La obscenidad de la independencia catalana

La obscenidad de la independencia catalana | FOTO: AFP
José Joaquín Flechoso
Articulista de la actualidad política en diversos medios. Experto en networking sobre cuya actividad dirige jornadas entrevistando a personajes del mundo empresarial, administración, cine y moda.

Yo siempre he creído que es más obsceno ver imágenes de violencia que aquellas relacionadas con sexo, pero claro, en un país aun con cierto regusto del caduco nacional-catolicismo, siempre se ha identificado lo obsceno con lo pornográfico. Pero según el diccionario de la RAE, también está directamente relacionado con el pudor y la moral, y por tanto se hace extensivo a ciertos comportamientos inadecuados. Para mí, la corrupción es obscena, la precarización del empleo es obscena, la permisividad con los comportamientos machistas son obscenos y la pobreza extrema de muchas familias, los desahucios, la escasa tutela del Estado con los enfermos dependientes, la liquidación de la hucha de las pensiones, o la crisis de los refugiados, también lo son. Pero en este mismo grado de obscenidad incluyo a los comportamientos de los llamados independentistas, que han manipulado a la población en pos de un estado idílico que solo estaba en la imaginación de los más fantasiosos y de sus oscuros intereses, han creado una gravísima división en la sociedad civil abriendo una profunda herida que tardará años en restañarse y han puesto en peligro la economía y el empleo en Cataluña.

Muchísimos españoles hemos sufrido desde aquel 6 de septiembre pasado, cuando se consumó la puesta en marcha de un proceso que indefectiblemente conduciría a todo un pueblo, hacia un viaje a ninguna parte. Es cierto que esto se venía venir desde aquel 27 de septiembre de 2015 cuando por enésima vez, se convocaba a las urnas a los catalanes en una elecciones que en principio llamaron plebiscitarias, pero que a la vista de los votos emitidos, el anunciado plebiscito, quedo eliminado del discurso independentista, siendo sustituido por la situación más favorable para sus intereses de la matemática parlamentaria, donde los escaños independentistas, tenían una escasa mayoría sobre el resto. Desde aquel entonces, se venía marcando una hoja de ruta, que anunciaba sin engaños lo que ahora lamentamos. No se les puede acusar de haberlo hecho a escondidas o con nocturnidad, pero si con alevosía. Lo han hecho a plena luz del día, amplificando su discurso en la televisión pública TV3. Lo han hecho también con la ridícula creación de sus “embajadas” en el exterior, incluso nombrando un conseller ad hoc a modo de canciller, y lo han hecho haciendo ostentación de su gran victoria ciudadana: la fuerza de su capacidad de movilización en la calle, algo que ellos mejor que nadie han manejado en este importantísimo mecanismo de gestión de masas de la que existen tantos ejemplos a lo largo de la historia.

Pero mientras todo esto pasaba, el gobierno de Rajoy no fue capaz de poner coto a tanta maniobra a pesar de los ruidos que se percibían por todas partes. Los éxitos de las Diadas, fueron igualmente minusvaloradas y en algunas instancias del gobierno y del Partido Popular, eran tratadas con una frivolidad inconcebible. El primer simulacro de referéndum del 9N 2014 también fue tomado por el gobierno con poco rigor, pero con la misma suficiencia irresponsable a la que nos tiene acostumbrados. Todos los dirigentes de Génova Rajoy y Soraya incluidos, repetían a modo de mantra “no habrá referéndum”, discurso que se ha repetido ante el simulacro del 1-O. Tanto en uno como en otro caso, el martillo pilón de los independentistas seguía golpeando en el mismo punto, demostrando su capacidad organizativa y de movilización de sus seguidores exhibiendo las urnas y a la gente votando. Ocurrió una primera vez y se debía suponer que desde el gobierno de la nación habrían aprendido para la segunda el 1-O, cuando anunciaban además desde el govern la vinculación del resultado con la declaración de independencia. Pero la única solución incorporada sobre el anterior referéndum, fue desplazar a miles de policías y guardias civiles a Cataluña para impedir la apertura de los colegios electorales. Con esta acción, se ponía en marcha el escenario favorito de los indepes: “el desembarco de las fuerzas de ocupación españolas”. Rajoy seguía diciendo que “no habrá referéndum”, lo mismo que su vicepresidenta, sus ministros y su coro de palmeros de la ejecutiva del partido, pero al final la foto de Puigdemont, Junqueras y Mas, como la de miles de catalanes introduciendo el voto en la urna-tupperware, fue un hecho incontestable de que había habido algo parecido a un referéndum, sin garantías, sin interventores, sin censo, todo lo que se quiera, pero el objetivo independentista, se había logrado y el 1-O, se convirtió en un “1 a 0” al gobierno.

El PP no ha tomado en su justa dimensión en ningún momento el problema catalán, en un ejercicio de prepotencia solo equiparable al de los miembros del govern. La demostración de fuerza en la calle de los seguidores del procés, nunca ha sido contrarrestada por parte de los llamados constitucionalistas hasta el 7-O de este año. La puesta en escena independentista estaba llena de simbología, colorido y modernidad, envuelto en un ambiente festivo que convertía una manifestación reivindicativa, en un evento lúdico al que acudían familias enteras y un gran número de jóvenes. El PP no ha sabido leer el conflicto, ha sido torpe en su diagnóstico y se ha equivocado dejando que el tiempo dictase sentencia al más puro estilo Mariano. Rajoy una vez más eludió su responsabilidad, dejando en manos de la fiscalía y los jueces la resolución de una situación donde sobraban leyes y faltaban medidas políticas. Los registros de dependencias de la conselleria de economía orden judicial, la intervención de las cuentas públicas o el despliegue de Policía Nacional y Guardia Civil y las cargas del 1-O eran el gran sustento del ancestral victimismo separatista. La detención de los Jordis, tal vez poco oportuna políticamente, pero impecable judicialmente, cerraba el círculo calificando su encarcelamiento como el de “presos políticos”. El plan estaba saliendo a la perfección.

Decían que de aquellos polvos, vienen estos lodos, cierto, pero es que antes de dejar posarse al polvo, hay que barrer, aunque solo sea por higiene y el PP no lo hizo. La vicepresidente se montó un despacho en Barcelona en un gesto inútil que no ha convencido a nadie, pues en sus propias narices se han hecho todos los preparativos del 1-O mientras ella solo se preocupaba de su estilismo e imagen como si fuese a entrar en Gran Hermano VIP. Su estilista debería al menos haber aconsejado por el rigor y respeto hacia los agentes, que eso de alojarlos en el barco de Piolín, no era lo más oportuno, pues parece más propio de una película de Torrente.

Vista la decisión tomada por Rajoy en el Consejo de Ministros tras la aplicación del artículo 155 y si analizamos la trayectoria de sus casi seis años en Moncloa, muy grave ha debido ver la situación cuando ha convocado nuevas elecciones en Cataluña. El que ha hecho norma con dejar que los asuntos se eternicen a ver si de esa forma se arreglan solos, ha procedido de manera urgente a llamar a las urnas el 21 de diciembre, minimizando los efectos de la entrada en vigor del artículo de marras, solo 54 días después de la disolución del parlament. Ahora se abre un gran periodo de reflexión en Cataluña, pero… ¿habrá percibido el electorado el enorme engaño que se escondía tras la República Nirvana de Cataluña? ¿Habrá entendido el PP que cuando hay un conflicto político, lo primero es buscar soluciones políticas? De todo este enorme disparate, espero que todos hayamos aprendido, porque este escenario no puede volver a repetirse y sobre todo porque este grave episodio, no se olvida fácilmente.


FOTO: AFP

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