La gran coalición

La gran coalición
Juan Laguna
Colaborador de Fundación Emprendedores.

El fenómeno “Podemos” ha hecho saltar las alarmas del sistema. Eso es indudable y, como demostración, los ataques que desde todos los frentes está sufriendo este movimiento ciudadano desde las instancias instaladas en el mismo.

No son sólo los partidos políticos mayoritarios los que se están obligando a replantear cuestiones que, hasta hace poco, habrían sido impensables en lo que se ha venido a conocer como necesidad de regeneración política, ante los muchos años de connivencias, corrupción, irregularidades y desmanes de todo tipo en nuestras AA.PP. Subrayo expresamente lo de “nuestras” porque nos pertenecen a los ciudadanos, porque están para servirnos y no para juzgarnos o perseguirnos.

También en el ámbito corporativo privado, tan vinculado a los poderes públicos, empiezan a removerse las aguas -tan tranquilas hasta hace poco tiempo- de los que vivían cómodamente en esa confusión de los institucional y lo particular. Ellos han influido -y siguen influyendo- en las decisiones políticas y, como se ha visto, en las decisiones administrativas, al más puro estilo USA: las donaciones más o menos encubiertas a los partidos políticos y la devolución de favores desde los cargos públicos.

La ocupación de gran parte de los sectores privados por “los nuestros”, ha tenido como contrapartida interesada la ocupación de lo público por las corporaciones financieras, que han recibido un trato preferente (este de verdad) de quienes iban endeudándose con ellas de una forma u otra. La mezcla entre lo público y lo privado siempre ha traído consecuencias indeseables para el Estado. Lo más curioso del caso es que todo esto empezó con un partido que lucía (y aún luce) en sus siglas la “S” de socialista y la “O” de obrero. Un partido que empezó por el “clan de la tortilla” sevillano, con personajes menos preparados políticamente que “Podemos”, que tuvo mayorías electorales, dejó la Administración Pública que no la reconocía “ni la madre que la parió” en cuanto a desmanes de todo tipo, que laminó al socialismo histórico con una visión más pragmática de gobierno (OTAN SI) apoyado desde USA, que cambió la economía productiva por la especulativa privatizando lo público y cuyos líderes hoy son alabados como “hombres de estado”. Eso sí, alardeando de “izquierdas”.

Por otra parte y como contraposición bipartidista, el Partido Popular anunció la regeneración de la vida pública y con Aznar pretendió -y logró en buena medida- una cierta contención del déficit público, reactivando la economía pero…. el personaje no tenía la imagen dicharachera, tan parecida a la del anterior jefe del estado, del líder del PSOE. Todos recordamos las maniobras mediáticas contra su figura y la exaltación de Gallardón como preferido por la “beatiful people” del momento. Lástima que la intervención en Irak le propinara un duro castigo electoral con la llegada del PSOE al gobierno de nuevo, mientras las autonomías se configuraban competencialmente como pequeños estados dentro del Estado Español en base a sus estatutos y sus asambleas legislativas. Las “nomemklaturas” regionales tenían más poder e influencia social que la Administración Central y los ciudadanos empezaban a identificarse más con sus territorios que con la nación española. Una especie de “síndrome de Estocolmo” en cuanto a la dependencia se refiere.

Los partidos territoriales se consolidaban para defender los intereses de cada región en un Parlamento que debía legislar para todos, sin preferencias de ningún tipo y -en su momento-, se convertían en “bisagras” que vendían su apoyo al gobierno de turno a cambio de concesiones particulares. Configuraron mayorías regionales y, como hemos visto, empezaron los procesos diferentes de pulso al Estado. Ocupaban las cajas de ahorros y había que pasar por sus normas y procedimientos administrativos para cualquier cosa. Los empleados públicos ya no eran funcionarios, sino directivos y contratados fuera de la jurisdicción del sector público y para ello se creaban empresas públicas, mixtas, semipúblicas o abiertamente mercantiles a cientos, miles, para atender el clientelismo político. La deuda pública subía y se animaba al sector privado a endeudarse y gastar en cosas y casas. ¿Pagar? Ya se vería.

En este ámbito de despropósitos vino la crisis. Los mercados financieros que nos habían colocado toda suerte de productos tóxicos, ya no querían saber nada de un pais en quiebra, endeudado y con sus instituciones trufadas de situaciones conflictivas. El 15 de mayo de 2011 estalla la indignación ciudadana siguiendo los ejemplos de otros paises y pone al sistema frente al Estado. Los partidos políticos, sindicatos, organizaciones sociales y empresariales, medios de comunicación, administraciones públicas, instituciones y corporaciones eran puestos en solfa por una sociedad que despertaba de un largo letargo, de una anomia interesada y cómoda, preguntándose que había pasado y votando de nuevo al Partido Popular con una mayoría absoluta.

