italia y el reacomodo permanente de “Podemos” en España o el sometimiento del resto de los países y estados a unos poderes que superan a los propios. Las deudas contraídas, aunque no estén claramente justificadas en muchos casos, implican la rendición incondicional de todos aquellos que intenten ir a contracorriente de los mercados, es decir del proyecto global de hegemonías previsto para el siglo XXI.

En Grecia han hecho caer un gobierno legítimo, como lo habían hecho antes con otros no dóciles o simplemente cautos ante dicho proyecto. En otros países se mantienen los que no cuestionan el mismo. En España el proyecto de “Podemos” empieza a perder fuelle ostensiblemente por la falta de coherencia en su organización y funcionamiento interno, pero también por la falta de coherencia o fallos de comunicación de cara a los ciudadanos. Un poco como ha pasado en UPyD e IU o como acabará pasando en “Ciudadanos”. Son crisis partidarias que proceden de su propia estructura con fallos sistémicos idénticos a los del PP y el PSOE donde también surgen grietas. Por eso no son sólo cuestiones ideológicas de uno u otro tipo, sino quizá el fin del modelo representativo democrático (o su previsible caricatura formal) por quienes tienen en realidad el poder: los acreedores de deudas impagables.

España como nación soberana se prepara para unas nuevas elecciones generales antes de fin de año con un mapa político un tanto diferente al anterior. Unas formaciones se mantienen por clientelismo, otras desaparecen y se extinguen y otras pretenden sacar pecho con la regeneración política. Lo cierto es que todas juntas probablemente no tengan el 50% de apoyo electoral, entendido como el 50% del censo electoral total. Una gran parte de la sociedad aceptará resignadamente lo que salga, otra intentará llevar la abstención como estandarte de protesta y otra “pasará” de todo lo que resulte, convencida de que el reparto de cartas de poder se hace en otros foros. Las deudas son la gran losa que impide la autonomía y la libertad de las naciones pero, nosotros, seguimos endeudándonos para mantener esa ficción del “estado de bienestar” a que se nos ha acostumbrado, aunque no sepamos bien en qué consiste, ya que todos lo utilizan como bandera y cada cual lo hace efectivo como le parece.

Grecia, España, Alemania, Italia, Francia, etc., pueden seguir produciendo movimientos sociales de rebeldía e indignación política de sus ciudadanos. El sistema ya lo tiene previsto y es parte de su coartada democrática, de sus formas de poder. En Grecia, probablemente “Syriza” gane las elecciones anticipadas a pesar de la ruptura de su formación, pero se verá obligada a participar en un juego cuyas reglas le superan. En España “Podemos” o “Ciudadanos” lograrán un resultado que les permita jugar a ser árbitros ocasionales en los obligados consensos parlamentarios nacionales o autonómicos, pero difícilmente sacarán adelante un proyecto mayoritario que quizás no vuelva a repetirse en el futuro y, los ciudadanos de todo el mundo, seguiremos empujando la roca de Sísifo hasta la cima de la montaña en forma de “deuda” que irá engrosando, para contemplar cómo vuelve a desplomarse hasta la base una y otra vez. Una metáfora del absurdo de la existencia humana según Albert Camus.

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