Joseph Sin Tierra

Fernando Lanzaco
Licenciado en Derecho y en Ciencias Políticas. Periodista titulado por la Escuela Oficial de Periodistas, pertenece al Cuerpo Superior de Administradores Civiles del Estado. Ha desempeñado, entre otros, los puestos de Subdirector General de Coordinación Administrativa del Ministerio de Educación y Ciencia, Presidente del Instituto Nacional de Asistencia y Promoción al Estudiante, Director General de Personal de Ministerio de Educación y Ciencia, Subdirector General del Ministerio de Justicia y Gerente de la Universidad Politécnica de Madrid.
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Realmente no es posible en la novela negra catalana vivir en tierra de nadie por la contraposición radical de los contendientes. Cataluña es España, es la formulación constitucional y el sentimiento generalizado de los españoles frente a una Cataluña que no quiere ser española, sino de los independentistas catalanes. En ese panorama de antagonismo esencial, una figura destaca por su habilidad circense, como funambulista que quisiera ser un virtuoso consumado en su arte y que realmente no tiene más opción que conformarse angustiosamente con sobrevivir, por el tiempo que sea, en la cuerda floja. Porque destino más alto no parece tener quien puede ser calificado por unos como un paradigmático caradura y por otros, por un traidor. Lo de traidor puede que, cuando las esperanzas que parece haber puesto el Gobierno en la gestión de Joseph Sin Tierra, del todo se desvanezcan y cuantos hoy se creen actores del drama caigan en la cuenta de que la “dramatis personae” en cuestión, solo aspira a salvar la cara si la secesión no sale y para el caso de independencia no resultar laminado, devorado por los radicales.

Joseph Sin Tierra corre el riesgo de convertirse en el arquetipo de traidor universal, ya que cuenta con un amplio abanico de aborrecedores en Cataluña y una creciente decepción, que ya bordea el desprecio al caradura en el resto de España.

Parecía el paradigma del buen sentido y ahora lo es de una, cada vez más, inconvincente habilidad fraudulenta. Amaga en Barcelona de vez en cuando para reafirmarse con la política de Más a continuación. Aparece en Madrid como hombre bueno que preconiza una tercera vía – que no sabiendo en que consiste- nos hace sospechar que a la postre y como siempre, se trata de alguna reivindicación nacionalista y de un masivo caudal de euros a costa de los demás españoles y también deja caer su amenaza. Y todo, como decía Martin Villa en un coloquio reciente, para que la situación pueda durar treinta años más. Es decir, pagar a precio de oro un tiempo presidido por la insatisfacción inagotable y quizá, por el desprecio de un independentismo en ansiosa demora y con el malestar del resto de España.

Amenaza, distiende, se reafirma en lo contrario de lo que el día anterior manifestaba, sigue siendo presidente de la Comisión de Exteriores del Congreso de los Diputados, formando parte de una corporación política que aboga por la destrucción del Estado; no le gusta la Diada radical pero acude incluso ayudándose con muletas. Es un personaje inefable Ya se sabe que se puede y que no se puede esperar de Josep Sin Tierra. Se puede esperar más de lo mismo en su teatrillo repetitivo ya cansino y no se puede esperar que se separe de Convergencia y muchísimo menos, que comparezca solo a unas elecciones o como es quimérico pensar, con aquellos que no quieren que se rompa la unidad de España.

Joseph Sin Tierra es uno de nuestros más exquisitos retratos en una galería de trapisondas y sagaces medradores.

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