Mari Jaia Jatorra

Serralaitz
Serralaitz, el seudónimo usado por el autor en atención a su lugar de nacimiento, es un localismo que corresponde al nombre dado en la zona a una sierra riojana: la Sierra de la Hez, un conjunto de montañas en el corazón de La Rioja, entre las comarcas de Rioja Baja y Alto Cidacos-Alhama y Cameros y a una altura superior a los mil metros. Desde esa altura, cuando no hay niebla, las cosas se aprecian de una forma muy especial.

Volvieron las corridas de toros a Donostia con el nuevo Ayuntamiento del PNV, tras la prohibición de la anterior corporación de Bildu. Pero de Bilbao nunca se marcharon, sigue siendo una de las plazas fuertes del arte de Cúchares, y la ciudad eternamente fiel al PNV.

Aparte de su fe en Sabino Arana, Bilbao sigue siendo la ciudad cosmopolita, orgullosa de su equipo cien por cien vasco en el que tienen cabida futbolistas navarros y riojanos. Y en el torneo de pelota vasca de su Semana Grande no se tendrá a menos entregar el trofeo de mejor jugador a un riojano de Villar de Torre, para más señas David Merino.

Ciudad cosmopolita, que acunó al vasco más español, y el español más vasco y más universal, de nombre Miguel de Unamuno. O el otro poeta peregrino de todos los marxismos, desde Cuba a Moscú y Pekín, de nombre Blas de Otero. Con su museo Guggenheim, sus concursos de marmitako festivos al estilo de cualquier aldea de la Vizcaya profunda, sus bilbainadas medio castellanas medio euskaldunas.

Y su Mari Jaia, esa mujer entrada en años, de sonrisa tan ancha como su busto y sus caderas. Tan vasca y tan cosmopolita ella también.

Mari Jaia no se asusta de los rifirrafes clásicos de su Semana Grande. Se indignó el Delegado del Gobierno con la manifestación a favor de los presos vascos y las clásicas consignas provocativas de unos y de otros, pero ella, como Señora de la Fiesta, se quedó al margen. Tampoco quiso acompañar al alcalde que, según dicen, giró su visita de cortesía a todas las “txosnas” o chiringuitos montados por colectivos juveniles de la villa, “excepto a algunos de ellos nada afectos al PNV y quizá más en la órbita de Bildu”.

Ella hizo como que no había visto nada de los rifirrafes clásicos de todos los años, y siguió con su fiesta, en señora euskalduna, viento en popa, a toda vela. Más atenta a unos rapaces ingleses hijos de emigrantes vasco-burgaleses que no salían de su asombro ante cosas, festejos callejeros y espectáculos que en Inglaterra no han visto nunca, ni verán. Y que no querían volver a la Gran Bretaña, porque preferían quedarse a vivir en el pueblo de Mari Jaia…

A pesar de todos los pesares, Mari Jaia Jatorra.

Porque Bilbao es Bilbao, Bilbao es único. Porque en Bilbao cabemos todos.

Y el resto del mundo es como un Bilbao más grande.

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