La causalidad de ETA

Abel Cádiz
ABEL CÁDIZ RUIZ es el presidente de la Fundación Emprendedores y autor de "La historia del poder". En el pasado asumió un compromiso con la transición política, al lado de Adolfo Suárez. Fue miembro del Consejo Nacional de la UCD y Presidente en Madrid. Tras ser diputado por la Comunidad de Madrid abandonó la política para dedicarse profesionalmente a la docencia y a la actividad empresarial.
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Me pregunto si alguien se pregunta por qué debería producirnos profundo desasosiego —sería mejor decir perturbación moral— comprobar que en la siniestra biografía de los etarras apenas una minoría nació durante el franquismo, mientras que la gran masa de los asesinos más sanguinarios, activos y/o encarcelados, vinieron a la vida para provocar la muerte en plena democracia cuando las calles dedicadas al dictador se desprendían del nombre y sus estatuas ecuestres desaparecían con el viento de la libertad.

Muchos abuelos de los asesinos que han manchado la memoria de los héroes vascos, ejercitando su valor de gudaris con el tiro en la nuca a sus víctimas, alimentaron el sueño de recuperar lo que conquistaron en la República: el Estatuto de Gernika, que la democracia recuperó de inmediato, reparando lo que Franco suprimió con su victoria. Y he aquí que, desde este ansiado logro que a los siniestros pistoleros de ETA no les fuera suficiente, han ido sembrando de victimas inocentes los cementerios de España, donde yacen los mil muertos que recordamos estremecidos.

Y ahora reaparece con fuerza el protagonismo de la banda, aunque por fortuna no sea debido a un nuevo atentado, sino por ciertos signos que el Gobierno asegura ver en Batasuna, su brazo político e incluso —dicen— en una parte del electorado que siempre les votó sin importarle tanta sangre inocente derramada, es decir, que la degradación moral que arrastran los que apoyan a ETA, ahora sería menor, coincidiendo con un trasvase paulatino al patio de los arrepentidos de los que fueron condenados por sus crímenes a penas de cárcel que, ya sin los limites acortados del pasado reciente, les augura salir ancianos de la cárcel. Ante tales signos vuelve a traerse a escena el ominoso debate, se menciona a los arrepentidos; algo se mueve en su entorno —dice algún ministro— y no queda un columnista que no haya dedicado su atención al asunto que está marcando la agenda de la semana. Y de nuevo las frases impregnadas de firmeza: “ETA debe rendirse y entregar las armas”, “Batasuna debe condenar la violencia”. Pero también la pregunta inevitable “¿A cambio de qué se rendirá ETA?”, porque de Batasuna ya se sabe lo que ahora le interesa: lograr concurrir a las elecciones, administrar poder y dinero público; influir políticamente, en suma.

En el turbio debate abierto, algunas voces emergen con lucidez plena y claridad meridiana. Mencionaré una alejada de la política y con un bagaje histórico que se forjó analizando el franquismo y coadyuvando al devenir democrático. Se trata de Amando de Miguel que viene a aguar la fiesta a los de retórica vana y nos advierte sin tapujos que ETA está sana y lo demuestra en que logra periódicamente acaparar el debate político nacional. Su salud se sostiene en un principio de la lógica silogística: si su actuación beneficia los objetivos últimos del nacionalismo vasco, al nacionalismo vasco le interesa que el germen que dio lugar a ETA no se extinga. Y aquí es donde tenemos que llegar al aspecto fundamental del problema terrorista, a la causalidad real del fenómeno y, por consiguiente, al reto que tiene la democracia para extirparlo.

Volvamos al principio: ¿Cómo se explica que restaurada la democracia con una transición modélica, el veneno del terrorismo se haya inoculado en cientos de jóvenes nacidos mucho después de muerto Franco? ¿Debemos aceptar sin más la inocencia que reclama el PNV, siempre con sus buenas maneras, frente a la bestia etarra, cuando ha gobernado desde la transición en el País Vasco?

Si contemplamos el mundo globalizado la principal amenaza terrorista está localizada en un fundamentalismo religioso islámico que es capaz de alienar a algunos creyentes cerriles al punto de convertirlos en suicidas. Pues bien, si algo se parece a un fundamentalismo de raíz religiosa es un fundamentalismo nacionalista excluyente y sólo desde la malicia o la ignorancia se puede desconocer que la causalidad de tales conductas violentas nace del adoctrinamiento. Por tanto, convendría dejar tanta retórica y tanto discurso envolvente para recuperar un principio que todo humanista liberal conoce desde que Stuar Mill lo formuló como fundamento esencial de la libertad: no se puede tolerar que un gobierno tenga de iure o de facto el control absoluto de la educación, pues con ese instrumento poderoso se pueden construir las opiniones, manejar las emociones y hacer nacer sentimientos.

La única certeza que debería haberse hecho real en los terroristas de ETA y sus cómplices, es que la democracia tiene capacidad de sacrificio ilimitada para soportar víctimas, enterrarlas con dolor y seguir adelante. Por su parte, el Estado no sabe durante cuantos años más deberá convivir con el terrorismo, pero si debería empezar a tener una certeza absoluta empírica e irrefutable: mientras la educación que se imparte desde un acendrado nacionalismo excluyente, lleve en su contenido un germen de odio a España, siempre se mantendrá viva la causalidad del terrorismo etarra y prenderá en un cierto número de jóvenes para seguir nutriendo el terrorismo en las dos fases con las que venimos conviviendo: la kale borroca como entrenamiento para muchos y la pistola para los que culminan el proceso del odio inoculado.

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