Con motivo del incremento de la potencia aplicado por las compañías eléctricas en España, un ingeniero andaluz jubilado ha denunciado el fraude de 1.500 millones de euros cobrados de más a los usuarios, poniendo en jaque al oligopolio energético, según se publica en los medios de comunicación. Esto me ha traído a reflexionar sobre el papel de los muchos jubilados españoles en esta nueva etapa de cambios políticos y sociales que, irremediablemente, va a cuestionar y a desmontar la “mitología” burbujeante con que nos han dormido en los últimos cuarenta o cincuenta años, desde los supuestos “olimpos” económicos y financieros de más allá del Atlántico.
Nuestros prejubilados y jubilados españoles se retiraron de sus profesiones, trabajos y ocupaciones para ser sustituidos por “discos duros” y tecnologías que (ni de lejos) alcanzan la capacidad de un solo cerebro humano. Se les echó a la calle sin miramientos o bajo la mirada despectiva de los “nuevos” tiburones empresariales. Aquellos que hacían grandes negocios a partir de la nada y llenaron de productos tóxicos los sectores que, desde siempre, se habían mantenido gracias a la confianza de los clientes como los seguros, la banca, la construcción, las comunicaciones o la energía (por citar solo algunos de ellos). Allí donde aparecía la “digitalización” que parecía facilitarnos las cosas, se perdían miles y miles de empleos, se aumentaban beneficios ficticios y se daba la imagen de “modernidad” copiada burdamente de los patrones y modelos USA.
La época de los “yuppies” allá por los años 80 se presentaba ante todos con otros patrones y modelos donde era posible “dar pelotazos” a base de cierta habilidad, desparpajo y escasos escrúpulos. El sector de intermediación financiera hacía operaciones de muchos ceros y, como suele ocurrir con los intermediarios, se convertía en actor principal de economías ficticias. El tope, recuerdo, eran 35 años. A partir de esa edad nada valía tras las fachadas brillantes de acero inoxidable y cristal, donde se aprendía rápido las vías de ganar dinero, algunas de ellas muy cuestionables. Entre ellas la política. O lo que era mejor, la política y los negocios confundidos en intereses personales.
Mientras tanto, nuestros miles y miles de jubilados contemplaban impotentes como su preparación, experiencia y conocimientos, aquello que da solidez a cualquier trabajo, eran ignorados y arrasados por la ignorancia, el atrevimiento y los “másteres” (a ser posible) en la lengua del imperio. Era lógico, si querían copiar el “american way of life” o, dicho de otra forma, ser colonizados o más tarde “globalizados”. Si querían pertenecer al gran rebaño, debían someterse a sus reglas.
El ordenador, ese pequeño dictador que todos anhelaban por sus indudables beneficios, emitía órdenes sin permitir que el usuario pudiera tener ideas propias. Hasta “corregía” los supuestos errores ortográficos cuando, en realidad, no estaba programado para aceptar términos ajenos al lenguaje oficial y así todos nos fuimos acostumbrando a “obedecer” y no cuestionar lo exigido por el déspota electrónico. Los móviles, tabletas y todo tipo de artilugios fueron completando nuestras vidas, siempre teniéndonos como “tontos útiles” a los que debía tutelarse y orientar constantemente. La realidad es que habían conseguido su propósito. Con el pretexto de servir al usuario, eran servidos por este en todos sus caprichosas aplicaciones hasta el punto de crearle esa forma de esclavitud que se llama “dependencia”. Extrema en muchos casos. El pez había picado el anzuelo y había sido capturado. Sólo quedaba devorarlo en el gran banquete de los supremos intereses de unos cuantos.
Pero los “jubilatas” (como se los llama coloquialmente), con mucho tiempo libre a su disposición, con conocimientos y preparación profesional como los del ingeniero que hemos comentado, empezaron a moverse y a cuestionar el tipo de vida impuesto y sobre todo, los motivos por los que se había producido un colapso o crisis mundial en estos primeros años del siglo XXI. Son un ejército poderosísimo que puede poner en jaque los sistemas establecidos porque sus mentes, cuerpos y corazón, les invitan a rebelarse, a convertirse en los nuevos “herejes” que cuestionan todo, que no se conforman con discursos huecos, que son capaces de encontrar las trampas en el juego político, social y económico en el que nos encontramos y, como el ejemplo que nos ha servido para escribir estas líneas, ver por donde se escabullen miles de millones de todos.
Son los nuevos revolucionarios, aunque suene a paradoja. Mientras los jóvenes se han adaptado a las imposiciones de todo tipo, incluyendo la de “no meterse en política” y dedicar su tiempo libre a la diversión, el alcohol o a su apariencia estética, los mayores, los jubilados preparados, vienen siendo los únicos capaces de “deconstruir” los falsos tabiques y estructuras sin cimientos de las sociedades modernas carentes de principios, valores y sentimientos. Los únicos capaces de volver de diseñar sistemas de vida y de economía con la consistencia suficiente para durar muchos años. Lo harán por sus hijos, nietos y por todas esas personas que, totalmente capturadas, no se dan cuenta de lo efímero de su futuro.
Los hemos visto en las manifestaciones, los hemos conocido en aquel 15 M que les hizo brillar los ojos nuevamente con la ilusión de cambio y los vamos oyendo un triste “¡no es esto, no es esto!”, como hizo en su día Ortega ante el rumbo que tomaba la constitución de la II República, al ver y oír las actitudes y los discursos vacíos de la nueva y la vieja política que, en gran medida, les han vuelto a dar de lado y han prescindido de su experiencia y generosidad. Pero los jubilados no quieren dedicarse a las “vacaciones de la tercera edad” a que el sistema quiere limitarlos. Quieren y pueden ser quienes puedan salvar en el último momento las muchas limitaciones, equivocaciones y soberbia de quienes los han marginado.
Estamos ante una nueva convocatoria electoral que mantendrá bloqueada en sus resultado previsibles la situación actual y no es descartable que pueda llegar el otoño con un Parlamento incapaz de trabajar por los intereses de los ciudadanos (a quienes dicen representar) y un gobierno en funciones que se limite a ejercerlas sin la pretensión de legislar desde el ejecutivo, tal como ha ido ocurriendo desde la Transición. Un tercio aproximadamente del censo son jubilados cuyo voto puede inclinarse ante las opciones cerradas existentes, pero que también, en uso de su legítimo derecho, pueden repetir enojados: “¡no es esto, no es esto!”.













