¿Crisis constituyente?

Enésimo intento de contentar a quien no se quiere contentar

Juan Carlos Campo

El pasado miércoles el ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, lanzó la bomba: España vive —en su opinión— una crisis económica, social y constituyente. ¿Cómo?, ¿qué quiso decir? Justicia recula: no se le entendió bien. En realidad, se le entendió perfectamente. El ministro abrió la puerta a poner el país patas arriba. Más todavía. Abrió la puerta a reformar la casa para que el niño adolescente estuviera cómodo. En definitiva: tratar de contentar a quien no se quiere contentar.

Por los nacionalistas han demostrado de manera sobrada su deslealtad institucional a lo largo de las últimas cuatro décadas. Les das la mano y te cogen el brazo como sugirió SM el Rey en su famoso discurso del 3 de octubre de 2017. Pero nunca faltan los ingenuos que esperan que la enésima oportunidad sea diferente. Siempre hay quien pretende deconstruir la unidad para tratar de salvaguardar los muebles.

Parecen desconocer que para los más iluminados, la independencia es su religión, su valor absoluto, su tierra que mana leche y miel. Y para los más pragmáticos, el sueño de la independencia es su principal argumento electoral, aquello que les permite tensar la cuerda y “sacar tajada” permanente. Así durante cuarenta larguísimos años. Una y otra vez. Siempre la misma estrategia. ¿Qué les hace pensar que ahora será diferente?

Puede que se trata de un simple guiño. Porque la reforma constitucional de verdad, la que se hace siguiendo los cauces de la misma constitución, requiere mayorías reforzadas que hoy por hoy no existen. Así que probablemente se trate de un regalo gratuito para que ERC se avenga a negociar y sentarse a la mesa. Lo que parecen desconocer es que ERC es una vaquilla resabiada y que en cuanto pueda soltará su cornada. Puede que no mortal, pero siempre dolorosa. ¿Es necesario torear a riesgo?

Para el PSOE actual sí. Porque la alternativa es buscar alianzas estables con Ciudadanos e incluso con el PP de cara a la reconstrucción y la negociación con Bruselas. Pero significa recortes y economía tutelada. Se acabó la chequera clientelar. Lo llaman gobierno porque duermen en Moncloa, pero la capacidad de decisión quedará mermada. Y se resisten. Prefieren buscar aliados radicalizados y desleales a perder de hecho el poder.

Se equivocan. Porque lo perderán de todas formas. Los países más exigentes europeos —Alemania, Austria, Holanda y Suecia— apuestan por duros controles. El resultado final no será el de los halcones. Pero tampoco la nada. ¿Alguien se cree que Bruselas sacara la chequera gratis para que Podemos se dedique a repartir y expropiar?

Esta es la razón por la que Sánchez, el del colchón nuevo, todavía no ha decidido apostar por la presidencia del Eurogrupo. Tiene a su favor que Nadia Calviño es mujer; la cuota, ya saben. En su contra, que el anterior también era del sur; la cuota, como creo haber dicho antes… Pero el principal freno es saber si Calviño presidiendo el Eurogrupo le dará más margen o menos. Por una parte, la blinda como vicepresidenta económica. Pero también encarece su eventual salida. Por otra parte tiene a la suya de controladora. Quizás menos control. O quizás más porque hay que predicar con el ejemplo. Estas son las dudas. Y por eso, Calviño, que se siente fuerte aprieta e insta a Sánchez a que se moje: ¿quiere la presidencia del Eurogrupo o no? El verano será un oasis en el desierto del próximo otoño. Entonces muchos ERTEs se transformaran en ERES y el gobierno necesitará la respiración artificial. Sánchez puede presionar más que Zapatero porque la UE es hoy mucho más débil que hace una década. Pero también sabe que la cuerda se puede romper y que nadie —ni siquiera el PNV— aceptara un nuevo Varufakis. Bienvenidos a un apasionante juego de poker.

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