El pasado fin de semana, como bandadas de pajarillos en algazara y desbandada, los jóvenes se desparramaron por plazas y parques ruidosos y alborotadores para celebrar el fin de deberes, clases, madrugadas y cursos de Instituto y de Colegio y dar comienzo a unas vacaciones ganadas a pulso, con trabajo, sudor y lágrimas.
Con fiesta por todo lo alto en la despedida del centro escolar, con chocolatada de fiesta ofrecida por la asociación de padres y madres respectiva, con partido de fútbol…
Una tropa de alumnos del primer curso de ESO sorprendió en el parque a un aitite leyendo un libro al estilo de “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez. Los alumnos se asomaron al libro, se interesaron por el contenido y preguntaron al aitite. Algunos pudieron contestar sobre quién era Juan Ramón Jiménez, otros no. Y entre todos se enredaron en una conversación sobre el escritor onubense, sobre el burro Platero, sobre cómo se escribe un libro…
Desenfadadamente, con hambre de saber, con gusto por las letras y la literatura…
No, no había nada en ellos ni en su juvenil alegría que pudiese relacionarse con historias de acoso escolar como las que nos sirven con cierto regusto y morbo los medios informativos. Había, por el contrario, curiosidad y ansia de saber, conciencia de su deber de abordar con seriedad el paso a la edad de mayor y a las responsabilidades adultas. Ellos eran anuncio y promesa de una juventud capaz, preparándose para crear un mundo mucho mejor del que nos ha tocado vivir a nosotros; o, mejor dicho, hemos contribuido a crear nosotros mismos.
Había en ellos una confianza en el futuro, una esperanza alegre y un optimismo contagioso. Y un relacionarse unos con otros impregnado de respeto, de alegría y de responsabilidad.
No tenemos derecho a juzgarlos duramente, a desconfiar de sus juegos y sus actitudes. Tenemos la obligación de alentar todo el capital de buenas intenciones e ilusiones bellas que siempre han sido patrimonio de las generaciones que se estrenan.
El agua brota limpia y sin contaminar de los manantiales. Depende del cauce del río por donde fluye, de que ese cauce esté limpio, que esa agua siga limpia hasta el mar, y que limpie y disuelva a su paso toda la porquería que encuentre.
Por eso, mejor que criticar a los jóvenes y airear historias aisladas y turbias, digamos con el poeta: “Juventud, divino tesoro”.
Enhorabuena, jóvenes, por vuestro curso afortunadamente terminado.
¡Felices vacaciones!













