Está claro que la colonización externa de que ha sido objeto la vieja Europa, así como gran parte del mundo, ha llevado “ideas” a muchos emprendedores emergentes, casi siempre bajo la premisa del menor esfuerzo para el mejor resultado (personal claro). Con raras y honrosas excepciones.
Los llamados “sistemas piramidales” tienen mucho de la ingeniería financiera al uso que ha producido los productos tóxicos o de alto riesgo que hemos sufrido en mayor o menor medida, encandilados como estábamos (y seguimos estando) por formas de vida que se nos cuelan en nuestras casas, en la diarrea de series televisivas donde nadie mueve un dedo productivo, mientras se hartan de decir banalidades arropadas con risas enlatadas.. Moda que —dicho sea de paso— hemos copiado en series propias, contribuyendo a producir “tóxicos” de distinto carácter, con una clara repercusión en el mundo de los jóvenes, limitado a la pantalla de TV y al “famoseo” desprendido de ellas.
Hoy, una noticia de prensa habla de un “emprendedor” español que ha montado un sistema de “bitcoin” o moneda virtual, en el que han quedado atrapados 22.000 inversores por un importe de unos 50 millones de euros en una decena de paises. Es la clásica figura del que se pretende empresario, pero no pasa de ser más allá que un listo negociante dispuesto a jugar con la credibilidad e ingenuidad (cada vez mayor) de las personas, que ahora ven como su dinero —al parecer— se ha volatilizado entre paraísos fiscales de decenas de paises y cuentas bancarias congeladas. Un caso más de “toxicidad” financiera que trata de emular a la producida por las grandes y admiradas firmas que venden humo desde lujosos edificios de acero y cristal.
Quizá su intención sobre el papel fuera buena: invertir en productos de alta rentabilidad para beneficio de aquellos que confiaban en sus sistema, pero lo cierto es que ya se está investigando como un presunto fraude en el que han quedado enredados esos 22.000 clientes. Un sistema más de “coger el dinero y correr” donde la imaginación (creatividad le llaman) permite utilizar fórmulas de rentabilidad celular, triangular, etc. adornadas de un cierto dogmatismo sectario, que convence al personal de que han sido “elegidos”, “agraciados”, etc. por la gracia divina. ¿Les suena?
Hace tiempo que empezaron a crearse las burbujas que hoy nos van explotando en las narices como pompas de jabón, sin más rastro en su interior que aire o unas ligeras gotas de agua. Hace mucho tiempo que las economías “creativas” empezaron a usar el timo de la estampita (copyright español) a gran escala para abusar de la buena fe de la gente, de su ignorancia y de su codicia, para crear burbujas especulativas basadas en meras teorías económicas, que iban apartando (por incómodos) otros tipos de trabajo de las economías básicas. Los servicios financieros tomaron la primera posición, el dinero sólo existía sobre el papel y éste a su vez carecía de soporte real. Las deudas se enredaban y, al no existir cobertura real, nos permitían vivir de prestado a todos: gobiernos, empresas, familias, etc. en un juego de “monopoly” llevado a la realidad. Cualquier producto era bueno con tal de tener una buena fachada, un buen decorado interior y unos intérpretes creíbles para la “comedia del arte” financiera.
El problema es que ya nadie se ocupa de las economías de base o de las industrias reales y todos queremos ser “artistas” con un buen “caché” por nuestra actuación en la obra. Se nos ha dicho que olvidásemos eso de trabajar en tareas “bajas”, para ser igualitos a esas “pelis” de ejecutivos bien trajeados, con muchas reuniones de trabajo para decidir un nuevo tono de “móvil” u otra aplicación más que nos indique cualquier simpleza, al socaire de las aportaciones tecnológicas realmente importantes.
El mundo se ha llenado de “charlatanes” que, como en la Edad Media, proclaman los beneficios de unos productos u otros, de “gurúes” que nos venden felicidad a base de “topicazos” donde se mezcla un batiburrillo de ideas religiosas, filosóficas o emocionales. Todo el mundo está embarcado en proyectos “muy interesantes”, pero la realidad es tozuda y las cifras de desempleo, desigualdad y pobreza siguen ahí marcando un listón demasiado alto.
Hemos creado la economía, la sociedad de lo efímero. De lo que puede tener un día de gloria y años de arrepentimiento. Productos culturales infumables; bienes de consumo sobre los que planea el fantasma de la obsolescencia programada, confeccionados con materiales de baja calidad y vendidos a precios absurdos; productos financieros de “alta rentabilidad” (no se dice para quien) basados en el infantilismo ingenuo y la credulidad ignorante. Hemos hecho un mundo para los poco escrupulosos, los “listos”, los “avisados” y los corruptos. Hemos vuelto a la Edad Media —o no hemos salido de ella todavía a pesar de nuestros avances tecnológicos— en cuanto a la picaresca que se condena y se penaliza cuando es de poca importancia, pero se admira, se ensalza y se teme cuando es de alto “standing”.
Cuando se habla de “economías sumergidas” no se trata de quienes escaquean al erario público unos miserables euros para subsistir, sino de quienes tienen a su disposición unos sistemas políticos, sociales y económicos donde campar a sus anchas sin que quede rastro, o cubiertos por la “legalidad” a la carta.
¿Qué podemos dejar como herencia a las generaciones futuras? No el esfuerzo y el mérito como bases de progreso, sino los “contactos”, las “relaciones” y los “compromisos” que, como en las tramas que se van detectando en un rosario lento de corruptelas y mafias, sólo han logrado un verdadero “estado de bienestar” para un pequeño porcentaje de instalados, privilegiados, lobbistas y “emprendedores tóxicos” como el del caso que hemos comentado.
“Hay que ver lo “listo” que es mi chaval…”


















