Perdidos con la violencia de género

Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Lamentablemente la violencia vive entre nosotros expresada de muy diferentes formas, desde la industria de entretenimiento (cine, televisión, videojuegos, etc.) hasta cada momento de supervivencia en el mundo profesional, laboral y social donde el más fuerte se impone al débil y más aún en la convivencia familiar con sistemas jerarquizados de dominación y sumisión.

Lamentablemente es en el seno de las relaciones personales y familiares donde se producen conflictos que inexorablemente presentan todos los variados ingredientes de la violencia personal: sentido de posesión absoluta bendecido no sólo por el rito religioso del matrimonio “hasta que la muerte os separe” y repetido insensatamente en la ceremonia civil, que significa nada más y nada menos que la imposición de una condena vitalicia de convivencia a quienes tienen la obligación moral de ser libres. Una cuestión que ya ha excedido el ámbito del matrimonio clásico para hacer presa de los supuestos noviazgos y relaciones de simple amistad entre los más jóvenes, pasando por todo tipo de formas de pareja.

Hace unos días se producía un escándalo más en la supuesta diferencia que hacía la representante de “Ciudadanos” de lo que considera “violencia doméstica” de lo que otros entienden como “violencia machista” o “violencia de género”, demostrando una vez más con propuestas bienintencionadas pero algo perdidas, que todavía sigue sin comprenderse el origen y la raíz de la misma.

No son sólo las medidas “legales” las que pueden tratar de prevenir una violencia nacida de una interpretación emocional de sentimientos equivocada, sino la elevación de un sistema de convivencia civil al rango de dogma religioso que, hasta ahora, lleva consigo (en una gran parte de los casos) una manera desgraciada de vivir para muchas personas a partir del sometimiento del libre albedrío de forma permanente de una persona sobre la otra.

De nada sirve la existencia de un sistema de divorcio formalmente establecido si no se deshace el fondo doctrinal (por eso dogmático) del matrimonio, nacido de la forma de entender religiosamente un mero acuerdo civil de convivencia. Porque esa es la realidad más allá de la existencia de hijos a los que amparar en sus derechos durante la minoría de edad (y que son contemplados en el Código Civil). De nada sirve clamar por el respeto mutuo cuando normalmente la convivencia lleva consigo conflictos no previstos en contrayentes jóvenes y una evolución diferente en la construcción de cada persona. De nada sirve la ocultación hipócrita de tales conflictos para que no trasciendan el entorno doméstico y se sacudan los supuestos cimientos sobre los que se asienta la familia. En todos estos casos, el poder del “macho” sobre la hembra se suele manifestar con agresiones verbales y físicas que pueden llevar a la muerte de la mujer, pero que en otras muchas ocasiones, llevan al marido al suicidio.

En un mundo violento y en una sociedad acostumbrada a la violencia en su vida cotidiana por todo tipo de mensajes que, de una u otra forma, hacen de la fuerza y de héroes prefabricados unos arquetipos falsos, no nos debe sorprender que un día sí y otro también, estemos conociendo nuevos actos de violencia de todo tipo donde quienes los practican aspiran a salir de su anónima existencia por actos “heroicos” que, en la mayor parte de los casos, están más cerca de la delincuencia que del verdadero heroísmo. El caso que ayer ocurría con agresión a Mariano Rajoy en Pontevedra por un adolescente que quiere reivindicar su persona ante sus “colegas” y amigos (el gesto al ser detenido lo delata) es una muestra de adonde nos han conducido los mensajes lanzados por todo tipo de medios. Mientras no exista un pacto social y político contra estos mensajes que incluya el rechazo de todo tipo de juegos, películas y situaciones que difunden la violencia, estaremos obligados a sufrirla de una u otra forma.

El caso de la “violencia de género” o cómo se la quiera llamar (lo de menos es el nombre) se vincula a la visión del “macho” que cuida en el más genuino gesto animal a sus hembras. Estas a su vez lo perciben como un gesto de amor y protección que las lleva al sometimiento implícito que se produce en toda forma de poder impuesto. En el mundo animal la justificación es la fuerza y su transmisión sexual en el acto de reproducción. En la especie humana juega el amor propio y -repetimos- el sentimiento de supuesta admiración de la hembra por el más fuerte, el más macho, el que mejor la protege…

De un tiempo a esta parte la proliferación de gimnasios y la dedicación al cuerpo por parte de muchos hombres no va dirigido solamente a una función de mantenimiento físico, sino que, en una amplia mayoría, están orientados a la creación de masa muscular que proyecte una imagen de fuerza y poder. Esa fuerza y ese poder que, tal como van las cosas, pueden reorientarse a usarlos en conflictos bélicos de un momento a otro.

Mientras tanto quienes desde el Gobierno o desde el Parlamento deben cuidar por la seguridad de las personas, siguen perdidos y sin querer darse cuenta de donde están en realidad las raíces de esta violencia que nos inunda: en la forma de entender la relación macho-hembra en lugar de entenderlo como hombre y mujer en permanente uso de su libertad para estar o dejar de estar en donde se sientan ellos mismos libres en lugar de estar sometidos por normas y costumbres ancladas aún en la Prehistoria. La violencia, cualquier tipo de violencia, siempre es un retroceso político y social. Mientras sea parte de nuestras vidas y producto de consumo diario, seguiremos engañándonos como supuestos “civilizados”.

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