El ecosistema político

Ecosistema político
Juan Laguna
Promotor y fundador de Tiempo Liberal con actividad política desde la Transición. Funcionario jubilado. Empresario. Productor y dramaturgo. Conservador de Bienes Culturales.

«El el juego de la política está la necesidad de competir e imponer la supremacía de uno mismo sobre los demás»

Jorge Mª Rivero (Ese juego de adultos llamado política, 1978)

La palabra “ecosistema” se refiere al conjunto de relaciones existentes en la Naturaleza entre los seres vivos y su entorno natural, pudiendo ser amplios y complejos o simples y reducidos. 

En estos tiempos en que la ecología y el medio ambiente se utilizan en formas torticeras como nuevas ideologías, podemos aplicar al mundo de la política el término de “ecosistema”, por cuanto tiene de características comunes a cualquier otro de la Naturaleza. 

Así pues, consideramos seres (más) “vivos” a quienes prevaliéndose de sus condiciones naturales, tienen una función de dominio sobre los demás (menos “vivos”) que les sirven de alimento. Son predadores naturales y se permiten alardear de ello porque se consideran más aptos o “esenciales” (en palabras del presidente del gobierno). No sólo están en la política, sino también en sus aledaños como el mundo corporativo, las organizaciones de todo tipo o el mundo mediático. Son por tanto de diferente tipo, costumbres y hasta aspecto físico, pero todos participan de algo común: el poder sobre los demás. 

Su sistema de vida requiere la existencia de otros seres (considerados inferiores) que les sirven de sustento en la cadena alimentaria, así como un territorio propio, un medio físico, en el que campar a sus anchas y en el que reinarán como “machos alfa” hasta su muerte o sustitución por otros más “vivos” y más poderosos. 

Pero también necesitan de unas interacciones de convivencia con sus iguales, a fin de saber en todo momento cuales son los límites que es arriesgado traspasar, donde adoptar posturas de respeto y donde asumir riesgos en la lucha por el poder sobre los demás. Unos y otros se relacionan o se evitan en las fronteras marcadas con sus excrementos, permiten compartir presas o dejar sus restos a los carroñeros que les siguen y jalean. Cada uno toma el botín que le corresponde por su categoría predatoria, por su fuerza física o por habilidad propia.

Imponen “sus” leyes al resto, sin que éstas deban estar escritas o publicadas. Unas leyes que los demás deben aceptar sin rechistar bajo amenaza de castigo, pero que significan un orden natural de supervivencia de los más fuertes. Es el reconocimiento implícito del darwinismo social más acusado. Allí donde están ellos, el resto debe servirles, bien para su interés, bien  para su autocomplacencia reproductiva (las hembras) o su alimento, hasta el extremo de eliminar a sus posibles rivales futuros (las crías) o sus propios progenitores. 

El entorno físico en que se mueven tiene un cierto parecido con el natural. Las grandes construcciones que simbolizan su poder en el mundo urbano, suponen una forma de competencia con otras especies similares. En ese entorno se mueven con absoluta seguridad de sus privilegios y fortaleza, lo que hace posible que no cumplan siquiera con sus propias leyes, sintiéndose totalmente inmunes en todos sus actos incluso en aquellos más reprobables como pueden ser la muerte de los más débiles. 

En el ecosistema político actual se pueden distinguir distintas “especies” que se han instalado en la cima como las más poderosas: los partidos, los medios de comunicación, el sistema financiero, las corporaciones, los sindicatos y algunas organizaciones o personas individuales. Cada uno de ellas se imponen a las inferiores: los ciudadanos en general y sus actividades legítimas. Entre ellas hay un respeto mutuo para el reparto del botín, porque cada una de ellas puede influir en la vida de las otras. Como en el mundo animal, están especializadas en diferente tipo de presas para su alimento y cada uno es capaz de imponer a las suyas propias lo que le parezca. 

Nos dicen que en este ecosistema se corrige el poder de los fuertes, mediante leyes o normas escritas que a todos afectan: el estado de Derecho. Aquí sin embargo hay que recordar la frase del propio presidente del CGPJ que parecía discrepar: “las leyes están hechas sólo para los ‘robagallinas’…”. Es decir, sólo son una forma de que los poderosos del ecosistema impongan las normas que les conviene para mantener su “status” sobre los demás. Los partidos políticos legislan a través de sus gobiernos, éstos son la herramienta del poder y, en consecuencia, pueden aplicarlo en la forma que crean conveniente, aunque para ello necesitan la colaboración del resto de las especies predadoras más importantes y lo hacen a través de acuerdos implícitos o explícitos: “yo te doy, tú me das…”. Todo con tal de mantener ese poder conjunto de una minoría sobre la mayoría. A eso le llaman “gobernabilidad”. 

En estos ecosistemas se ha colado un agente extraño y peligroso que, a pesar de su pequeñez, resulta letal para los ciudadanos y no parece respetar rangos o jerarquías. Ha alterado sustancialmente las relaciones naturales de las especies y su medio físico, provocando una alerta mundial que trastoca los planes de unos y favorece los de otros, demostrando que no existen enemigos pequeños y sometiendo a los soberbios a una cura de humildad que debería tener consecuencias inmediatas. El tiempo dirá si hemos aprendido la lección o, por el contrario, seguimos en nuestra contumacia darwiniana.

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