Control vs. Libertad

Control vs. Libertad
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

Hace ya años se aseguraba que “a las tías les va la marcha”. Este comentario no es sólo cutre, grosero y discriminatorio, sino que ha representado durante mucho tiempo toda una filosofía del mundo de la pareja y del matrimonio. Mi asombro fue el comprobar que las parejas que parecían más estables y felices (?) eran aquéllas en las que el sometimiento de una de las partes y la renuncia a ser ellas mismas constituían la base de la relación.

Mi sentido de la libertad se ha rebelado permanentemente contra cualquier imposición externa en el ejercicio del libre albedrío de las personas y, de forma más acusada, lo ha hecho cuando esa libertad se ha cercenado por los propios individuos que han creado sus cadenas, sus trampas, para justificar su cobardía y sus miedos.

Nuestra sociedad, tan dada al asombro hipócrita, ha llevado hasta los medios el titular arriba recogido. Nuevamente nos hemos rasgado las vestiduras ante estos datos pero, desgraciadamente, el control de las personas se ha hecho ya una realidad en nuestras vidas y es el caldo de cultivo de la violencia de género donde las víctimas sufren, callan, se sienten impotentes o, lo que es peor, se engañan y justifican constantemente.

No es una cuestión de leyes o normas antiviolencia, -que también-, es la necesidad de un cambio de paradigma en las relaciones personales y de pareja, que las lleve a eliminar de ellas cualquier signo de tragedia, drama o culpa, como ocurre con cualquier tipo de sociedad civil que se constituye libremente y que se puede abandonar con la misma libertad una vez resueltos los asuntos legales que les conciernan.

Se me dirá que son casos distintos y, con tal afirmación, seguiremos confirmando el drama de nuestras miserias humanas, si no somos capaces de analizar con objetividad, sin apasionamiento, sin prejuicios lo que es en realidad una pareja de la especie humana: un convenio fruto del cariño y el afecto o de simples intereses (que también se han dado y se siguen dando) para construir un hogar, una familia y procrear en forma controlada y organizada (tanto por la religión, como por el Estado). El problema es cuando ese proyecto de vida se plantea “hasta que la muerte los separe”, tanto en el matrimonio religioso como en el civil; cuando ese proyecto de vida deba atenerse a las costumbres y tradiciones impuestas (el totalitarismo social) y cuando se cierran con siete candados la jaula en que encarcelamos de por vida  a nuestros semejantes.

En ningún momento se plantea que una persona deba subordinarse a otra, pero, en la práctica, o existe esa sumisión en mayor o menor grado o hay conflicto. En ningún momento se plantea que cada parte de la pareja deba renunciar a sus sueños e ilusiones pero, en la práctica, alguien tiene que ceder. En ningún momento se plantea que deben vivir y estar constantemente juntos, como siameses, pero en la práctica, se exige el control de movimientos, de relaciones y de tiempos de la otra parte. En un mundo en que teóricamente se lucha por la libertad de las personas, incluso promoviendo guerras, no nos hemos dado cuenta de que no podemos imponer a otros lo que todavía en nuestra “civilización” no hemos conseguido resolver.

Los sistemas políticos y sociales han ido acuñando sutilmente la demonización y descrédito de las personas que libremente optan por ser ellas mismas. ¡Faltaría más! Desde las “adúlteras” lapidadas por unas culturas a las supuestas adúlteras criticadas y vilipendiadas por sus entornos sociales. Los versos sueltos complican el control o lo hacen irrealizable. La imposibilidad de estabular y clasificar a las personas desestabiliza lo establecido. Para ello los sistemas y quienes los dirigen, han preparado un aparato de propaganda y manipulación mediática, que machaca en forma permanente con sus dogmas y anatemas en forma literaria o audiovisual, a una población llena de miedos, temores e inseguridades presentando unos ejemplos edulcorados de la vida de pareja más falsos que el dinero del “Monopoly”.

Si de verdad queremos acabar con esta lacra es preciso atacar el problema desde su raiz: la educación. Pero no sólo en sus fases escolares sino en forma permanente eliminando todos aquellos mensajes sesgados e interesados que propicien el sentido de posesión o propiedad permanente de la pareja. Hay que dar el sentido proporcional, razonable y objetivo a lo que significa estar o no estar emparejados. Desdramatizar situaciones para evitar tragedias. Entender que la vida de las personas está sometida a cambios y que sólo ellas mismas deben decidir lo que quieren hacer con sus vidas sin sentirse coaccionadas ni discriminadas por no ajustarse al patrón social, repito, al totalitarismo social.

La libertad de elegir es la libertad de acertar o equivocarse, pero no podemos seguir manteniendo unos esquemas totalitarios y condenando a las personas cuando se aparten de la línea de lo “social (e hipócritamente) correcto”. El mundo de los sentimientos no puede reglarse (afortunadamente), sino comprenderse. En cambio lo que sí puede cambiarse es la maldición con que se pretende bendecir el matrimonio eliminando toda referencia vitalicia y a obligadas obediencias que suponen sumisión o posesión y sustituyéndola por algo tan esencial como la posible temporalidad de la relación, la libertad permanente de finalizarla y la importancia de ser fiel a uno mismo antes que a “fidelidades” hipócritas.

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