
Por ahora, a nadie se le ha ocurrido resucitar a Práxedes Mateo Sagasta en Pablo Iglesias, o a Cánovas del Castillo en Mariano Rajoy. Es verdad que la historia es maestra de la vida, pero también es verdad que el mundo y la vida cambian, que nuevas situaciones requieren nuevas fórmulas y nuevas políticas.
Hace tiempo que iniciamos una nueva aventura encuadrados en la Unión Europea, hace tiempo que el mundo vive esa etapa nueva que llaman globalización o aldea global, hace tiempo que se ha producido un trasvase de población desde el Tercer Mundo al Primero, que el Mare Nostrum es un coladero y un trasiego no regulado y trágico entre esos dos mundos, que las nuevas tecnologías nos imponen unos ritmos de trabajo y unas técnicas inimaginables anteayer.
La crisis ha puesto patas arriba nuestras fórmulas económicas y comerciales, y nuestra normativa laboral, nuestra sanidad, nuestras fórmulas de cultura y de enseñanza.
Por otra parte, la Transición democrática a la que se sometió España en los años 1970 fue justamente eso, desterrar para siempre viejos esquemas mentales y viejos conflictos enquistados, embarcarnos en nuevos derroteros.
Hablar de Frente Popular o de la CEDA se nos antoja como volver a la Edad de Piedra, el sistema democrático en que estamos inmersos nos impone «velis nolis» unos métodos de acción política sancionados por la voluntad popular y las urnas.
La campaña electoral en que vivimos, a la espera del 26-J, nos invita a debatir con razones y argumentos sobre los programas de cada una de las ofertas electorales, nos prohíbe aventar los fantasmas de soluciones que no pasen por las urnas y el debate.
Hay una opción más bien a la derecha, a la que algunos califican de centro o centro derecha, allá cada uno con su vocabulario, hay otra opción que algunos bautizan como socialdemócrata, otros como izquierda radical, otros como izquierda moderada. Hay una opción que algunos valoran como de centro-centro. Cada una tiene sus posibilidades de triunfo, pero está claro en opinión de la mayoría que van a ser necesarios acuerdos entre las distintas opciones y ofertas.
De la opción que triunfe podría depender la continuidad de este o de aquel grupo político, o su desaparición del mapa. Nuevos grupos políticos y veteranos partidos de toda la vida corren riesgos parecidos.
Es el juego democrático, tiene sus reglas, debe ser juego limpio.
Señores políticos, señores ciudadanos, no se admite el juego sucio, no se admiten los fantasmas del pasado. Aquí no cabe ni la CEDA ni el Frente Popular, ni uno ni otro tienen ningún sentido. El debate es entre Partido Popular, PSOE, Unidos Podemos y C´s fundamentalmente.
Hagamos un debate limpio, educativo, dentro de la pedagogía de la democracia.


















