Lastrada

Nadia Calviño
Carlos Miranda
Carlos Alonso Miranda y Elío, V conde de Casa Miranda, es un diplomático español Licenciado en Derecho, que fue Embajador de España en el Reino Unido desde julio de 2004 hasta 2008 y Embajador Representante Permanente de España en el Consejo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) desde julio de 2008 hasta su cese en febrero del 2012.

Los científicos resuelven incógnitas que suscitan nuevas interrogantes. Los políticos prefieren certezas, dicen, aunque su credibilidad es mundialmente baja y casi nula en España salvo para sus propios forofos que suelen considerar la política como si fuese una liga de fútbol (“Yo, con mi equipo”). El sociólogo y economista Miguel Otero, miembro confeso del opaco o, al menos, escurridizo, Comité de Expertos para la desescalada, resumía muy bien, no hace mucho, sus objetivos: primero, controlar el virus; luego, aprender a convivir con él; y, finalmente, hacer funcionar una economía compatible con la sanidad pública.

El primer objetivo estaría lográndose. El segundo, está en una fase inicial de un aprendizaje en el que los indisciplinados ponen en riesgo a los demás. Volver a poner en marcha una economía compatible con la salud es muy complicado al tener que adaptarse a un nuevo entorno que va de lo económico a lo político pasando por cuestiones culturales, tecnológicas y estratégicas, además de sanitarias.

En economía, hay que obtener beneficios para que la sociedad pueda prosperar. El Gobierno debiera fomentar un plan de recuperación acordado con patronales, sindicatos y la oposición. La solución no puede dictarla solo media España. La cuestión esta empantanada en una comisión parlamentaria. ¿Cómo no va a estarlo con un Gobierno que no sabe si derogar o no la reforma laboral de 2012? Se rompió el dialogo social tras el último pacto socialista con Bildu, lesivo política y económicamente, apoyado por Iglesias, para derogar íntegramente esa reforma. Si verdaderamente prevalece Calviño, con la economía a su cargo en el Gobierno, sobrevivirá esa reforma de 2012, esencialmente, y se recuperará la mencionada interlocución, aunque lastrada por una confianza decreciente. Sin suficiente confianza entre los actores sociales, la ruina y descomposición de una sociedad es más posible, así como su vulnerabilidad a cualquier asalto al cielo.

El esfuerzo del Gobierno Sánchez-Iglesias se centró, más bien, en buscar, vía la Unión Europea, subvenciones de los países europeos más ricos. En las semanas pasadas, beatificadores gubernamentales intentaron convencernos de su genialidad al proponer una deuda perpetua que solo (nos) costaría devolver los intereses, pero no el principal. Asimismo, propusimos la creación de un fondo de 1.500 millones de euros que, esperábamos, consistiría esencialmente en transferencias y pocos prestamos por devolver. Sobre todo, no se quería supervisión alguna ni sacrificios. “Coronabonos”, deseábamos, avalados por los ricos.

Nada prosperó. Solo queda atribuirse estos empellones a la cancela comunitaria si esta se abre a algo diferente del “austericismo” de hace una década. Esta vez, argumentamos acertadamente, la crisis no es culpa nuestra y la solidaridad solo puede beneficiar al conjunto de la UE. Bien es verdad que, en estos diez años, cuando presumimos de un mayor crecimiento que los demás europeos, no redujimos nuestra deuda pública que, ahora, llegará al 120% del PIB. Difícil quitarse la fama de “cigarra”.

Afortunadamente, el dúo franco-germano propone ampliar el techo de gasto del presupuesto comunitario durante tres años, pasando del 1% al 2% del PIB de la UE, mediante la emisión de bonos respaldados por el presupuesto de la Comisión que, así, realzaría su papel. Se movilizarían unos 500.000 millones (5% del PIB comunitario). Significaría la mutualización de esta nueva deuda comunitaria.

Esta propuesta necesitará ser aprobada por los demás socios. No es fácil oponerse a la voluntad conjunta de Berlín y París, pero Austria, Países Bajos, Dinamarca y Suecia ya han tosido. Si sale, puede que haya que ceder en los capítulos de la supervisión, de la exigencia de sacrificios y en la justificación económica de cualquier liberalidad social. 

Veremos, pero algún tipo de rescate no debiera descartarse. Los que aprecian que hombrecitos de negro supervisen nuestras cuentas, destacan que eso ocurrió con Portugal, Irlanda y Grecia en la pasada crisis y que, esta vez, les va mejor. Mientras, parece que el panorama internacional será diferente con un mundo occidental cotizando a la baja y China al alza. Veremos, asimismo. En efecto, no todo es blanco y negro. El gris y otros colores también existen.

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