Los años transcurridos han sido además un rosario de situaciones judiciales ligadas a actividades irregulares, delictivas o corrupciones en el sistema, lo que demostraba que el supuesto Estado de Derecho tenía más agujeros que un colador y que, quienes tenían la obligación ética y estética de la honestidad y en quienes se había depositado confianza como representantes públicos, se mostraban con conductas poco ejemplares y desde luego carentes de cualquier autoridad moral para exigir nada a los ciudadanos. El “no nos representan” fue el grito que retumbó en las calles y los ciudadanos decidieron empezar a ocuparse de las cosas públicas, tal como la propia C.E. les reconocía y exigía. El miedo empezaba a cambiar de bando porque el pueblo abandonaba su pereza para ocuparse personalmente del Estado. Surgió “Podemos” como muestra de ese empoderamiento de la gente y el miedo iba en aumento ante su rápido crecimiento y apoyo, que las encuestas ya sitúan en la cabeza del apoyo popular, ante el desconcierto y la sorpresa del sistema. Se los llama “antisistema” pero simplemente lo son del que ya ha colapsado.

Ese miedo desde quienes siguen ocupando posiciones privilegiadas que pueden perderse ante las próximas convocatorias electorales, ha producido un clamor unánime: “¡Es necesario una gran coalición para detener a “Podemos!”. Ese es el último “mantra” repetido como salmodia por todos los medios de comunicación, por las organizaciones sociales y sindicales, por las corporaciones, por las entidades financieras, incluso por la gente llena de miedo a cualquier tipo de cambio. La cuestión es que, cuanto más se los trata de demonizar o atacar, más apoyos recibe y su crecimiento parece imparable.

La “gran coalición” entre los partidos mayores es una salida al mantenimiento de más de lo mismo. Para seguir manteniendo con cierta comodidad privilegios y situaciones al socaire de la política. Si para ello hay que vestir al muñeco de cara a la galería, seguimos sacando leyes sobre lo ya legislado, pero que no se cumple. “Hemos oído el mensaje” es la frase con que los malos gobernantes o administradores tratan de mantener la situación con tal de que que nada cambie. A costa de una seguridad ficticia que alguien ha diseñado en algún recodo de la política, es preciso mantener el miedo de la gente a cualquier cosa: al desempleo, al desorden, al terrorismo, a la guerra….

La cuestión es que parece tarde para rectificar. El PP con su mayoría absoluta podría todavía estar en condiciones de recuperar el electorado perdido, pero necesita voluntad, credibilidad y coraje para enfrentarse al resto del sistema. El único camino posible es una reforma constitucional que reajuste el marco de competencias de las CC.AA.; una nueva ley electoral que permita la aparición de nuevas fuerzas en el espectro político sin trampas; una verdadera separación de poderes; un aligeramiento sustancial de la presión pública sobre los ciudadanos; una reforma de las AA.PP. radical en su concepción y servicios; una recuperación de los servicios públicos esenciales; un ajuste económico del gasto público no productivo; una incentivación de la competencia eliminando el régimen de oligopolios más o menos encubierto; una revisión en profundidad del caos legislativo producido en los últimos años y la imposición de la política a la especulación financiera.

El PSOE por su parte anda sumido en el desconcierto propio de renegar del padre, ante la acumulación de irregularidades en sus filas durante sus años de gobierno y la pérdida total de sus señas de identidad social, al haberse vendido desvergonzadamente a otros intereses y mercados con la deuda pública. Ya no tiene espacio en la izquierda tradicional porque sus políticas han sido más de derechas que las del PP hasta confundirse en ese “PSOE-PP la misma cosa es”. No es baladí eso de “cosa” porque las ideologías, los ideales, hace mucho que se fueron por el vertedero y hoy solo se reclama honestidad ejemplar.

Ambos se enfrentan a argumentar “razones de estado” frente a un electorado muy crítico para esa “gran coalición” y, posiblemente, acabarían de perder la escasa credibilidad que aún les puede quedar. Es más, el intentarlo, posiblemente llevaría más votos y apoyo a “Podemos”. Quedan los partidos nacionalistas o regionalistas para seguir en su papel de apoyos ocasionales, pero también están instalándose en lo periférico y los temas de interés general no les suscitan demasiado interés, como se ve en sus intervenciones parlamentarias. Finalmente los partidos de IU, UPyD y Ciudadanos, están inmersos en crisis profundas y, aunque pueden recoger algunos votos reservados a los grandes partidos, no se les ve la pujanza de ser verdaderas alternativas de gobierno y, al parecer, prefieren quedarse en un papel secundario desde el que influir momentáneamente.

Este es el esquema, en nuestra opinión, de lo que esa “gran coalición” puede deparar en el tiempo. Quizá una mayoría relativa entre ambos partidos que no puede impedir los cambios de gran calado que reclaman los ciudadanos, que reclama España. Frente a ella una mayoría más sólida de quienes realmente quieren y pueden cambiar las cosas.

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