Esto era lo que se anunció hace algunos años cuando se redactaba la Constitución Europea. No la Europa de los estados; menos aún de los mercados… Una Europa formada por la unión de los ciudadanos que habitan en sus diversos países. Una Europa culta, rica y plural que recogiese la importante tradición histórica y cultural existente en sus territorios, donde nadie se sintiese excluido, sino plenamente integrado.
Muchos de nosotros creímos en la posibilidad de este sueño y apostamos por ello. El Tratado por el que se establecía la Constitución Europea (aprobado en junio de 2003 y firmado en Roma el 29 de octubre de 2004), tenía como antecedentes los sucesivos documentos o tratados que fueron construyendo el entramado jurídico-administrativo de la Unión Europea y significaba en cierta forma la culminación del proceso, a pesar de los resultados de las consultas realizadas en sus estados y de los recelos (lógicos en parte) de la operatividad real de las instituciones o de los posicionamientos de algunos países como Francia y Alemania contrarios a apoyar a EE.UU. en la invasión de Irak, como hicieron otros (España y Polonia).
La OTAN, es también motivo de reticencias, ya que lo que fue en su momento una alianza atlántica de tipo político (Tratado de Bruselas 1948) entre algunos paises europeos, ha acabado convertida en una alianza militar con EE.UU. y Canadá que, en el Tratado de Washington de 1949, quedaba convertida en la Organización del Tratado del Atlántico Norte, con compromisos de defensa mutua entre sus miembros ante el llamado Pacto de Varsovia, de los países de Europa Oriental, durante la llamada “guerra fría”. Una situación que, con la caída del muro de Berlín y la fragmentación de la antigua URSS, creíamos ya en la Historia por el fin del bloque ideológico comunista. La propia Rusia parecía refundarse sobre la democracia y la libertad y se abrazaba al capitalismo como modelo económico.
No obstante, no todo era de color rosa. La construcción europea suscitaba también recelos en la situación hegemónica de EE.UU. tras la 2ª Guerra Mundial. El viejo continente podía superar tal situación con su historia, sus recursos y sus talentos científicos. No digamos por su cultura. La posibilidad de que se consolidase un bloque europeo incluyendo a Rusia no es aceptable, al igual que resulta preocupante cualquier alianza de Rusia hacia el continente asiático.
La economía ha venido a poner de manifiesto el colapso de unos modelos que se suponían válidos, pero que, en su mayoría, estaban sustentados sobre burbujas financieras en lugar de economías reales. Otros países cogían la bandera de las economías de base, pero además podían competir en tecnología avanzada y eso les hacía potencialmente “peligrosos”. Los frentes económicos venían a sustituir a los frentes militares. Los problemas o conflictos con los países árabes, donde las “primaveras” se han llevado por delante a los dictadores “amigos” contagiando a las “primaveras” europeas, americanas o asiáticas, introducían un elemento perturbador ideológico que volvía a cuestionar el capitalismo salvaje que se había adueñado del mundo.
En Europa, su constitución se basa en el bienestar de sus ciudadanos y en el reconocimiento de todos sus derechos fundamentales. Es una Europa para la solidaridad entre los pueblos que la componen pero… Europa está presa de los mercados. Europa cayó en la trampa de las economías artificiosas del otro lado del Atlántico y se endeudó con ellas. El cambio del patrón monetario fue quizá el primer paso para el sometimiento económico, el político estaba en la propia ONU y el militar en la OTAN. Éramos (somos) aliados, pero sometidos a una fuerte desconfianza por parte de todos, como demuestran los espionajes telefónicos recientemente conocidos desde las agencias de seguridad americanas durante muchos años.
La crisis del modelo económico nos ha sacudido y, entre unas cosas y otras, los compañeros de club empiezan a mostrar reticencias hacia las aventuras bélicas a que se lanza su aliado. Vuelven los recelos a presidir las relaciones de esta comunidad occidental y, sin muchas ganas (por aquello de los compromisos existentes), se alinean de nuevo, prietas las filas, ante las “graves amenazas” para nuestra seguridad que supone la vecina Rusia o el Dahesh (los últimos atentados son unas muestras aisladas de la complejidad del problema). Unos frentes bélicos están abiertos en el Próximo Oriente y otros empiezan a abrirse con el desplazamiento de armamento pesado por parte de EE.UU. y refuerzo de tropas a los Países Bálticos y de la antigua Europa del Este, como elementos disuasorios ante posibles acciones agresivas. En Ucrania se ha abierto una brecha entre sus ciudadanos que lleva a la guerra civil. En Grecia, la llegada al poder de un partido “antisistema” junto a la contestación civil que ha logrado como en España o Italia cuotas de poder, es una amenaza para el “establishment” político, económico o social y, la Europa de los ciudadanos, causa temor por su impredecibilidad plural. Una Europa que quisiera mantenerse al margen de las confrontaciones, para centrarse en sus propios problemas y en su propio desarrollo, pero está sometida a una guerra de propaganda que no sabe (o no puede) eludir.
El alineamiento en un nuevo conflicto puede ser el golpe mortal para esta Europa que empieza a tomar forma y cuyos ciudadanos sólo desean trabajo, paz y libertad.


















