La Zarza Ardiente

Fernando Lanzaco
Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.
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El nacionalismo catalán es la búsqueda ardiente de un pasado que nunca existió al tiempo que el sueño de una Arcadia feliz que España les secuestra. Su frustración se llama España, epitome de todas sus desventuras. Ambas fascinaciones coexisten; la del pasado enteramente inventado y la del futuro eternamente inventándose. Las dos se alimentan mutuamente. En el resplandor de esa zarza ardiente, los hechos, los sucesos, la Historia y las historias genuinas son irrelevantes. Solo hay pasión, la pasión de una tribu excitada y belicosa…

Para ajustar cuentas acelerando el camino hacia su Tierra Prometida vale el “España nos roba” un relato de agravios e invectivas que, por carecer de existencia objetiva, las más de las veces, pueden ser infinitas. El último que he oído es el de que ya están hartos de ser súbditos. El seny catalán tan laureado es cosa de catalanes pero no de independentistas catalanes, obviamente. La movilización de mitos, utopías, falsificaciones, secuestros emocionales y simplificaciones gruesas ha sido armamento omnipresente profusamente utilizado en las diversas etapas de la evolución independentista y con exasperación y sincronía cada vez que España está débil y necesita de un esfuerzo colectivo.

Por cierto, algunos elementos emergen una y otra vez. La Federación Catalana del PSOE ya era proclive al federalismo como forma de encaje de Cataluña en el Estado, allá por los tempranos años 30. Hoy preconizan una tercera vía sin explicitarla y desde luego no han participado en la manifestación por la unidad de España en la plaza de Cataluña. Se puede ser federalista o autonomista y defender la unidad de la nación española. De manera que la traducción inevitable de su postura es que entre sus, cada vez más mermadas huestes, algunos ya son nacionalistas socialistas o socialistas nacionalistas. Y las palabras que utilizan son fuegos de artificio para ocultar su traspié con la situación.

El federalismo no fue otra cosa que la forma incruenta de derribar el estado unitario español para sustituirle por otra versión política que se quería democrática. Pudiéramos decir que era cambiar la forma del Estado. Pero para los federalistas catalanes —sobre todo— era la forma de disolución del Estado Español. Y así, con llamativa ambigüedad han ido destilando doctrina y arrimando instrumentos a sus fines que nunca cambiaron: penetración mental e ideológica acompañada de buena rentabilidad económica facilitada por el país que les sometía, España. Por poner un ejemplo que hoy nos parece lejano pero que viene a sostener la tesis de que si el mundo cambia, el nacionalista no. Un ilustre pensador y escritor soberanista, Roca Farreres, dividía los patriotismos en dos clases: el patriotismo ofensivo y tiránico de los franceses, ingleses, americanos, rusos… y el defensivo propio del deseo de liberación nacional de polacos, irlandeses, catalanes, vascos… todos en el mismo saco. Pero al mismo tiempo, proclamaba por primera vez el concepto de Países Catalanes para incluir a las Baleares, Valencia. Este mismo autor, católico, conservador, ilustrado, bienpensante profetizaba que ningún monarca español concedería a Cataluña más que un grado de descentralización administrativa. Si hoy levantase la cabeza, estaría apopléjicamente indignado por ser “súbdito de España”.

El mayor aliado, el facilitador más eficiente del nacionalismo, ha sido el partido socialista catalán y el segundo la inepcia política del Gobierno de España. Que lastima que el admirable Adolfo Suárez y con él, alguno de los brillantes, intrépidos y honestos ministros de sus gabinetes no supieran casi nada de la Historia de España. Nuestros próceres desbordantes de sensatez no se cansan de recomendar diálogo, mucho dialogo como bálsamo y además quizá casi procurando que la responsabilidad de casi todo recaiga en los poderes del Estado, en el tancredismo del Gobierno. Apenas distinguen que la mayoría de la población estamos dispuestos a hablar y aliviar de malestares a todos los españoles pero estamos convencidos de que no vale la pena ceder en nada a los independentistas.

Si repasamos grosso modo algunas etapas del nacionalismo catalán, nos encontramos con la formulación de un federalismo ibérico (Eso si con Estado catalán propio fraternalmente unido a otros estados hispánicos) en el 34, la proclamación —sin la menor provocación— de la República Catalana en el marco de la República Española (¡ya era asunto complicado!) luego el franquismo acuña a fortiori un dilatado pacto de cambiar libertades por negocio y pesetas —y el sudor y la pobreza de docenas de miles de españoles de otras regiones que contribuyeron decisivamente a la reconstrucción y progreso de Cataluña— ; el pujolismo es mucho más ambicioso: negocio, pesetas, libertades, poder y además dictando el libreto de las políticas posibles a dos grandes funambulistas, el PSOE y el PP, es decir, gobernando al Gobierno de España. La penúltima etapa, la de Zapatero, es la de la cruda imposición de dos decenas de diputados socialistas catalanes sin cuyo apoyo, el Gobierno no se hubiera sostenido. Esa es la historia del confuso Estatuto que constituye, el último y más irritado agravio de los independentistas. Zapatero, arrogante e intelectualmente indigente, había prometido que se aprobaría por el Parlamento Español, lo que le remitiera el Parlamento Catalán. Incluso contra el PP, la otra mitad política de España. Buen trabajo de los socialistas catalanes en beneficio de los independentistas. El castigo pudiera ser su irrelevancia en Cataluña y la caótica situación del PSOE en el resto de España. La etapa actual es la de los malos modos sin rebozo, en la que un Presidente que ha jurado o prometido la Constitución Española y es Estado en la conformación del modelo político vigente, llama a la independencia de un territorio del Estado que representa, con los recursos del Estado. Situación que podría ser calificada como continua incitación a la sedición, a la alta traición.

¿Qué hacer? Manifestar sereno coraje y determinación. Y para parar la fiebre el remedio es sencillo, que el PP, el PSOE, UPyD y Ciutadans se comprometan radicalmente con la unidad de España. Más difícil y laborioso será poner en marcha una política de relaciones atentas y consideradas con los catalanes para recuperar su afecto por el Estado después de décadas de lavado de cerebro que una casta y caterva de patriotas plutocráticos les ha infeccionado.

El reto es tan brutal que la convulsión política puede ser global para España con una terrible atomización del PSOE, en ese vértigo puede desaparecer, y un encogimiento del PP y una situación de desgobierno en tanto surjan, si surgen, nuevas fuerzas políticas con la masa crítica indispensable para mantener la cohesión nacional y social: ¿Podemos? Si, seguro. La cuestión empieza a ser que poder podríamos pero no sabemos si todos queremos.

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